Santiago en mí

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A la vuelta de un año

aniversario del huracan sandy

Foto René Silveira

Un año. ¿Qué es un año después de Sandy? ¿Una ciudad que se maquilla para el medio milenio? ¿Esos andamios que pululan en el centro histórico, e intentan rescatar a destiempo de la desidia? ¿Son cifras? ¿Cuántas cifras se manejan en un año?

El 25 de octubre, hace un año, no se pensó en el hoy. Si acaso, fueron fogonazos de lucidez, el deseo intrínseco de saber un mañana, no importaba cual, pero que existía. Hoy, un año después, hay quien todavía no piensa en ese mañana, porque el mañana es el presente que se filtra por donde no hay paredes, o techos, y se acurruca en una cama común, en una incertidumbre que ya dura mucho (no quiero decir demasiado).

¿Cuánto se ha hecho desde entonces? Decir que poco sería desconocer el esfuerzo de muchos. Pero no es suficiente y también otro tanto se ha hecho mal.

Recientemente escuchaba el testimonio de una santiaguera sobre Sandy y los días (meses, año) post Sandy. Hablaba y su voz parecía salir de entre los ramalazos del ciclón, de entre los escombros húmedos de la casa materna. Hablaba desde el dolor que no ha curado, y no parece amainar cuando alza la vista y ve el sol ensañarse sobre la piel de su madre. Como ella sé que hay muchos y otros, como yo, asumimos un nuevo temor a nuestro día a día.

Este 25 de octubre habrá pasado todo un año de lo que, tal vez, puede considerarse el peor desastre natural de la historia de esta ciudad. Ojalá sea una fecha no para el olvido, o para el recuerdo jactancioso por lo hecho; sino un momento para la revisión, para el impulso a esos planes de recuperación, para llegar a esos barrios alejados de las “arterias principales” y preocuparse por esos vestigios que, como el coco que quedará por siempre clavado en la cabilla de casa del vecino, nos recuerda a diario lo vivido.

Sandy duele todavía a la ciudad, o lo que es peor, a su gente. Hay a quienes un año pesa más que sus 365 días; porque cada día es sol y luna y lluvias que les corroe la piel y el ánimo. ¿Hasta cuándo?

Memorias de Sandy (IV)

Cólera es una palabra fea. Sólo escucharla causa malestar, sino temor. Por un lado la necesidad de alejarse de alguien colérico, el miedo de ser alcanzado por sus ramalazos de ira, aún cuando los merezcamos o no. Por el otro, su inevitable asociación a muerte; no importa cuántos la hayan sobrevivido, para quien la escuche, cólera=muerte. Ni siquiera el gran García Márquez fue capaz de restarle su sentido, aun cuando la colocó junto a la palabra amor.

Quizás por ser un vocablo de tan mal aspecto hay quienes prefieren no mencionarla, sustituirla por un eufemismo que intenta describir el término en lenguaje especializado, tras el cual apenas se divisan las diarreas y los vómitos, y casi nada de su fatalidad. Al menos en los entes oficiales. Para ellos, la palabra cólera es un olvido voluntario. Lo que no se debe decir.

Luego asombra escucharla en la calle en cada conversación, a veces como al azar, en otras con todo el sentido del mundo, con voces más o menos alarmadas. En las calles, en el diario, la palabra cólera ya tiene su espacio. No sé quién fue el primero en mencionarla, en escapar del ostracismo; pero como suele suceder en estos casos, era demasiado tentador el silencio como para no romperlo. Entonces, todos hablan de algo que aparentemente no existe.

Pero no podía ser para menos, cuando la ciudad intenta blanquearse a base de cloro. Nunca antes Santiago de Cuba olió tan pulcra (aunque suene contradictorio). Los pies apenas tienen tiempo a secar el cloro del que se impregnaron en un establecimiento, cuando ya están pisando otra alfombra, esponja, colcha con el desinfectante. Las manos, otro tanto, aunque a veces se les exige, además, un pequeño baño de agua jabonosa. Hay quienes andamos además con nuestra propia loción desinfectante, más olorosa y presentable (también más cara). Ante esa imagen tan necesaria como desconcertante, cómo no hablar.

Lo que no entiendo es el por qué la diferencia entre un discurso y otro. No creo (no puedo creer) que sea un intento por evitar un estado de opinión extrafronteras, no dar el motivo para campañas que se montan solas, sin que tengamos que propinarles cebador alguno. Acaso sería posible evitar que alguien cuente a un pariente en el exterior, y este a un amigo, y el amigo a otro, y luego, en poco tiempo, el secreto “mejor guardado” recorra 90 millas telefónicas y todos los estados de otras naciones para que se sepa lo que no debió saberse. No, me es difícil que ese sea el motivo. Pero sigo sin entender la diferencia.

Tampoco es que no se haga nada al respecto. No basta la imagen recurrente de los lavatorios; sino que la radio, la prensa escrita, la televisión, se hacen eco de decenas de publicidades que alertan sobre la correcta higiene para evitar, entre otras “enfermedades diarreicas agudas”; o como el más sugerentes de los consejos que rondan por el éter santiaguero, casi en sentido de slogan: “que la segunda diarrea tenga lugar en el hospital”. Todo muy bien, pero dónde la información específica sobre la enfermedad, sus causas, sus síntomas, sus tratamientos.

También es cierto que una gran parte de la batalla se gana en cada individuo, en cada hogar. La higiene debe ser el centro de una ciudad que ha sufrido el mayor golpe de su historia. Pero lo cortés no quita lo valiente. Si todo fuera tan sencillo como eso, no existieran las epidemias, bastarían unos pocos casos, luego la “conciencia colectiva” colocaría el punto y final. Pero hay quienes olvidan lavar sus manos por dedicarse a comentar. Cómo el silencio puede controlar eso. Cómo puede evitarse que al día siguiente de aparecer una nota en la prensa provincial, alertando sobre las medidas aplicadas a los elaboradores/vendedores de productos alimenticios, en la calle Enramadas se hicieran colas extraordinarias para comer cualquier cosa en cualquier sitio, como si la nota hubiera servido como disparo de arrancada para la insensatez.

De una forma u otra, la palabra de orden en Santiago es Higiene, no importa no sepa a ciencia cierta por qué; o de cabida a los
comentarios alarmistas y catastrófico que escucha aún cuando camina con el roce de las sábanas a cuestas. A fin de cuentas, la higiene es algo natural y recomendable viva donde viva.

Y, por cierto, ya que de palabras feas hablamos, quizás debí mencionar Dengue; pero bueno, a esa ya casi nos hemos acostumbrado.

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