Santiago en mí

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Incrementa su patrimonio el archivo de Santiago de Cuba

santiago de cuba_olga portuondo

Con la incorporación de valiosos documentos patrimoniales, donados por Olga Portuondo, Historiadora de la Ciudad de Santiago de Cuba, el archivo provincial del territorio incrementa su acervo cultural.

Resalta el manuscrito original del libro Cuba: Constitución y Liberalismo (1808-1841), texto que refleja la vida política en la zona oriental del país durante ese período, publicado por la Editorial Oriente en 2008 y merecedor del Premio de Crítica de Ciencias Sociales al año siguiente.

Elsa Almaguer, subdirectora de la institución, dijo a la AIN que la prestigiosa intelectual cedió, además, algunas de sus investigaciones, objetos relacionados con su familia y fotocopias de bibliografías consultadas por ella en el Archivo de Indias.

Como curiosidad, acotó, la también Premio Nacional de Ciencias Sociales 2010 obsequió la primera máquina de escribir utilizada en su quehacer científico.

Agregó que en estos momentos organizan todos los objetos y documentos donados, posteriormente serán clasificados y descritos, para finalmente crear el fondo personal y ser puesto a disposición de los usuarios interesados en revisarlo.

El Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba ocupa el inmueble de la antigua Real Cárcel, edificación declarada monumento nacional en 1998.

Atesora más de dos mil metros lineales de documentación, entre fondos personales e institucionales, y se destacan textos con gran valor patrimonial, como los testamentos de Marta Cabrales y Perucho Figueredo, y otros originales de Antonio Maceo, Carlos Manuel de Céspedes y Emilio Bacardí.

La doctora en Ciencias Olga Portuondo ha escrito importantes libros como El Cobre: santuario nacional (1997); La catedral primada de Cuba (1997); Una derrota británica en Cuba (2000).

Ha recibido importantes reconocimientos como los Premios Nacionales de Historia (2003) e Investigación (2006).

Emilio Bacardí: un hombre de todos los tiempos

Aniversario 90 de la muerte de Emilio Bacardí

La desconocida casa de Emilio Bacardí

– Homenajes al Primer Alcalde digno de Santiago de Cuba

– El murciélago de los Bacardí

– Santiago y los Bacardí

Santiago de Cuba, 28 ago.- Emilio Bacardí murió cuando todavía Santiago de Cuba lo reclamaba. Para muchos, aquel 28 de agosto de 1922 fue uno de los días más tristes en la historia de la ciudad.

La prensa cubría el suceso como noticia de primer orden, y los diarios, no solo del oriente cubano sino de todo el país, lo tenían con grandes titulares en su portada: murió Don Emilio Bacardí.

Pero ese Don no era solo el calificativo social sino también el reconocimiento a la grandeza.

Patriota hasta el cansancio, Bacardí desarrolló desde joven un fuerte sentimiento anticolonialista que provocó en él agonías, destierros y empeños interminables.

Estableció contactos con deportados y exiliados, donó armas y municiones al Ejército Libertador, intercambió correspondencia con sus principales líderes: así ayudó a la causa libertaria cubana.

En 1902 el voto popular lo llevó al cargo de Alcalde Municipal, y con él la  mayor parte de su gran obra: Bacardí reconstruyó la ciudad destruida tras la guerra, dio trabajo a desempleados y a las mujeres viudas de patriotas, firmó un proyecto que protegía a obreros y familiares  ante algún accidente de trabajo, creó un plan de construcción de casas que debían ser vendidas a los trabajadores con una rebaja del 10 por ciento.

Y por si fuera poco, renunció a la mitad de su sueldo por considerarlo excesivo en el puesto de la Alcaldía.

Hombre de letras, Don Emilio dejó a la posteridad 3 novelas, varias obras de teatro, un excelente trabajo historiográfico con las Crónicas de Santiago de Cuba, y una obra periodística con un fin eminentemente social y humano.

Hoy, 90 años después de su muerte, Santiago de Cuba le agradece haber tenido el primer museo creado en Cuba, su banda de conciertos, su ceremonia de la bandera, su escuela de Bellas Artes…

Bien merecido tuvo entonces el título de Hijo Predilecto de la ciudad; bien merecido tuvo también aquella gigante y espontánea manifestación de duelo cuando se supo su muerte al cumplir 78 años de edad.

Hoy no podría escribirse la historia de esta ciudad, de su desarrollo social, económico y cultural, sin dedicar gran parte a este hijo ilustre, por la simple razón de que hoy Santiago de Cuba no sería la misma si no fuera por Emilio Bacardí.

Tomado de Radio Mambí

A sesenta y un año del “entierro cubano” de Martí…

El Palacio de Gobierno Provincial de Santiago de Cuba, en la céntrica calle Aguilera, es una monumental edificación de carácter ecléctico, fruto, como no pocas edificaciones de la urbe, incluido el edificio del Museo Emilio Bacardí que se le enfrenta desde la acera opuesta; del talento del arquitecto santiaguero Carlos Segrera. Desde 2002 fue declarado Monumento Nacional.

Sin embargo, más allá de sus valores arquitectónicos, el hoy sede de la Asamblea Provincial del Poder Popular quedó marcado en la historia por uno de los hechos más significativos de Cuba: la realización de las honras fúnebres del Apóstol de la independencia nacional, como parte del programa denominado Entierro Cubano del José Martí, en 1951.

Guardia de honor durante el entierro cubano de Martí

Guardia de honor durante el entierro cubano de Martí

En un hermoso salón del segundo piso, una sobria tarja recoge el hecho con estas palabras:

“En este palacio de Gobierno Provincial de Oriente fueron velados los días 29 y 30 de junio de 1951, los restos mortales de José Martí Pérez, hecho que formó parte del “Entierro cubano” realizado para llevar a cabo la inauguración del Mausoleo erigido al Héroe Nacional en el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba”.

Hasta ese salón, el mismo donde hace 61 años el pueblo cubano rindió tributo a Martí, se trasladó este 29 de junio, el Café Concert “Virtud y Conciencia”, espacio cultural que cada último viernes de mes convoca el guitarrista concertista Aquiles Jorge.

En esta ocasión, la también llamada Peña Mambisa, partió desde el frente de su sede habitual en el edificio del Gobierno Municipal (antiguo Ayuntamiento de la ciudad), para recorrer, en emotiva procesión encabezada por un retrato al óleo del Maestro (obra del pintor Luis Mariano Frómeta) y una inmensa bandera cubana, los pocos metros que lo separan del edificio del Gobierno Provincial.

Una vez allí, la presencia de Martí llenó el espacio; no solo por el busto en bronce del prócer de la independencia (obra del artista santiaguero Alberto Lescay) y la urna de cristal que guarda una muestra de los cabellos del Apóstol obtenidos en una de las exhumaciones realizadas a sus restos, cedidas para la ocasión por la dirección del Museo Emilio Bacardí; sino porque la velada organizada por el furibundo martiano que es Aquiles Jorge, nos acercó al pensamiento y la obra de nuestro Héroe Nacional.

Entre el público asistente se encontraban santiagueros que fueron testigos de aquella jornada que recuerdan como la demostración más grande de patriotismo visto por Santiago de Cuba hasta entonces.

Así también lo reseñaron los diarios de la época, tal y como explicaron Aida Morales, miembro de la Oficina del Historiador de la ciudad, y Juan Antonio Tejera, narrador oral y cronista santiaguero.

A las dos de la tarde del 29 de junio de 195, narra Aida, los restos de José Martí fueron trasladados hacia el salón del segundo piso de la sede del Gobierno Provincial de Oriente. Desde entonces, y por 24 horas, se mantuvo una guardia de honor que se renovaba cada media hora, y en la cual participaron estudiantes, políticos y miembros del cuerpo diplomático acreditado en Cuba por ese entonces. La última gurdia de honor la realizó parte del gabinete gubernamental, encabezado por el entonces presidente Carlos Prío Socarrás.

Se estima que durante esas 24 horas, más de 150 mil cubanos rindieron tributo al Maestro; suceso que fue trasmitido de forma continua, por la Cadena Oriental de Radio.

El 30 de junio de 1951, alas dos de la tarde, los restos son trasladados nuevamente hacia el cementerio Santa Ifigenia donde son colocados en el Mausoleo que, para ese efecto, se había construido. Finalmente, el pueblo de Cuba había rendido el merecido tributo a su Héroe Nacional.

El apartado cultural de la velada también constituyó un homenaje al pensamiento y la obra martiana. Luego del inicio de la peña, con la ejecución del Himno Invasor por Aquiles Jorge; se presentó la Orquesta de Cámara del Conservatorio “Esteban Salas”, con un repertorio que recogió una muestra de la música “útil y fina” de la que escribió el Apóstol, que incluyó obras de Mozart y “La bella cubana” de José White.

La bailarina Camila Arrate, del Ballet Santiago, danzó al compás de los acordes de la guitarra de Aquiles, quien ejecutó la hermosa pieza “Vitrales”, dedicada también a Martí. Por su parte, el actor e historiador José Pascual Varona (Pini), declamó su muy personal y conmovedora versión de los “Zapaticos de Rosa”, mientras que, el destacado periodista santiaguero Reinaldo Cedeño, leyó su poema “¿Quiénes son ellos?”, dedicado a esos hombres anónimos de nuestras gestas independistas.

El espacio también sirvió para reconocer a José Luis de la Tejera, presidente de  la Sociedad Cultural“José Martí” en Santiago de Cuba, quien fue merecedor de la distinción “La utilidad de la Virtud”, máximo reconocimiento que otorgala Presidencia Nacional de esta Sociedad. El diploma acreditativo fue entregado a Tejera de manos de Lázaro Expósito Canto, Primer Secretario del Comité Provincial del Partido Comunista en Santiago de Cuba, quien se encontraba presente en el público.

Breve, hermoso y sentido el homenaje nacido del tesón y el amor de Aquiles Jorge, un mambí del siglo XXI y martiano empedernido. El Café Concert “Virtud y Conciencia” se ratifica como un espacio para la defensa de los mejores valores patrios.

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La Fiesta de la Bandera

Crónicas de mi ciudad

Por Armando A. Céspedes Calderín

Santiago de Cuba, la antigua villa de Cuba, tiene muchas tradiciones que se han desarrollado a lo largo de su heroica historia y una de ellas, la Fiesta de la Bandera, es la más hermosa y patriótica de todas.

Contrariamente a lo que  muchos creen no fue una idea de Don Emilio Bacardí y Moreau, excelso patriota santiaguero. Las aclaraciones pertinentes están en las Crónicas de Santiago de Cuba, tanto en las escritas por el primer alcalde de esta ciudad electo en votación popular, como en las que continuara Carlos E. Forment. Tal hecho sucedió en la noche vieja de ese año, y en la primera madrugada de 1902.

Recordemos que el gobierno de los Estados Unidos interviene, descaradamente, en la guerra, en 1898, que libraban los cubanos contra el dominio colonial español, con el baladí pretexto de que querían la independencia de nuestro país. Pero, lo que hicieron fue derrotar a los españoles y quedarse con los restos de su imperio colonial, o sea,  Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y las islas Guam.

Así las cosas, el 1 de enero de 1899 ocuparon completamente y arriaron para siempre la bandera española e izaron la de ellos, la de las barras y las estrellas. Por si fuera poco, prohibieron el izamiento de cualquier otra enseña, en ese caso, la nuestra, la cubana.

Recuerde aquellos encendidos versos del poeta Bonifacio Byrne, cuando al regresar a Cuba, vio la bandera estadounidense en el morro habanero:

“Dónde está mi bandera cubana/ la bandera más bella que existe/ desde el Morro la vi esta mañana/  y no he visto una cosa más triste.” Al final de otros versos, expresó con vehemencia: …” ¡ Que no deben flotar dos banderas/ donde basta con una, la mía…!”

Pero, el espíritu de independencia de los cubanos no creería en tales prohibiciones extranjeras, y cierto día, -un santiaguero muy inquieto, de esos que tienen a su ciudad en el alma-, pensó que podría hacerle un homenaje a la enseña nacional, y por ende a la patria, regalándole e  izando una bandera en el edificio de la Casa Consistorial, la alcaldía citadina, en las primeras horas del Primero de Enero de 1902, exacto en el año en que se accedería a una independencia, por cierto, lastrada por la enmienda Platt  impuesta por los amos yanquis y por sus servidores nacionales.

Con la idea Ángel de Moya, o Chichí de Moya, que era como lo conocían, se acercó a un amigo comerciante, Luís Gómez, cuyo negocio estaba en las esquinas de las calles de Santo Tomás y San Germán. El hombre, muy impresionado con lo que le estaba diciendo el amigo, tomó el asunto entre sus manos, y acordaron, de inmediato hacer una colecta popular para comprar una telas para confeccionar una enorme bandera cubana en los Estados Unidos ya que en Cuba no había condiciones adecuadas para tales propósitos.

Con fecha 20 de junio de 1901, el periodista y escritor Joaquín Navarro Riera, el muy conocido Ducazcal, escribió una minuta o nota dirigida  a Don Emilio para interesarle acerca de la idea de Chichí de Moya. Y fue bien acogida por el insigne patriota quien tomó la propuesta con mucho amor, y se aprestó a realizarla en la fecha del 31 de diciembre de ese año 1901 y en la primera madrugada de enero de 1902.

Pero, había un serio escollo: la ordenanza del gobernador interventor de la ciudad, quien al enterarse de lo que se pretendía realizar, se opuso terminantemente a tales propósitos: ¡No podía izarse una bandera no autorizada al lado de la estadounidense pues con ella bastaba! Aquello fue una afrenta más al patriotismo de los santiagueros después que se impidiera, por esas mismas fuerzas extranjeras, que los mambises victoriosos, encabezados por el mayor general Calixto García Íñiguez, entraran en la ciudad mártir.

Don Emilio, con una valentía a toda prueba, en una muestra de profunda cubanía, firmó el decreto que permitía la celebración de la Fiesta de la Bandera en la antigua villa de Cuba, hoy Santiago de Cuba, en aquellos primeros minutos del año 1902.

Por fin, en la noche del 31 de diciembre de 1901 Don Emilio Bacardí institucionalizó la festividad,  y ante la presencia de un público entusiasta y muy patriota, que sabía de la ordenanza emitida por los interventores, se procedió a izar aquella bandera de ocho metros, exacto cuando los relojes marcaron el inicio del Primero de Enero de 1902, en la antigua plaza de armas santiaguera, hoy parque Carlos Manuel de Céspedes.

Ayuntamiento de Santiago en 1940 Antiguo edificio

Ayuntamiento de Santiago en 1940 Antiguo edificio

Al compás del Himno de Bayamo, interpretado por bandas de música de los Bomberos de la municipalidad, teniendo como fondo las campanadas al vuelo de las iglesias, ascendió hasta lo más alto del mástil la Bandera Cubana. El pueblo cantó, gritó, lloró de puro entusiasmo, y finalizada la ceremonia, con su futuro alcalde al frente y la banda de música se dirigieron hacia la casa donde vivía María Cabrales, viuda de Antonio Maceo, para felicitarla por el advenimiento del Año Nuevo, el de la independencia, y hacerlo como si fuera su amantísimo esposo, el mayor general Antonio Maceo y Grajales, quien lo había dado todo por que Cuba fuera libre y soberana. Sus palabras de respuesta fueron precisas: Santiago de Cuba nunca se olvidaría de sus mejores hijos.

Por cosas de la Historia, ese mismo lugar fue el escenario donde 60 años después, se proclamaría el triunfo de la Revolución Cubana, ante un pueblo entusiasta y muy patriótico, que había luchado con todas sus fuerzas para derrotar a la dictadura y a sus amos norteños.

Tomado de Facebook

Desempolvando muertes y cementerio

Hay un dicho popular que reza que el cubano es el único pueblo que ríe de sus propias desgracias. No sé, por razones obvias, si la afirmación se trata de una mera exageración, hija de un chovinismo criollo (permitido por demás), o si, en efecto, somos los “afortunados” propietarios de tan curiosa cualidad para algunos quizás reprobable, pero, inobjetablemente, fuente de no pocas soluciones que impulsan el diario de cada cubano.

Quizás por esta razón, no resultó sorprendente el que se dedicara un espacio cultural como la séptima edición de “Desempolvando” al tema de la muerte, el cementerio y las costumbres y tradiciones mortuorias en esta ciudad. Un tema que, como tempranamente advirtiera Pini, director artístico y conductor del espacio, no representa necesariamente para el santiaguero (me atrevería decir, el cubano) tristeza o calamidad pues, ¿no es acaso en las funerarias donde suelen contarse los mejores chistes? La propia tradición nacida con el devenir de los procesos funerarios, con su comparsa de personajes y anécdotas, llenan nuestra historia de simpáticos acontecimientos que giran alrededor de un difunto; de ellos también se habló y actuó en esta nueva cita en el patio del Archivo Histórico Provincial.

Invitados de lujo nos deparó la tarde: desde la sobrecogedora danza del bailarín Yanosky Sánchez, capaz de atraer sobre la ciudad, al menos en ese cuadrado de cielo que enmarcan las paredes del Archivo…, nubes grises y vientos de un aliento extrañamente fríos para las tardes de verano que por estos días se viven en la ciudad (tendré que convencerme de cierto misticismo que ronda estos encuentros de viernes, en los que se “juega” y domina al clima al antojo de la temática tratada, dejando sobre los asistentes, en esta oportunidad, una atmósfera plomiza, de constante amenaza de lluvia que, por suerte no hizo presencia); el canto a Oyá, danzado por una bailarina del emblemático Conjunto Folclórico Kutumba; hasta las actuaciones de integrantes del grupo de teatro Macubá, quienes con su representación de fragmentos de Francisca y la Muerte y una versión muy cubana de Las plañideras, hicieron las delicias de los presentes.

En medio de estas pinceladas artísticas, no faltó el abordaje histórico del tema central de la jornada: la muerte y los cementerios en Santiago de Cuba. En esta ocasión, de las manos del verbo animado de las Máster Martha Hernández y Beatriz Morales, especialistas del Cementerio Santa Ifigenia, recorrimos las artes funerarias de esta ciudad desde su prehistoria de enterramientos aborígenes, los entierros coloniales en las iglesias, hasta las intermitencias de cementerio de la ciudad hasta su actual enclave y nombre.

Santa Efigenia

Asistimos también al redescubrimiento de detalles como el origen etíope del nombre Santa Efigenia (Ifigenia), el mismo que ostentara el primer camposanto santiaguero que, por estar ubicado cerca de los terrenos de la ermita de Santa Ana, ha pasado a la memoria popular con éste último nombre y no por el que realmente le corresponde; mientras que, misterios y avatares de la historia, el actual cementerio Santa Ifigenia fue nombrado durante mucho tiempo en toda la documentación “oficial” como: Cementerio General, resultado (hipótesis de las especialistas) de los desencuentros que la construcción de la necrópolis trajo entre la iglesia y el poder civil de la provincia, hasta ser “renombrado” en 1917 por el entonces alcalde de la ciudad, Camacho Padró, quien asegura en sus memorias: “le puse nombre al cementerio”.

La etapa republicana trajo nuevos matices al arte funerario en esta ciudad. La aparición de personajes como los “buquenques” y los encargados de las despedidas de duelo, pusieron no pocas notas simpáticas al acto luctuoso. Los primeros eran personajes de las distintas “casas funerarias” que “rondaban” a los enfermos para, una vez fallecidos, ofrecer a los dolientes los servicios funerarios que ellos representaban. Tal llegaba a ser el asedio de estos personajes que en una ocasión protagonizaron un escándalo por lograr brindar los servicios a la familia de un acaudalado campesino que había fallecido, evento que el Diario de Cuba recogió en un artículo de sentencioso titular: “Las tiñosas de Santiago de Cuba”.

Por su parte, las despedidas de duelo gestaron curiosos personajes. Más allá de grandes oradores como Emilio Bacardí o el Licenciado Bravo Correoso, autores de encendidos discursos no pocas veces elogiados por sus contemporáneos, como el periodista Carlos E. Forment en sus Crónicas de Santiago de Cuba; otros se dedicaron a brindar en alquiler sus dotes oratorias para despedir cuanto duelo fuera posible. Se recuerda el caso de uno de estos personajes al que apodaron “el sinsonte” quien, aún sin conocer al occiso, era capaz de hilvanar un brillante discurso durante 20 minutos sobre la vida y obra del difunto.

Y ya que mencionamos una vez más (cómo no hacerlo) a la figura de Don Emilio Bacardí, emocionante fue el conocer un curioso hecho acontecido durante las honras fúnebres del primer alcalde de la ciudad.

Cuenta la especialista Beatriz Morales que luego del velatorio realizado en la casa de la familia Bacardí-Cape en las afueras de la ciudad, los restos mortales del patriota fueron trasladados hasta el frente del Ayuntamiento donde, en homenaje, se arrió la bandera cubana, acto durante el cual, y para sorpresas de todos, la enseña nacional cayó suavemente sobre el féretro que guardaba a Bacardí, justo hacia el lado donde estaría su rostro, suceso que desde entonces se conoció como “el beso de la bandera”, quizás póstumo agradecimiento al promotor de tan singular espectáculo que cada fin de año reúne a miles de santiagueros frente al Ayuntamiento de la ciudad a celebrarla “Fiesta de la Bandera”.

Siete son ya las ediciones de esta Peña y, comoquiera que se anuncia un merecido descanso en el mes de octubre, valga el momento para agradecerle a sus organizadores por lo hecho hasta ahora, y confiarles el reencuentro el próximo noviembre, momento en el cual, de seguro, volverán a cubrir expectativas y darán muestras de que el espacio se va consolidando como una excelente opción cultural para los santiagueros.

 

 

 

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