Santiago en mí

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Respirar el inicio de curso escolar

A las siete de la mañana una vecinita llegó a mi casa; venía a mostrarle a mi mamá, su “tata”, el recién estrenado uniforme que la ubicaba en la enseñanza secundaria. Blusa blanca y saya amarilla; ambas impolutas, como tal vez nunca más las tendrá durante el curso.

Su imagen me remontó a mis tiempos estudiantiles (que se alejan a una velocidad impresionante).

Yo también vestía de estreno el primer día del curso. Entre todos los placeres de ese (re)inicio, el del roce de la tela nueva sobre mi piel era único y trataba de imitarlo siempre que podía; esto era, los días de concursos, o actos de fin de período lectivo.

Es como una tradición no dicha o poco comentada, pero aceptada tácitamente. Los niños y niñas, adolescentes y jóvenes, parecen brillar ese primer día, en el que un nuevo mundo se descubre, o se vuelve a otro pospuesto por unas vacaciones que, al menos el primer día de clases, no parecen extrañarse tanto.

Hoy también, mi sobrino vestirá de limpio, de nuevo. Además, será por partida doble: pues comienza en primer grado; un escenario lleno de primeras veces. Ya su abuela, mi mamá, se relame con las anécdotas que esta tarde traerá a casa.

Para mí, que este primero de septiembre ya no guarda connotaciones escolares, y me pongo lo primero que me venga a la mente, o más cómodo me quede; no pasa, sin embargo, inadvertido. Camino al trabajo las calles se me muestran más agitadas, y con aires de novedad. Siento que la ciudad es algo nuevo, en algún sentido. Y me parece que es así como siempre debería ser, como un inicio de curso. Algo que respira normalidad.

¡A la carga!

No sé dónde está el misterio; si lo hay. Pero cada vez que terminan unas vacaciones uno se siente más cansado. ¿Acaso no es que nos tomamos ese período para descansar? ¿Serán las sábanas; el reloj otra vez con labor matutina?

Son hierro las piernas e imanes las calles. No parecen llegar nunca los destinos. Las camionetas también andan de sábanas pegadas y el primer encuentro con la realidad del primer día de trabajo es el olor a sudor recién estrenado, las masas ajenas que se funden con las mías (bien pocas por cierto). Casi comprendo a la perfección las ecuaciones de Higgs.

Antes, cuando eran otras las vacaciones que se acababan, no se hablaba de apatía. El reencuentro con los amigos de la escuela, de la beca, los temas recobrados… Antes un mes era mucho más, y había tanto para contarse.

Ahora es diferente, como si nos hubiéramos ido por una semana.

Pero qué se le va a hacer. Hay que confiar en la rutina y sus poderes. Ya vendrán días en que el ritmo nos absorba y no pese tanto el diario (aunque no nos salve de alguna que otra imprecación).

Por ahora, otra vez a la carga. Muchas cosas buenas faltan por vivir, y quiero pensar que para acelerarlas también necesito esta rutina.

Ya de eso hablaremos. Mientras tanto, los saludo de vuelta. ¿Cómo les fue en las vacaciones?

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