Santiago en mí

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“La bahía más hermosa de Cuba”

Bahía de Santiago de CubaPor Juan Antonio Tejera

Nosotros, los santiagueros, poseemos, la bahía más hermosa de Cuba. Sí, tal vez exagero, pero no mucho. Puerto excelente y abrigado, de difícil entrada que sólo permite el paso por un canal largo y estrecho. Y mire, su boca está defendida, lo sabe, por el Castillo de El Morro, el San Pedro de la Roca, que es una forma de guardar respeto a quien se ocupó de su construcción, el gobernador de dicho nombre. Pero qué curioso, los santiagueros conocen La Estrella, pequeña playa que en el verano no resulta suficiente para los que a ella asisten. Y miran y comprueban que en esta parte hay restos bien conservados de edificaciones. Y tal vez no sepan, es lo curioso, que ella, La Estrella, con su bastiones, era parte también de la defensa a la entrada de la bahía. Y sobre los mismos, en los altos, un elemento nuevo, es decir viejo pero de nuevo conocimiento: la batería de Santa Catalina. Y todo esto que le vengo contando está ahí, al alcance de su mano o al menos de su vista, que es cuestión en Santiago, de mirar a todas partes de forma escudriñadora. Y mire que si los niños supieran nuestra historia lejana, de seguro les gustaría incluir en sus juegos a piratas y corsarios que cruzaron nuestras calles, incluyendo a uno que realmente fue llamado Pata de Palo, el holandés Cornelis Jo. Y ello sin olvidar a Girón o a Jacques de Sore o Henry Morgan, que todos ellos entraron en la bahía santiaguera y saquearon nuestra ciudad. Razón de más para que se construyeran estas fortalezas que hicieron impenetrable a la misma. Son historias que pertenecen por entero a esta ciudad de maravillas.

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Desempolvando la bahía santiaguera

(en fotos) Bahía de la ciudad de Santiago de Cuba

«Desempolvando» la bahía santiaguera

Pini da inicio a la Peña "Desempolvando"

Cada nueva edición de “Desempolvando”,la Peña Cultural promovida y organizada por el Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba bajo la dirección artística de José Pascual Varona (Pini), se reafirma como un espacio necesario en el contexto cultural santiaguero, y da muestras, además, de la capacidad de convocatoria que en un futuro, no muy lejano, puede empequeñecer el espacioso patio interior de la hermosa construcción que acoge la sede del Archivo.

Para definir este espacio donde cultura e historia hacen gala de una simbiosis particular, sería necesario indagar en cada uno de los pechos de esos santiagueros fervorosos que cada tercer viernes de mes concurren a la cita pero, quizás, la mejor definición la dio el trovador en uno de sus versos: “Desempolvando” es el espacio donde “respira la ciudad de Santiago, mi Santiago”.

"Felipón" nos regaló su visión de Santiago a través de su verso.

Quizás por esa pasión sin chovinismo por lo local (diría un historiador que para conocer la historia patria es necesario ahondar en la local), esta nueva edición de “Desempolvando” sirvió también para homenajear a uno de sus trovadores, autor del verso definidor antes mencionado: Luis Felipe Pérez Veranes, para todos, Felipón; quien nos regaló algunas de sus más memorables canciones donde Santiago, su gente, sus barrios, brota de cada verso en un lenguaje compartido por los presentes desde cada una de sus individualidades.

Así, con los acordes del trovador y la siempre necesaria definición de Santiago hecha por Waldo Leyva, se descorrieron las cortinas para desempolvar, en esa oportunidad, la bahía santiaguera.

Pronto nos percataríamos que no alcanza una hora para hablar de esta garganta del Caribe que es extiende por poco más de nueve kilómetros desde su angosta entrada de apenas trescientos metros de ancho, hasta el encuentro lujurioso con la ciudad que de ella brota. De ahí que este encuentro con la rada santiaguera promete nuevos encuentros.

El mapa más antiguo que se conoce de la bahía data de 1651y es obra de Pedro Bravo

Celebro a los organizadores de la Peña el rápido trayecto por el litoral santiaguero a través de inigualables fotos históricas (todas parte del fondo histórico del Archivo) que van desde el antiguo plano de Pedro Bravo con fecha 22 de abril de 1651, pasando por los que muestran la ensenada oriental en los años 1699, 1712, 1883, 1898 y 1960; hasta las extraordinarias fotografías del sistema de fortificaciones santiagueros, algunas poco conocidas, cortesías dela MSc Raquel Blanco Borges a quien, en su momento, se las hiciera llegar Hugo Crombet Bravo, nieto del General mambí Flor Crombet.

Precisamente Raquel Blanco fue otra de las invitadas especiales de la velada; ocasión que aprovechó para deleitarnos con esa manera particular de narrar la historia, de vivirla como una más de sus protagonistas; a partir de las investigaciones recogidas en su Tesis “Inventario de los componentes del sistema defensivo costera de la entrada de la bahía de Santiago de Cuba. Propuesta para una Gestión Patrimonial Integral”; sentando así las bases para un futuro tema de otro “Desempolvando” en el cual se pueda profundizar en las curiosidades que rodean al sistema defensivo del Santiago decimonónico.

Así, entre cantos, poemas, narraciones, historia y no pocas sorpresas, se reveló nuestra bahía, esa donde nace y muere cada día la ciudad, la misma que, generosa, luego de contribuir al desarrollo socio-económico de la urbe desde sus años fundacionales, ha soportado estoica la ingrata contribución del hombre quela contamina. Deahí que, entre remembranzas, también fue válido el llamado a preservarla, a luchar porque aquellas Ordenanzas Municipales que en pleno siglo XIX denunciaban el uso incorrecto de la rada, no vuelvan a repetirse y queden por siempre en el recuerdo polvoriento de la historia.

Desde ya quedo a la espera de la nueva cita con la escobilla del historiador para descubrir, bajo el polvo persistente del tiempo, qué nuevos secretos nos deparala ciudad. Mientras, emprendo el regreso a casa por una serpenteante calle Aguilera de un pasado marino. A mis espaldas, la bahía sonríe (quizás agradecida, ¿vanidosa tal vez?), con hermosos destellos de sol.

Imágenes poco conocidas de las Baterias de la Socapa en 1898

 

La Normal….a pesar de los pesares

Hace ya unos días tengo a “punta de lápiz” una entrada dedicada a la antigua Escuela Normal de Oriente para Maestros, todavía conocida por todos los santiagueros por ese nombre ya centenario. Pero en mí habitaba el “monstruo” de la inconformidad, y no quise publicar sobre el tema hasta no redondear más todo cuanto tenía por decir.

Con ese objetivo decidí llegarme hasta la hermosa edificación ubicada a un costado del actual Museo Abel Santamaría, antiguo Hospital Civil “Saturnino Lora”, en una de las posiciones más privilegiadas de la ciudad.

Vista de la Escuela Normal para Maestros de Oriente en la actualidad.

Nada más llegar a la entrada de la breve carretera interior que durante años sirvió de alivio a los caminantes, quienes encontraban es su trayecto sombreado un alivio a sus pasos y un ahorro inestimable de tiempo y energía para llegar desde la calle Trinidad hasta la Calle San Jerónimo, muy cerca de la Plaza de Marte; me percaté que esa imagen prendida en mí por la costumbre de un uso ya descontinuado en el tiempo, había desaparecido totalmente. Unas rejas cierran el paso y sólo dan lugar a una improvisada conferencia con el custodio de turno, quien será el encargado de hacer llegar al interior de la edificación, el objeto de nuestras pesquisas, en busca de la aprobación necesaria.

Sin amilanarme, a pesar del intenso sol de las dos la tarde, decidí plantearle al custodio mi interés en acceder a la instalación para hacer unas anotaciones y, de ser posible, conocer qué desempeños cumplen estos espacios en la actualidad. Unos minutos mediaron entre mi solicitud y la aprobación, llegada no se de qué alma caritativa, a recorrer las instalaciones de La Normal.

Un breve vistazo me muestra de inmediato una edificación que, a pesar de su centenaria estampa, hace galas de no pocas modernidades, incluidos unos teléfonos públicos que exponen su anacronismo a un lateral de lo que fue la Escuela Superior Anexa a La Normal, y en los cuales unas jóvenes cumplen, con la estampa indiscreta de los alumnos becados, el ritual de la llamada a casa o a algún que otro enamorado “extramuros”, supongo. Tomo unas notas breves para nutrir esta entrada y de inmediato me dirijo al benefactor custodio para informarle mi interés de acceder a la edificación principal (tal es el ambiente de encierro que se percibe en los perímetros de la Escuela, que no puedo escapar del impulso de pedir aprobación para cada uno de mis pasos). Con el propio custodio logro informarme que en la actualidad la Escuela Normal es un centro formador de Maestro para la Educación Primaria; el regreso a los orígenes, pienso, y, agradecido, dirijo mis pasos hacia el frente de la fachada principal del Edificio donde reza en grandes letras talladas sobre la piedra ESCUELA NORMAL, custodiado por sendos bustos de los cuales sólo reconozco el de Frank País, mientras el otro se escurre entre mis apuros sin permitirme identificar de quién se trata. Sobre la puerta de entrada, empotrada en la piedra, una tarja de bronce informa de la construcción de la edificación entre 1900 y 1902, como resultado de la colecta de “$10.000.00 para esta obra”, llevada a cabo bajo la administración del interventor Leopoldo Wood. A un costado de la entrada, en una tarja más pequeña, se declara el carácter de Monumento Nacional de la Escuela.

Al llegar, me presento a unas trabajadoras del lugar y les informo de mi interés de conocer un poco sobre el Centro y lo que en él se realiza en la actualidad, con vistas a complementar la información que poseo. Gentilmente me confirman la función de centro formador de “maestros primarios”, y me indican que me dirija a la Dirección de la Institución para solicitar el permiso (una vez más la solicitud de autorización) de la Directora. Además, me informan que en el lobby de la instalación permanece montada una exposición sobre la historia de la Institución. Agradezco y me dirijo a en busca de la Dirección, no sin antes detenerme ante una hermosa vitrina y pasar una vista demasiado presurosa por sobre las decenas de fotos y documentos históricos allí expuesto; sólo hago un breve intervalo para copiar el Himno[i] que durante el pasado siglo entonaron los estudiantes de la Escuela Normal.

Un poco presionado por los aprestos de mis anteriores interlocutoras, “no vaya a ser que la directora salga y…”, llego por fin a un amplio despacho, extraordinariamente austero donde, tras un buró, desarrolla su trabajo la Directora. De ella sólo pude conocer que se llama Lucy. De inmediato me presento, y le planteo mi intención de escribir un breve artículo sobre la historia colonial de los terrenos y edificaciones que dieron lugar a los amplios salones que hacen eco a nuestra charla. En un breve reposo de mi discurso, la compañera Lucy me mira condescendiente y me dice que ella no está autorizada a dar “ese tipo de información”, para “eso” debo presentar una carta de mi centro de trabajo donde se solicite que yo reciba “esos servicios”, además de interrogar sobre quién o quienes soportan mi investigación. A sabiendas del derrotero que tomaba la entrevista, le explico que es un interés personal, que se trata de un artículo de carácter histórico, sin grandes pretensiones, ni interés en “develar” (ya a estas alturas me apropié de un lenguaje propio de las mejores películas de espías) nada de lo que se realiza o encuentra en sus instalaciones. Discurso estéril. Como interés personal debo solicitar una carta de autorización de parte de una de las Sub Directoras Provinciales que atiende la institución para que pueda acceder a “esa información”.

Parafraseo lo que mis sentidos lograron captar en medio de todas las ideas que me pasaron por la cabeza, al confirmarse que no sacaría más provecho que el que mi curiosidad me había brindado no más entrar a la “blindada” edificación. Pensé en aquellos tiempos de secundaria básica en los cuales, junto a mis compañeros de estudios, dedicábamos largas jornadas de estudio de la Química en las espaciosas aulas de La Normal, por aquellos tiempos, justo es reconocerlo, subutilizadas y presas del polvo y el olvido, pero abierta siempre a la curiosidad ajena, al ir y venir de santiagueros que, aún desde sus prisas, podían disfrutar de una arquitectura exquisita y de una vista maravillosa de la bahía santiaguera, por sobre los techos encanecidos de la ciudad. ¿Cuántos se verán privados hoy del contacto directo con un edificio de singular belleza, privados de atravesar sus espacios? Sentado en un impersonal sillón, escuchaba casi sin oír las justificaciones de la Directora de la Institución, mientras me lamentaba una vez más de la existencia de los “canales” burocráticos que alejan la historia del ciudadano común. ¿Cuántos santiagueros permanecerán ajenos a este fragmento de historia hasta que algún historiador tenga el ánimo suficiente de hacerse con el permiso para recibir “la información” necesaria sobre la Escuela; cuántos más hasta que esa información llegue a sus manos?

Mientras la Directora se justificaba y por mi mente pasaban estas cavilaciones, en mí se esbozaba una sonrisa pícara pues, sin proponérselo, la docente me había dado el motivo ideal para no hacer esperar más la publicación de esta entrada.

Así que, a pesar de los pesares, hoy les ofrezco algunos datos sobre la antigua Escuela Normal de Oriente, tomados, en gran parte, de un artículo publicado por Leopoldo García en el Boletín Acción Ciudadana Nro 84 de octubre de 1947, de las Crónicas de Santiago de Cuba de Carlos E. Forment y de la Enciclopedia Colaborativa Cubana Ecured

Etapa Colonial

Los terrenos donde se encuentra enclavada hoy la antigua Escuela Normal, conforman la parte más elevada de la ciudad. Según datos ofrecidos en el mencionado artículo La Escuela Normal de Oriente, del Boletín Acción Ciudadana, el edificio de la Escuela está ubicado “a 37 y medio metros sobre el nivel del mar. La distancia más cercana a nuestra bahía está en dirección al Oeste, estimándola en un cálculo aproximado de 1500 metros, lo que significa que su declinación hacia el mar es de 2 y medio centímetros por cada metro lineal; siendo su parte más violenta del declive en los primeros 500 metros, lo que proporciona a la Escuela y a todo lo adyacente una vista extraordinaria y hermosa, porque domina una extensión considerable de nuestra gran Sierra Maestra por el Oeste, Norte y Este, y una gran parte de nuestra tranquila y amplia bahía”.

En efecto, desde los alrededores de La Normal se disfruta de una vista única de la Sierra Maestra, siendo posible verla en casi toda la extensión de su eterno abrazo a la ciudad, sólo inconcluso por la presencia de la bahía. Es fácil imaginar que, en tiempos de la Colonia, cuando aún los afanes constructivos de la ciudad no constituían una amenaza para el paisaje, y la vista no chocaba con la agresiva arquitectura que la necesidad impuso en las últimas décadas, los transeúntes podían degustar del delicioso placer de abarcar en una mirada, la maravillosa amplitud del paisaje urbano reflejado en el apacible espejo de la bahía.

Imagen del Torreón "El Palomar"

Las condiciones naturales de este sitio fueron aprovechadas por los colonialistas españoles quienes construyeron allí el llamado Torreón El Palomar, “un gran torreón de dos pisos en forma octogonal” que sirvió de guarnición a las fuerzas combativas durante las guerras contra los independentistas cubanos. Este torreón ganó su nombre debido a que desde él se mantenía comunicación, por medio de palomas mensajeras, con las patrullas del ejército español que se encontraban destacadas en los diferentes frentes establecidos en diversos sitios de la ciudad y en las intrincadas montañas de la Sierra Maestra. Para el inicio de la guerra de 1895, las tropas españolas perfeccionaron su procedimiento de comunicación por medio de la instalación, en lo alto del segundo piso del torreón, de un heliógrafo, el cual aprovechaba la luz solar para establecer contacto con el casi medio centenar de fuertes y fortines que rodeaban la ciudad. Durante las noches usaban luces adecuadas para mantener las comunicaciones.

El 16 de julio de 1898, la ciudad de Santiago de Cuba rinde sus guarniciones como resultado de los combates establecidos en las afueras de la urbe contra las tropas cubano-norteamericanas. De esta forma, terminaron las actividades de El Palomar, convirtiéndose desde entonces en un lugar histórico dentro de la ciudad.

Precisamente, de esta historicidad del torreón El Palomar, se cuenta que surgió la idea de crear una escuela. Narra Leopoldo García en su artículo:

“En 1899 nos visitan unos ciudadanos norteamericanos del Estado de Massachussets y uno de ellos, encaramado sobre “El Palomar”, frente a la atalaya, sugiere la idea de destruir este torreón y en su mismo lugar, implantar una escuela pública, sustituyendo en esta forma un edificio de guerra por otro de enseñanza elemental y cultural.”

La historia ha olvidado el nombre del gestor de esta idea, sólo se menciona que éste ciudadano tal vez perdió a un hijo durante los combates de la Loma de San Juan.

Etapa republicana

Para la ejecución de la obra se recolectaron 10 000 pesos, los cuales fueron entregados al Gobernador General de la Isla, Leonardo Wood, quien se comprometió de inmediato con las labores, hasta que, en 1902 se dio por terminada la construcción del edificio en el cual se instaló la Escuela Pública Nro 1, más conocida como Escuela Modelo. La placa de bronce empotrada sobre la entrada de la Escuela, hace referencia a la creación de esta obra en los siguientes términos:

“Construido 1900-1902—Leopoldo Wood, USA— Gobernador General de la Isla de Cuba.— Col. S.M. Whitside, USA.—Comandante Militar—Mayor W. M. Black, USA.—Mayor H.F. Hodges, USA.—Jefe de Ingeniería del Departamento de Cuba.—Capt. S.D. Rockenlach, Ingeniero del Distrito.— Lugarteniente M.F. Hanna, USA –Comisionado de Escuelas Públicas.– G.W. Armitace, arquitecto. – Algunos individuos del Estado de Massachussets han donado $10.000.00 para esta obra.”

Sobre sus valores arquitectónicos, Ecured describe:

“El proyecto del edificio esta inspirado en los Modelos arquitectónicos de las escuelas norteamericanas, con plante en forma de H y dos niveles, el primero para aulas, y el segundo, inicialmente, a patio cubierto, éste posteriormente se transformó en salones para aulas. Puede inscribirse dentro del Estilo neocolonial, y constituye un ejemplar único en su tipo en Santiago de Cuba.

Fue construido con piedra traída de Río de Grande, confeccionada en grandes bloques escuadrados que le imprimen a la fachada una textura singular, las maderas de puertas, ventanas, escaleras del vestíbulo y techo son de Ciprés y Pino de Georgia, Pino blanco, Cedro, Sabicú. La carpintería de los dos niveles es sencilla y funcional, en el primero es de pivotes verticales con paños de cristal, en el segundo presenta una secuencia de arcos de medio punto con lucetas fijas y batientes encristalados. Los planos de cubierta inclinada en los corredores y el segundo nivel están conformados a partir de tejas francesas que le imprimen una roja coloración a esta sobria edificación.”

Vista de la Escuela Modelo, luego Escuela Mormal para Maestros de Oriente

La Escuela Modelo se mantuvo en funcionamiento hasta el 10 de octubre de 1916, cuando en sus instalaciones, y las del edificio anexo (que había quedado listo el 15 de julio de 1902), se estableció la Escuela Normal para Maestros de Oriente. En sus Crónicas de Santiago de Cuba, Carlos E. Forment recuerda esta fecha y brinda algunos detalles sobre la constitución del claustro:

“… En horas de la mañana se efectuó la inauguración de la Escuela Normal para Maestros, cuyo primer director fue Enrique J. Molina y Cordero, doctor en Pedagogía y Derecho Civil y notario público a quien acompañaban la señora María L. de Deas de Mancebo; Dr. César Cruz Bustillo y Libia Escanaverino de Beltrán, médicos ambos; Isabel Lora Yero, maestra de instrucción pública y Daniel Serra Navas, profesor de trabajos manuales, secretario de la escuela.

En el curso siguiente, año escolar 1917 a 1918, ingresaron los profesores: Max Henríquez Ureña y Esperanza Quesada Villalón, doctores en Filosofía y Letras y Derecho Civil; Rodolfo Hernández Girón, pintor y escultor, y Serafina Portuondo Dolman, profesora de piano.”

La primera graduación de la escuela se llevó a cabo en 1920 y consistió de treinta y dos muchachas y tres varones. Ya para la década del cincuenta, las matrículas sobrepasaban los cuatrocientos alumnos entre hembras y varones.

En el uniforme típico de las (los) estudiantes de La Normal, sobresalía la corbata, cuyos colores identificaban el año cursado. Así, las (los) estudiantes de primer año usaban corbata azul, los de segundo roja, en tercer año se portaba una corbata de color marrón, y el cuarto año se distinguía por el color verde.

Para el año 1947 (en que se escribió el artículo de Acción Ciudadana) en el piso alto funcionaba un aula con su laboratorio de Física y Química; otra de Trabajo Manual Económico-Doméstico y otra de Trabajos Manuales en general para hembras y varones (en una de las fotos mostradas en la exposición del lobby de la edificación en la actualidad, se pueden ver a los alumnos durante una clase de manualidades). Como resultado de estas últimas clases se exhibían, en ese entonces en una sus aulas, dos maquetas hechas a la perfección por los alumnos. En una de ellas se representa el antiguo torreón El Palomar, y la otra a la Escuela Normal de Oriente.

En su Planta Baja funcionaban cuatro aulas destinadas a cada uno de los cuatro cursos que representan los estudios superiores correspondientes a la graduación de Maestro Normal, según Leopoldo García, estaban distribuidos de la siguiente forma: “en la parte sur del edificio están los de primer y segundo año, y en la parte norte, las de tercero y cuarto año”

Otras áreas que conformaban la escuela eran: el Aula Magna “Floro Pérez”, destinada a la música y con una capacidad de 8×16 metros; la Escuela Superior Anexa, donde se preparaban los estudiantes que aspiraban a ingresar a La Normal y cuya primera directora fue Elisa González, según consta en una pequeña tarja de mármol colocado en la base que soporta el asta de una bandera; la Biblioteca, con su admirable colección de textos en lengua castellana; y los amplios terrenos deportivos en los cuales se practicaba fundamentalmente baloncesto.

Hoy en día

En 1998 el edificio principal fue objeto de proceso de restauración y ese mismo año fue declarado Monumento Nacional.

Atrás parecen haber quedado los tiempos en que el santiaguero atravesaba la empinada carretera interior de La Normal, para llegar rápidamente desde Trinidad hasta la Plaza de Marte, y viceversa, dejando escapar un gesto de fastidio si en alguna ocasión veía cerrada las enormes verjas de uno u otro lado.

La Normal es vista por los transeúntes desde la fría distancia de “lo prohibido”, absteniéndose de ser testigo de una edificación de no pocos atractivos arquitectónicos, y de una profunda huella histórica.

A los pies de la Edificación principal aún se extienden los terrenos deportivos de la Escuela, por suerte, ajenos a las limitaciones de las áreas cercanas. Allí, todavía es común ver a no pocos santiagueros, y santiagueras, practicar diversos deportes, aun cuando con el transcurso del tiempo el abandono ha ido haciendo mella de las instalaciones, que asemejan desde la distancia el polvoriento escenario de una película del oeste.

Sin embargo, la silueta majestuosa de la Sierra Maestra en permanente retozo con la bahía, la zigzagueante telaraña de calles que desciende presurosa hasta la Alameda, el reflejo del sol sobre el mar de techumbres que brotan desde las laderas del terreno en declive, alivian los ánimos de quien llega hasta los perímetros excluyentes de La Normal y regalan así, la verdadera experiencia a recordar.

Otros cuerpos de edificios fueron creados para dar respuestas al incrementote matrículas áreas deportivas.


[i] Himno de la Escuela Normal de Oriente

Hosanna Normalista

cantemos a la escuela

que rauda el alma vuela

de suave ritmo en pos.

Hosanna, Hosanna, Hosanna

cantemos sin demora

que llegó la hora,

de levantar la voz.

De la escuela en las aulas austeras

recibimos la luz del saber,

y en las pruebas de examen severas

nuestra dicha es el triunfo obtener.

Juveniles los ecos llevemos,

de las aulas al son del laúd

al probar que aprendimos cantemos

del maestro la ciencia y virtud.

«Santiago de Cuba preserva y difunde su historia patriótica y revolucionaria»

A propósito de un artículo del periódico Sierra Maestra

Leo la siguiente noticia en la edición digital de la prensa santiaguera, y una vez más se despierta esa venita vanidosa del santiaguero orgullosos de su historia (

www.sierramaestra.cu – Santiago de Cuba preserva y difunde su historia patriótica y revolucionaria.

); sin embargo, me queda la certeza de que nunca es suficiente el esfuerzo que se haga por «preservar y difundir» el pasado histórico de una ciudad como Santiago.

Justo ayer tuve certeza de esta idea. Disfruté de la oportunidad de ver parte de la tesis titulada “Inventario de los componentes del sistema defensivo costera de la entrada de la bahía de Santiago de Cuba. Propuesta para una Gestión Patrimonial Integral”, de la especialista Raquel Blanco Borges, y no me explico cómo algunas de las propuestas que de ella se derivan no han sido aún llevadas a cabo.

Se trata de que, aún cuando el Castillo del Morro se alza majestuoso a la entrada de la bahía santiaguera, y se ha convertido con el devenir del tiempo, en un centro turístico y de promoción cultural; escapan, incluso a la vista y las sensaciones de quienes lo visitan, o quienes gozan de las playas cercanas, una gran parte de la historia colonial santiaguera, sumida en ruinas que se ahogan entre el oleaje de las plantas parásitas que cubren a la vista lo que debería estar expuesto al conocimiento público.

El Fuerte de la Estrella es uno cuyos restos a veces pasa inadvertidos

Gran parte de lo que fue el sistema defensivo santiaguero durante la Colonia, se reduce hoy, para el saber popular, en el Castillo del Morro y, sin embargo, muchos bajan por las laderas rocosas de su anatomía, caminan por sobre el remozado puentecillo de hierro de lo que fuera la Fortaleza de Avanzada, y se dirigen a la parada de los camiones que se apropian del transporte para esta zona, sin percatarse que han (hemos) caminado sobre las ruinas de una historia «mal contada».

Como parte de la propuesta de Raquel Blanco, se menciona el señalizar parte de este recorrido, crear espacios recreativos en lugares como el Fuerte de Avanzada, o la recreación, mediante maquetas, de parte del armamento que señoreaba en estas zonas.

Orgullosos vivimos los santiagueros de nuestra historia, y mucho más estaríamos, si no se nos escapara entre los dedos del olvido, una parte casi desconocida más allá de los círculos académicos.

Más sobre las fortificaciones decimonónicas santiagueras

El pasado mes de diciembre hicimos un recorrido por las numerosas fortificaciones que proliferaron en el Santiago decimonónico, quizás, la ciudad más fortificada de su época. Hoy volvemos sobre el tema, a modo de complemento, gracias a la primera parte de un trabajo investigativo realizado por la MSc Raquel Blanco Borges, quien muy gentilmente me autorizó a transcribirlo.

En todo momento se intentó respetar la escritura inicial, excepto en ocasiones en las que consideré realizar un pequeño trabajo de edición en busca de una comprensión plena del mensaje a transmitir. Igualmente, la propia autora del trabajo incluyó algunas anotaciones de su puño y letra que enriquecen lo que en un inicio estaba escrito.

En su trabajo, se recogen más detalles acerca de la composición de las guarniciones coloniales destinadas a cada uno de los Fuertes santiagueros.

Con esta entrada espero, como ya mencioné, complementar la publicación anterior que tomaba como base un artículo publicado en el periódico Sierra Maestra, de esta ciudad, en la década del 90 del pasado siglo; por lo que, necesariamente, alguna información se repetirá de una forma u otra; en otros casos, tal vez exista alguna que otra incongruencia necesaria de enmendar. No obstante, considero que ambas entradas, en su conjunto, constituirán un material muy interesante e históricamente correcto, para todos aquellos lectores apasionados por la historia.

Desarrollo constructivo del sistema defensivo en Santiago de Cuba en el siglo XIX

Santiago de Cuba, desde el siglo XVII, contaba con un sistema defensivo para protegerse de los asedios constantes de corsarios y piratas, enemigos de España. Componían este cinturón defensivo militar, el conjunto de fortalezas: Castillo del Morro San Pedro de la Roca, Castillo de San Francisco, la fortaleza de La Estrella, la batería de Santa Catalina y en la zona costera los fuertes defensivos de Aguadores y Juraguá.

En el siglo XVIII se modernizan las edificaciones construidas en años anteriores, acorde con los avances de la estrategia militar de la época y se construyen otras a todo lo largo de la costa, a Sotavento y a Barlovento, con un nuevo objetivo defensivo: rechazar los ataques británicos, convirtiéndose Santiago de Cuba en una plaza inexpugnable, con un sistema defensivo más sólido que el de la centuria anterior, significando por tanto, un salto cualitativo jerárquico en su evolución constructiva.

Entre las primeras construcciones realizadas por el gobierno español en la ciudad durante los primeros años del siglo XIX se halla la batería de Punta Blanca, emplazada en 1845, en la parte baja de la ciudad, bajo el mando del Mariscal de Campo don Cayetano de Urbina. La misma, era una batería de salvas, destinada a anunciar el arribo a la ciudad de buques importantes. De mampostería, con una capacidad para 50 hombres y guarnecida por su artillería; en sus inicios contó con ocho cañones de antecarga. En esta etapa se van a iniciar las construcciones de cuarteles y fuertes para recinto de las tropas españolas, con características diferentes a las anteriores en cuanto a su objetivo constructivo.

En 1859, se construyó el primer cuartel, llamado Nuevo Presidio, al este de la población, bajo el mando del Mariscal de Campo don Carlos de Vargas Machuca y Cerveta, gobernador del Departamento Oriental de la Isla. Fue concebido como un amplio cuadrilongo de unos 180 m de frente por 77 m de fondo. Contaba con una planta baja, varias habitaciones con ventanas amplias al Este y Sur; bajo el piso existían los calabozos donde se alojaban unos 200 presidiarios. Teniendo en cuenta su estratégica posición geográfica y los requerimientos militares del momento, el régimen colonial decide convertir el Nuevo Presidio en una gran fortaleza con fines bélicos, trasladando sus prisioneros al presidio El Provisional, al Oeste de la ciudad.

En el transcurso de la guerra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de 1868, se le cambia el nombre, comenzando una nueva etapa como Cuartel Reina Mercedes, en honor a la esposa del Rey Alfonso XII de España, conservando éste hasta inicios de la república mediatizada. Por su situación cercana a los cuarteles y perenne cuerpo de guardia, podía considerarse el baluarte principal para la defensa de la plaza de cualquier ataque insurrecto, y el segundo de mayor importancia del país; con capacidad para un regimiento de carácter permanente y destinado al alojamiento de la infantería del ejército.

Al concluir la Guerra Grande, en 1878, se culminó su construcción, que incluyó una ampliación considerable del proyecto original, levantándose nuevas instalaciones. Además, se culminó la construcción de los cuarteles Dolores y de Concha. El cuartel de Dolores fue construido en una altura al Este de la ciudad de Santiago de Cuba, encima de los resto del Castillo de San Francisco, que había sido construido en 1859. Era de mampostería con cubiertas de tejas francesas y zinc. Posteriormente fue demolido.

La construcción del Cuartel de Concha comenzó en 1859 y terminó en 1884. Estaba situado al Este de la ciudad. Su edificio era grande, sólido, con capacidad para un regimiento, convenientemente aspillerado y con una excelente posición para la defensa de la plaza, completando la defensa del polígono militar del Este. Se alojaban en él las tropas llegadas de la metrópoli y eran enviados a sus calabozos los prisioneros insurrectos.

Fuerte de Yarayó en Calzada de Crombet. Foto tomada en 1910

El Fuerte de Yarayó se construyó en 1874 (en la publicación anterior a la cual se hace mención, quedó registrado que este Fuerte fue el primero de su tipo construido en Santiago, en fecha tan temprana como 1814; esta información también ha sido recogida de esta forma en otros sitios. La fecha que propone la MSc Raquel en su artículo, sin embargo, me resulta más lógica[1]), al Norte del Camino del Cementerio o de la Isla, por el cual los santiagueros de la época salían de la ciudad con destino a la manigua, muy cerca del río Yarayó, del cual toma su nombre. Era de mampostería, de planta cuadrada y contaba con dos niveles. En su parte superior poseía una caseta o mirador. En el primer nivel existían varias aspilleras para la defensa con fusilería. Tenía capacidad para 20 hombres sin cañones. Formaba parte de os fuertes proyectados para defender la plaza.

El Fuerte de San Antonio se construyó en los terrenos de la finca Los Olmos, con carácter permanente y con capacidad para 30 hombres sin artillería. Dominaba con sus fuegos todo el valle y Camino de San Antonio. Se llamó así por existir en ese lugar el templo de San Antonio Papua.

El Fuerte de Santa Úrsula estaba situado en una altura del Camino de la Laguna. Su nombre se debió a la calle homónima. Era de mampostería, construcción sólida y mejor situada estratégicamente, con servicios permanentes. En sus primeros años no tuvo cañones, siendo artillado al final de la guerra cuando el asedio a la plaza por los ejércitos cubano y norteamericano.

El Fuerte de Santa Inés estaba emplazado sobre el Paseo de Concha (hoy Paseo Martí), en los terrenos de la Finca de San Nicolás de Espanta Sueño; y dominaba con sus fuegos todo el Valle de Santa Inés. Se nombró así por la calle aledaña llamada Santa Inés. Era de construcción permanente y con capacidad para una compañía.

El Fuerte de La Beneficencia se encontraba emplazado en una pequeña altura sobre La Trocha, cerca de la Beneficencia. Tenía una situación privilegiada, ya que dominaba los alrededores accidentados y el llamado Camino de don Alonso. Contaba con capacidad para 25 hombres y no poseía artillería.

Continuando con la línea paralela a La Trocha, y sobre la meseta de una gran elevación del terreno, se erigió el Fuerte del Horno, nombrado así por haber existido allí un horno de cal. Era de madera y zinc sobre bases de mampostería, con numerosas aspilleras y servía de vigilancia eficaz por su posición privilegiada, al dominar La Trocha, parte de la ciudad y el camino hacia el Morro. Por la altura de su ubicación se designaba con el nombre de la Loma del Quequi, posiblemente por su figura. Contaba con 25 hombres. Hoy los santiagueros conocen el sitio como el Parque del Fuerte.

Fuerte Palomar, desde donde se establecía el sistema de comunicaciones del Ejército Español.

El Torreón del Palomar, construido de modo permanente dentro del recinto de la plaza, se utilizó para la comunicación entre los fuertes. Estaba situado entre la Iglesia de santa Ana y el Hospital Militar. Destinado primeramente al servicio de palomas mensajeras; luego fue instalado un heliógrafo, teniendo en cuanta que su ubicación en el sitio más elevado de la ciudad, permitía su visibilidad desde el resto de los Fuertes de Santiago de Cuba.

Al reiniciarse la Guerra de Independencia, el 24 de febrero de 1895, el gobierno militar español ordenó una serie de instrucciones para mantener el control y orden de la ciudad de Santiago de Cuba para protegerse de los ataques de las fuerzas insurrectas y evitar la comunicación de la población con los mambises, pues el auge que había tomado el movimiento liberador y la simpatía que con que gozaba éste por parte de los pobladores, obligó a las autoridades a pensar en cómo proteger sus intereses y la necesidad de crear un sistema defensivo que enfrentara y aplastara cualquier ataque del exterior, razón por la que continuó la ampliación y construcción de fuertes en los extremos de la ciudad, así como la creación del gigantesco y complejo sistema de alambradas.

Muchos de los fuertes y cuarteles construidos durante la Guerra de los Diez Años fueron aumentados con otros y reforzados en la del 95 hasta los últimos días del asedio a la plaza por parte de las fuerzas cubanas y norteamericanas.

El Fuerte de Gasómetro se construyó durante la última guerra de independencia. Se llamaba así por estar próximo a la fábrica de gas, que era el fluido que servía para el alumbrado público y privado. Estaba emplazado en una elevación  que dominaba La Trocha y la referida fábrica. Era de madera y zinc sobre bases de mampostería. No tenía artillería y podía contar hasta con 25 hombres.

El Fuerte de las Cañadas estaba emplazado a continuación el Fuerte de Santa Úrsula, como avanzada de éste, a la derecha, del Camino de La Laguna. Construido durante la Guerra del 95, con gruesos tablones y zinc sobre bases de mampostería, contaba con capacidad para 25 hombres sin artillería.

El Fuerte de La Pedrera se hallaba en una pequeña altura, al final de la calle General Escario, entre las calles San Miguel y Pedrera, de esta última toma su nombre. Dominaba el Valle del Guayabito. Fue construido durante la última de las guerras de independencia, con madera y zinc. Contaba con la misma capacidad que el anterior.

El Fuerte de Canosa estaba emplazado en una altura donde se bifurcaban los caminos del Caney y San Juan. Su construcción data de la guerra de 1895, con las mismas características que los antes mencionados. Era una avanzada, dado su alojamiento, de las alambradas y portillos de esa parte. Debía su nombre a un jefe de la guerrilla de la zona.

El Fuerte de Espanta Sueño se construyó encima de la antigua casa del demolido ingenio San Nicolás de Espanta Sueño (en la zona que hoy ocupa la cafetería aledaña al Palacio de Justicia). Ayudó a la defensa de la plaza durante los asedios de la Guerra Hispano Cubana Norteamericana.

El Fuerte Benéfico o Nuevo Fuerte, se llamó así por estar situado detrás del Centro Benéfico de los Dependientes del Comercio de la ciudad, asociación que se hallaba en el antiguo sanatorio del Centro de la Colonia Española. Edificado durante la guerra de 1895, tenía una capacidad para 25 hombres y carecía de artillería.

El Fuerte de Cuabitas estaba situado a la salida del Camino de Cuabitas, encima de una pequeña elevación. Estaba construido con tablones y zinc sobre bases de mampostería, con cabida para 20 hombres y sin cañones.

Cerca del Paseo de Concha se construyó el Fuerte de Cuartelillo, el cual debió su nombre a la calle homónima.

En la prolongación de la calle San Agustín se construyó el Fuerte Último, nombrado de esta forma por haberse levantado al finalizar la contienda de 1895.

La Plaza de Toro del Paseo de Concha era considerado también como una fortificación

La Plaza de Toros, gran anfiteatro de madera, se consideraba un punto fortificado que ayudaba a la defensa del Norte de la Villa por estar emplazada sobre el Paseo de Concha, a la salida del Camino de San Antonio y ocupado por fuerzas militares.

La entrada a la bahía contaba con el Castillo del Morro y más al Este, con la fortaleza de Aguadores y el Fuerte de Sardinero; al Oeste con la fortaleza de cabañas, la batería de Someruelos y dentro del puerto, la fortaleza de La Estrella y la batería de santa catalina, dependientes estas últimas del Castillo del Morro

También existían fuertes en la llamada Carbonera de Buenavista, en la Cruz y Cayo Duán y el Polvorín de Cayo Ratones, además de un depósito de materiales inflamables que, a pesar de no ser un fuerte, tenía como objetivo impedir la sustracción o el incendio de los materiales que contenía. A uno y otro lado de ese edificio, se construyeron dos fortines de madera y zinc, con capacidad para cinco hombres cada uno.

Estos fuertes que circulaban la ciudad, tenían la finalidad de que, en caso de cualquier ataque, sus fuerzas se cruzaran y pudieran defender la villa. Eran guarnecidos por soldados de línea; cuerpo de la guardia civil y fuerzas de caballería que realizaban las rondas constantemente por las trincheras situadas en ellos.

En el transcurso de esta contienda bélica, se instauró en el Torreón del Palomar, un heliógrafo, el cual se comunicaba con otro instalado en la azotea de la Comandancia de Ingenieros y con los de los fuertes que se hallaban por el Este, Norte y Oeste.

Durante la noche, el servicio de señales se prestaba por medio de luces de bengala y cohetes detonantes de gran altura. Por su posición privilegiada, al encontrarse ubicado en la parte más alta de la ciudad, podía ser divisado por todos los fuertes situados alrededor de las alambradas.

En octubre de 1895, el núcleo urbano de Santiago de Cuba, fue literalmente cercado por el sistema de alambradas, férreo cinturón de alambres de púas que consistía en siete kilómetros y medio de extensión por seis metros de ancho, como una gran herradura, apoyado en firmes troncos de rústica madera. Tenía como finalidad aislar a la urbe del campo exterior, evitando su contacto con el movimiento independentista. Limitaba al Norte con el Paseo de Concha, iniciaba su recorrido en le Matadero, hacia el Camino del Cobre, pasaba por detrás del Fuerte de Yarayó, en una gran línea recta y paralela a todo lo largo del Paseo de Concha hasta llegar al Fuerte de Cuartelillo donde cambiaba su rumbo, descendiendo hacia la izquierda, con dirección a la entrada del Caney, pasando por detrás del Cuartel Reina Mercedes, frente a la portería de la finca del demolido ingenio San Nicolás de Espanta Sueño. Continuaba en dirección Sur, por detrás del Fuerte de Santa Úrsula atravesando el Camino de La Laguna hasta la prolongación de la calle Santa Rita, hacia La Trocha, por detrás del Centro Benéfico y La Colonia Española, ascendiendo la Loma del Quequi, por el Fuerte de Gasómetro o fábrica de gas y la denominada calle Gasómetro, culminando en Punta Blanca.

Reforzaban este cinturón 4 000 metros de zanjas y trincheras, cuyo principal objetivo era obstaculizar el tránsito de cabalgaduras y vehículos, interrumpido sólo a largos trechos, por portillos de salida, situados frente a cada camino, custodiado de día y de noche por la guardia civil, la que exigía una cédula personal a cuantas personas entrasen o saliesen, documento de obligada justificación y además un pase, que en cada caso expedía el Estado Mayor de la Comandancia General Militar.

También se hacía un minucioso registro de cajas, bultos, paquetes y correspondencia; los portillos se abrían a las seis de la mañana y se cerraban a las seis de la tarde para dar paso al público con los previos requisitos.

El espacio de terreno entre la primera cerca y la red principal de la alambrada era recorrido cada día por un servicio de rondas realizadas por miembros del cuerpo de la guardia civil y fuerzas de caballería. Estas rondas pasaban periódicamente constantemente durante las noches, a intervalos de tiempo estrictamente fijos.

Durante los tres arduos años de contienda, las alambradas fueron pródigas a interesantes episodios de la guerra libertadora. Circundada la ciudad de una línea de fuertes y alambradas, y existiendo la debida vigilancia, cada ataque exterior podía ser contenido y daba tiempo suficiente para la reunión de fuerzas. Existía un sistema de control entre los cuarteles y torreones para caso de un ataque.

Con esto quedaban reseñados los puntos fortificados dentro de la plaza, pero fuera del recinto de ella existieron otros, siendo los más próximos el de Arroyo Hondo, el de san Luis y El Pozo, hacia el Este de la Plaza, el de Dos caminos del Cobre, el de General Borges y el de Caimanes.

“Los españoles todos los días construyeron un fuerte más…parece que pretenden no dejar nunca esta tierra” [2]

El sistema de defensa que caracterizó la plaza de Santiago de Cuba fue efectivo en sus primeros momentos, capaz de aplastar cualquier intento de rebelión interna y rechazar toda tentativa de apoyo externo, pues ante el empuje de las fuerzas mambisas en esta zona oriental y el apoyo incondicional de la población urbana que burlaba la vigilancia de los fuertes y portillos en las alambradas, hizo que poco a poco la función de éstos fuera perdiendo importancia ante el triunfo inminente de las huestes cubanas frente al gobierno español.


[1] La acotación es de Santiago en mi

[2] Emilio Bacardí Moreau. Crónicas de Santiago

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