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La noche más larga, en el Salón de los Vitrales

Presentarán libro de memorias sobre el huracán Sandy

Santiago de Cuba, 24 jul.- El libro La noche más larga, memorias del Huracán Sandy, será presentado el próximo jueves 31 de julio a las 10.00 de la mañana en el Salón de los Vitrales de la Plaza de la Revolución Antonio Maceo de Santiago de Cuba.

El volumen, bajo la selección del periodista y poeta Reinaldo Cedeño Pineda, explora la madrugada del 25 de octubre de 2012, cuando el territorio santiaguero resultó afectado por uno de los fenómenos naturales más devastadores de su historia.

Crónicas, testimonios y poemas relatan, al decir de su compilador, «la consternación de aquella madrugada, el no saber por donde empezar, los primeros brotes, la angustia por lograr una cobija (…) así como la voluntad recuperativa y las manos tendidas desde toda Cuba, desde otras geografías».

El libro resulta un hermoso regalo de Ediciones Santiago y la Empresa de Artes Gráficas Federico Engels, así como de un equipo integrado por Lina González Madlum (edición), Marta Mosquera y José Antonio Limonta (diseño) y Javier Laffita (composición).

La noche más larga contó con el respaldo de las máximas autoridades de la provincia, y reúne en más de doscientas páginas, obras de 55 autores, así como un material fotográfico de excepción.

Tomado de Sierra Maestra

Sandy 0, constructores de antaño 1

Por: Juan Antonio Tejera

Hay ciudades que llevan el título de “los parques”. Hay otras que se caracterizan por tener un número grande de iglesias y otras que tienen un buen número de estos dos elementos. Santiago de Cuba es una de ellas.

Uno piensa que después de los primeros días posteriores al paso del huracán, no hay nada más de qué sorprenderse ni de qué afligirse. Sin embargo, la ciudad es grande y se necesita de mucho tiempo para recorrerla. Por ello, no sorprendimos y nos afligimos al pasar por el Parque Crombet, ese que con tanto cariño llamamos “La Placita” y descubrimos que sus árboles habían sido levantados de raíz, incluso con los elementos de hormigón que le rodeaban. Tan altos y
majestuosos, ahora se veían indefensos como esperando alguna ayuda que con certeza llegaría, pero que no sería suficiente para regresarlos a sus lugares y sus vidas. Como escapando de tan triste misión alzamos la vista y nuestros ojos tropezaron con la cúpula de la Iglesia de Santo Tomás, sitio que resguarda al la Virgen Peregrina de el Cobre, esas que se dice acompañó a los mambises en su guerra contra España. Y cuán fue nuestra sorpresa al descubrir que allí estaba su cúpula, la del campanario, que esa fuerza terrífica que arrancaba árboles de raíz, no había podido destruir el punto alto de ese lugar de oración y recogimiento. Y entonces haciendo memoria, recordamos que tampoco habían caído las cúpulas de la Catedral y apenas si habían doblegado sus cruces. Y lo mismo había sucedido con la de Santa Lucía: cúpulas intactas. ¿Acaso tenían, tienen, una protección especial? No fue el criterio que aceptamos y sí se acrecentó el respeto para los constructores santiagueros de antaño.

Mire, esa opinión no está basada sólo el hecho de la supervivencia de las iglesias que sólo son un ejemplo. Fíjese cuántos edificios antiguos, con cubiertas de tejas criollas o francesas, sobrevivieron a los efectos del huracán. Usted las mira y se pregunta cómo fue posible. Casas que parecen sostenerse por estar al lado de otras más fuertes, tejados que con el caminar felino y silencioso de los gatos, se tambalean, paredes que parecen recostarse de otras paredes, increíblemente resistieron las fuerzas de los vientos de Sandy.

Y es que estaban bien construidas y a pesar de la ancianidad de sus elementos, estaban fuertes, capaces de sostenerse por aún muchos años más. Y eso es muestra del esfuerzo y la calidad de las obras de constructores santiagueros que, como muchos de los actuales, merecen un lugar destacado en la historia de esta ciudad de maravillas.

Memorias de Sandy (V)

Un mes. Treinta días. Uno y treinta. Evidencia de que las matemáticas a veces no son tan exactas. Números que, de tan distintos, son lo mismo: el tiempo transcurrido desde el paso de Sandy por esta ciudad de casi medio milenio.

¡Cuántas cosas pueden suceder en un mes! Bien lo sé yo, que parece que últimamente vivo esas líneas de mis manos en fragmentos de treinta días; como montaña rusa de pausas y aceleraciones, como si los sucesos no se acomodaran al transcurrir del tiempo y pujaran por nacer, desarrollarse, terminar en cuestión de horas.

Pero también cuánto se alargan; tanto que el mes se nos hace meses en la mente, años a la vista, a las desesperaciones.

En un mes la ciudad resurge de los escombros, las colas regresan (con cara de que en verdad nunca se han ido), las lámparas se desperezan, los pasos retoman su ritmo; pareciera un mes más. Pero entonces las montañas se ven a lo lejos como nunca, como si el viento las hubiera acercado más sobre la ciudad, pero no son las montañas sino los árboles que faltan (la ciudad que emergió del bosque destruido); entonces los pasos húmedos de cloro; la conversación que se repite; el despertar y mirar hacia donde hubo techo y adivinar si aclara o todavía asoma alguna estrella.

Un mes al que le hemos robado una cotidianidad nada cotidiana, aunque se mire al cielo ante cada nube, y egoístas roguemos por sequías que espanten otra vez la mugre y alguna que otra lluvia rodando por el rostro.

Un mes que no basta para tranquilizar, que no habla claro de tantas voces que intentan decir; un mes de incertidumbre.

Pero también un mes que vale un año. Y un año de felicidad. Y tal vez un mes que marca un día, un nuevo llanto que nada sabe del ciclón y tal vez (porque así somos) se llame Sandy, y en unos años cuando le hablen de ese nombre, tendría que vivir algo a lo que vivió su madre para entenderlo, y hacer un alto en el juego.

Un mes, en definitiva, que es el primer mes. Porque siempre contamos. Y a lo mejor tendremos que seguir el conteo: dos y sesenta, tres y noventa y así…al menos para muchos.

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