Santiago en mí

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Vuelven al combate los Aquiles de Santiago

Santiago de Cuba tiene sus Aquiles. No portan armadura, pero sí guitarras, y cada uno, a su estilo, gana sus propias batallas épicas.

Uno es bajo y de abundante pelo; el otro abunda de brillo en su testa. El uno retoma un nombre de barrio francés (curiosamente cerca de donde vive el otro), y rescata la tradición mambisa hasta hacerla palpable. El otro, fundador (oficial o no) de la nueva trova, pudo haber sido de aquellos de guitarra en ristre y serenata, y dispone una mesa en el que el menú invita a la gula, no execrable, por la música.

Uno escogió el último viernes del mes. El otro el primero de los sábados. Quiso entonces la casualidad de los días, que en esta ocasión, como pocas veces, estuvieran tan cerca un viernes de un sábado; y aquellos paralelismos entre ambos guerreros del arte, se hicieran más evidentes.

Ambos se vieron precisados de posponer su arte ante los desastres de Sandy: uno porque la ciudad aún no se sacudía los ramalazos del ciclón; el otro porque en los días subsiguientes otros eran los imperativos.

Así, ambos retomaron sus peñas (campos de sus heroicidades en la eterna batalla por la cultura) con apenas horas de diferencias y, cómo si no, tuvieron todavía que vencer la impertinencia de una lluvia que a muchos aún humedece el rostro.

Pero son estos Aquiles tan persistentes como el homérico: el Café Concert regresó a los salones interiores del antiguo Ayuntamiento; y el Menú se tuvo que redistribuir entre los pasillos del Centro Cultural “Francisco Prat Puig”.

Y como primeras peñas luego de la más terrible experiencia de esta ciudad, la huella imperecedera de ese nombre estuvo presente. Primero en el “Terriblemente Sandy” de Aquiles Jorge, interpretado en medio del más absoluto silencio entre el público, un silencio de memorias; un día después, en el “Rabo de nube” de Silvio Rodríguez, esta vez en la voz de José Aquiles acompañado por la joven Giselle Lage; y en las siempre bien recibidas estampas del laureado poeta Reynaldo García Blanco.

Y como si cumplieran con un pacto, cada peña siguió por derroteros similares, al ritmo de acordes y poesía, que es lo mismo que decir a ritmo de trova.

Aquiles Jorge invitó a los jóvenes trovadores Michel y Roly, y a un dúo de aficionados de la Escuela de Instructores de Arte de la ciudad, quienes merecieron efusivas muestras de aceptación. Además, contó con un cierre de lujo por parte del Orfeón Santiago que, con su estilo inconfundible, también homenajeó a la canción trovadoresca con temas tales como “Te amaré” y “Santiaguera”.

A su vez, José Aquiles, más allá de interpretar sus siempre estimables piezas “La otra santiaguera”, “Desnuda” y “Estampa Nº 1 a Santiago”, dedicó la Peña al Aniversario 40 de la Fundación del Movimiento de la Nueva Trova (2 de diciembre de 1972) y regaló piezas claves dentro de la cancionística cubana con piezas de Nicola, Silvio y Pablo. Igualmente, invitó al trovador Alexander Milián, quien mostró parte de su repertorio.

Fuera de estas similitudes, cada Peña mantuvo sus secciones habituales. El Café Concert volvió a las inestimables crónicas de Juan Antonio Tejera, quien ofreció interesantes datos que relacionan a Santiago de Cuba con los sucesos del 27 de noviembre de 1871.

Mientras, el Menú tuvo en sus ofertas la entrevista a la historiadora María Elena Orozco, la sección La Gaveta, y las ya mencionadas estampas de Reynaldo García Blanco.

Santiago tiene sus Aquiles, y por ahí andan, con pies ligeros, brindando lo mejor del arte santiaguero. Ni siquiera Sandy puede borrar eso.

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Presentan libro sobre Santiago de Cuba editado en Francia

El libro Formación de una villa del Caribe: urbanismo y arquitectura de Santiago de Cuba, editado en Francia, fue presentado hoy aquí por sus autoras María Elena Orozco y María Teresa Fleitas.

Al presentar la obra, el profesor de mérito de la Universidad de Burdeos III, Jean Lamore, dijo que el volumen marca otro hito en las relaciones entre instituciones docentes galas y la Universidad de Oriente (UO), que datan de casi 30 años.Resaltó el alto costo de la publicación, en medio de la crisis económica global, y la confianza depositada en las estudiosas por la editorial Presses Universitaires de Bordeaux (PUB), que inició así su colección Maison des Pays Ibériques (MPI), en su serie Américas.

Las doctoras Orozco y Fleitas agradecieron al Departamento de Historia del Arte de la UO, en el cual se formaron, y la decisiva impronta de personalidades como el doctor Francisco Prat Puig, ya fallecido, y la doctora Olga Portuondo, Historiadora de la Ciudad y Premio Nacional de Ciencias Sociales.

Igualmente consideraron al libro como una obra de amor a la tierra natal y destacaron que aporta una nueva visión para abrir otros horizontes en las investigaciones acerca del devenir de una villa, que se aproxima a su medio milenio como forja de la nación cubana.

Las profesoras se refirieron a las intensas indagaciones realizadas en los Archivos de Indias, el Nacional de Madrid, España, y franceses, a partir de la notable presencia de inmigrantes de ese último origen en la demarcación.

El texto, que puede servir de modelo para otras urbes caribeñas, contiene más de 500 páginas con seis capítulos que parten del siglo XVI y abundantes imágenes, las cuales ilustran gráficamente cientos de años de evolución del urbanismo y la arquitectura de la segunda ciudad cubana.

Tomado de Ciencia Cubana

Paseando por Enramadas (I)

Quizás se trate de la calle más popular y concurrida de Santiago. Lo prueba el mar de gente que desanda su empinada anatomía a toda hora del día y la noche, estrechando con sus inquietas humanidades, la anchura de la que presumió en sus años primeros, al extremo que llevó a bautizarla como Calle Ancha, para diferenciarlas del resto de las calles que fundaron la ciudad.

Vista de la Calle Enramadas

Cómo tantas otras de las rúas que delimitan el Santiago añejo, Enramadas dibuja con su cauce, la anatomía montañosa de esta ciudad, descendiendo, desde las enormes puertas de hierro forjado que abren su trayecto en lo alto de la Plaza de Marte (aún cuando se extiende más allá, hasta el Reparto Santa Bárbara), hasta alcanzar el Paseo de la Alameda, luego de un zigzagueante recorrido cargado de historia y curiosidades, el cual les invito a seguir conmigo en esta breve aproximación

De Calle Ancha a Enramadas

Desde los primeros pasos de ciudad de la séptima villa fundada en Cuba, la calle Enramadas, entonces Calle Ancha, demostró ser un escenario propicio para el establecimiento de comercios de toda índole y menesteres: barberías, peluquería, sastrerías, almacenes, carnicerías y un largo etcétera.

Su entonces modesta estampa de calle de tierra endurecida por el continuo trajín ciudadano, que se volvía lodazal con las primeras lluvias; recibió con beneplácito la idea de los comerciantes que la poblaban, de guarecer sus negocios bajo el frescor de verdosas pencas de guano para atenuar el agobiante calor que, también en aquellos tempranos tiempos, regala el sol por estos lares.

De inmediato, la agilidad mental de los pobladores comenzó a identificar a la vía por sus vistosas enramadas; y como siempre ocurre cuando el bautizo tiene lugar por vox populi, la anterior definición de Calle Ancha fue quedando relegada al olvido de los archivos históricos.

Pero las frescas enramadas que perpetuaron la imagen de una calle, también fueron protagonistas de sus desgracias. Cierto día de carnaval, la malacrianza de un niño de la aristocracia criolla, volcaron un caldero de chicharrones, provocando quemaduras a varias personas, incluida la dueña del puesto de ventas. Durante el barullo por el incidente, carbones encendidos saltaron y prendieron rápidamente las pencas, propagándose el incendio hacia otros negocios cercanos, hasta ser extinguido a tiempo de evitar males mayores. No fue este el primero ni el último de los incendios acontecidos en Enramadas. Éstos siniestros eran bastante frecuentes a lo largo de toda la calle, tal y como queda registrado en las Crónicas de Santiago de Emilio Bacardí. Ante estas funestas perspectivas, las autoridades de la ciudad decidieron eliminar, de forma definitiva, las cubiertas de enramadas, acción esta que, sin embargo, no logró borrar el portentoso nombre de Calle de las Enramadas con el cual comenzó a aparecer en los diferentes planos de la ciudad realizados por el francés (radicado en Santiago de Cuba) Louis François Delmés.

Siempre fue Enramadas, junto con la zona limítrofe del puerto, de los puntos más concurridos de la ciudad, sobre todo en el área que ocupaba el Mercado en la calle Carnicería, donde precisamente existía un cobertizo dedicado a estos fines, y en el cual la actividad comercial comenzaba desde muy temprano en la madrugada y se extendía hasta las diez de la mañana. Allí se vendían todo tipo de productos (carne de res, tasajo, diferentes tubérculos y frutas), aunque no siempre de la mejor calidad, tal y como refiere el viajero francés Decourtilz citado por la historiadora María Elena Orozco Melgar en su Génesis de una ciudad del Caribe …:

“Me decidí con mucha repugnancia, a comprar esa carne mal cuidada, cubierta de fango y polvo, en fin más despedazada que cortada (…) el fétido olor de las negras vendedoras, de la cuales, me irritó cada vez más y me restringió a comer sólo frutas”

Esta descripción del francés también podía haberse extendido al resto de la calle, dado las malas condiciones higiénico-sanitarias que mostraba, al igual que el resto de la ciudad, pero incrementada por su constante actividad comercial.

Alrededor del año 1822, las ventas del Mercado se trasladaron para la Plaza de Dolores, dejando en su cobertizo de Enramadas, sólo las carnes y sus derivados.

“Reverdecen” las Enramadas

El interés mostrado por los principales notables santiagueros, agrupados alrededor de la Real Sociedad Económica de los Amigos del País, por cumplir con las Instrucciones de Sabatini para dotar a la ciudad de un prestigio basado en el mejoramiento de su salubridad; así como la importante contribución que este aspecto aportó la creciente presencia francesa de inicios del siglo XIX, favoreció especialmente a Enramadas como arteria comercial de la urbe, la cual vio cómo poco a poco su cauce fue empedrado y sus fachadas se transformaban con la construcción de nuevas edificaciones de exquisitas arquitecturas.

Cine Teatro Oriente

Cine-Teatro Oriente, hoy en reparación. En este sitio radicó el "Teatro de la Reina" en el siglo XIX

En 1848 se colocó la primera piedra del llamado Teatro de la Reina (hoy Cine-Teatro Oriente; en reparación). La construcción de dicha obra se le encargó a una Sociedad Anónima representada por el Licenciado Miguel Estorch, la cual compró para este fin, en 15 mil pesos, un amplio solar en la parte baja de la calle Enramadas. El acto lo presidió el gobernador Mac Crohon y en el mismo, Estorch resumió las labores hechas a tal efecto y las causas que promovieron su construcción:

“Careciendo esta ciudad de una escuela de costumbres, se formó una Sociedad Anónima con el objeto de cubrir una necesidad que nos ponía en ridículo a los ojos del mundo civilizado. Buscóse el lugar más apropósito, encargándose de los planos a un hábil ingeniero y después de haberse solicitado licitadores para la obra, celebróse el remate a favor de una persona que la llevará a cabo, más por espíritu de patriotismo que por especulación. Hoy es el día de colocar la primera piedra del edificio destinado a instruir recreando (…)”

El teatro estuvo terminado en julio de 1850, con una capacidad para 1300 a 1400 personas, en forma de “364 lunetas, 41 palcos en el primero y segundo piso, y en el tercero 3 palcos tertulia y cazuela”. La primera función fue a beneficio de la Casa de Beneficiencia de la ciudad, y estuvo a cargo de la compañía Robreño con la obra “Cada cual con su razón”, de José Zorilla.

Con el tiempo nuevos teatros fueron poblando la ciudad, como una alternativa de los jóvenes santiagueros que pretendían expresar su cubanía, dado que el tablado del Teatro de la Reina, se mantuvo durante mucho tiempo como espacio privilegiado de la élite local. Años después, Enramadas vio nacer otro teatro al cual se le denominó Heredia (donde hoy radica la Sala-Teatro Van Troi). Este nuevo espacio promovió una especie de emulación cultural entre ambas sedes, interesadas en proponer el mejor espectáculo, que a la larga benefició a los amantes de las artes escénicas en la ciudad.

Luego del triunfo de la Revolución, específicamente en el año 1967, toda la calle Enramadas fue sometida a una minuciosa restauración que permitió recuperar obras arquitectónicas de incalculable valor, las cuales se encontraban en lamentable estado debido al daño acumulado en sus centenarias construcciones. Pero transcurrió otro largo período de “olvido”, acrecentado por las carencias que impuso el llamado Período Especial, en el se resintieron los añejos esqueletos de la urbe. Enramadas parecía apenas una mala fotografía de lo que fue.

Por suerte, en el año 2006 se promovió el llamado Proyecto Centro como un “plan inmediato de reanimación urbanística, basado en la Conservación de la Ciudad Histórica dentro de la urbe santiaguera” que prometía mejorar “la imagen del entorno, la imagen del espacio público” y rescatar “valores patrimoniales”. Y así ha sido. En poco menos de cuatro años, la imagen de Santiago, y de Enramadas como parte inseparable de su Centro Histórico, ha cambiado para bien. Cada día nuevos ejemplos de esta reanimación sorprenden a los santiagueros. Aunque queda mucho por hacer. Ahí aguardan entre sus ruinas, edificaciones como el propio Teatro Oriente y el Hotel Imperial, en espera de que el impulso conservador llegue hasta ellos.

Hotel Imperial

El Hotel Imperial aún espera por su restauración

Las intermitencias de un cementerio

Guarda Santiago entre sus reliquias más preciadas, un “histórico jardín de mármol y granito”: la Necrópolis de Santa Ifigenia. Entre sus póstumas blancuras desanda la historia de una ciudad, de un país, sitio de descanso eterno de los más ilustres santiagueros y del más brillante de todos los cubanos: José Martí.

Mausoleo a José Martí en el Cementerio Santa Ifigenia

Pero, más allá de la historia que cubre sus granitos y mármoles, del peregrinar de santiagueras y santiagueros hasta sus predios cada Día de las Madres, cada Día de los Padres; del valor arquitectónico y artístico de sus construcciones, el Cementerio de Santa Ifigenia es un recordatorio perenne de varios años de lucha de sus más notables hijos durante el santiago decimonónico (y mucho antes), por cambiar la imagen de una ciudad insalubre y atrasada.

El Santiago de los primeros siglos posterior a su fundación enfrentaba un grave problema de insalubridad e higiene. Como reflejan los estudios de la doctora María Elena Orozco Melgar e incluso, las “Crónicas de Santiago” de Emilio Bacardí; las calles de tierra de la urbe (que se convertían en extensos lodazales en tiempos de lluvia) eran un muestrario diario de dicha insalubridad: en los frentes de las casas se dejaban restos de carnes, pescados y otros, en estado de putrefacción, los mercados abarrotados de productos cuyos restos apenas eran recogidos; animales muertos en las esquinas, o que desandaban con restos de cadáveres entre sus fauces. En esa época, Santiago sufría a menudo de epidemias de cólera morbo, según se recogen en las Crónicas de Bacardí, pero pocos parecían percatarse que esto se debía en gran medida, las condiciones higiénicas sanitarias de la ciudad.

Es lógico entonces que, impulsados por las llamadas Instrucciones de Sabatini, aprobadas en España el 14 de mayo de 1761, y en las cuales se promovieron medidas para el mejoramiento sanitario de las ciudades; los más ilustrados santiagueros de la época, reunidos en torno a la Real Sociedad Económica de los Amigos del País (fundada en el año 1783 como la primera de Cuba y América), analizaran como uno de los primeros aspectos de su primer encuentro, sobre el modo de fomentar una cultura sanitaria entre los pobladores de la urbe santiaguera. Así, se comenzó a trabajar en una serie de obra que contribuyeran a crear una imagen más saludable de la ciudad. Bajo el gobierno de Juan Bautista Vaillant y sus sucesores se empedraron las calles de la ciudad, se trabajó en la ornamentación de plazas, en la reconstrucción de obras civiles y domésticas (por ejemplo se promovió el uso de colores diferentes al blanco para pintar las fachadas de las viviendas), se saneó la plaza de mercado, se comenzó la ejecución del primer paseo o alameda con que contó la localidad, entre otras obras.

Una de las costumbres que contribuían a la insalubridad y contaminación de la ciudad en esa época, era la de enterrar a los muertos en los patios y áreas aledañas a las iglesias; en Santiago de Cuba, los enterramientos se hacían en dos iglesias fundamentales: la Catedral, y la parroquia auxiliar de Santo Tomás. De ahí que, al darse a conocer la promulgación de la Real Cédula del 27 de marzo de 1789 (bajo la firma de Carlos III de España), con el objetivo de que “las autoridades militares y civiles de las Indias informaran sobre la conveniencia del establecimiento de los cementerios en las afueras de las poblaciones”, el gobernador Vaillant respondiera (según cita María Elena Orozco Melgar):

La catedral decimonónica santiaguera era uno de los sitios de enterramientos en la ciudad


“No hay dudas, Sr. en que el nuevo establecimiento es por todos motivos útil y provechoso a la salud pública al mejor aseo del santuario y circunspección de los divinos oficios, libres de la interrupción asquerosa, que causa el abrirse una Sepultura a cada paso…”

De inmediato, la construcción de un cementerio en las afueras de la ciudad, se convirtió en el centro de interés de los más adelantados santiagueros de la época quienes crearon, bajo encargo del gobernador, una comisión para hallar el mejor sitio para su ubicación. Para 1790, dicha comisión ya contaba con el “plano de un camposanto para entierros y depósitos de difuntos”. Sin embargo, desde el primer momento enfrentaron la resistencia “hermética y sigilosa”, y nada despreciable, de Joaquín de Osés y Alzúa, primer arzobispo de Cuba, quien no sólo se opuso a la construcción de la necrópolis, sino que logró inclinar la opinión de la Comisión del Cabildo, y la del propio gobernador, a extender el los enterramientos a los templos de Trinidad y Santa Lucía, bajo el argumento de que, aún cuando no se encontraban fuera de la ciudad, sí en los extremos de ella. Y es que el entierro en los terrenos aledaños a las construcciones religiosas, suponían un fabuloso negocio para el obispo y el cabildo eclesiástico, al cual no estaban dispuestos a renunciar.

Esta posición de Osés, lo hizo mantener un enfrentamiento abierto con el gobernador Sebastián Kindelán, e incluso, con el propio obispo Espada, quien por el contrario, fue un gran opositor a los entierros en las iglesias, y contribuyó personalmente a la construcción del Cementerio General de La Habana.

Un espaldarazo a los intereses de quienes defendían la idea de un cementerio “extramuros”, fue la Real Orden del 15 de mayo de 1804, mediante la cual la Corona especificaba las particularidades que debían reunir los centros poblacionales en que se construyeran los cementerios fuera del ámbito citadino. Dicha Orden planteaba que para la construcción del cementerio debía tenerse en cuenta los siguientes aspectos:

1. Lugar donde hubiese epidemias
2. Ciudades populosas
3. Parroquias de mayor feligresía
4. Que las iglesias sufragaran los gastos

Pero esta Orden no cambió el panorama de la ciudad de Santiago. Joaquín de Osés se mantuvo en sus trece, valiéndose de diversos argumentos que incluían los que hablaban sobre las especificidades sísmicas, climáticas y morfológicas de la ciudad. Para la fecha continuó con la práctica de los enterramientos en las iglesias, y llegó a extenderla a la de Nuestra Señora de los Dolores y la de la Santísima Trinidad.

Sin embargo, el decreto aprobado por las Cortes españolas el 6 de noviembre de 1813, con vistas a la formación de los cementerios fuera de los poblados que aún no hubiesen cumplido con este requisito, sonó a ultimátum, por lo que el arzobispo se vio conminado a aprobar la construcción del cementerio.

Pero ahí no acabaron las dificultades. Problemas con el presupuesto para la obra, y la selección del lugar idóneo para su ubicación, retrasaron la creación del cementerio; mientras que los enterramientos se habían ido extendiendo a todas las iglesias y capillas de la ciudad.

Finalmente, en el mes de julio de 1822, la comisión nombrada por el Cabildo santiaguero para la seleccionar la ubicación del camposanto, se decidió por los terrenos contiguos a la iglesia de Santa Ana, justo en el área donde hoy se ubica el Hospital Materno Sur, la antigua Escuela Normal para Maestros, y el Arzobispado de la ciudad. Entre las ventajas que la Comisión encontró en este sitio se mencionaba que: “era una zona elevada y bastante alejada del centro del centro de la ciudad, donde los vientos de norte no corrían (…) el terreno era sólido, donde se podía perfectamente hacer excavaciones”.

En esta zona radicó el Cementerio de Santa Ana


En definitiva, los trabajos sobre el terreno comenzaron en 1823, dándose por culminada la obra el 13 de diciembre de 1823; aunque los atrasos siguieron, y sólo para octubre de 1824 se recibió el cementerio y se tomaron las medidas para comenzar los enterramientos en él.

El bautizo de las tierras del camposanto se llevó a cabo el 5 de agosto de 1827, bajo la mirada atenta de las principales autoridades, funcionarios y notables santiagueros, encabezados todos por Dr don Mariano Rodríguez de Olmedo y Valle, arzobispo metropolitano, quien años más tarde, el 24 de enero de 1831, recibiría sepultura en esas propias tierras. El primer sepelio se celebró el 7 de agosto de 1827, fecha en que oficialmente queda abierto el cementerio y en la cual fueron abolidos los enterramientos en las iglesias.

Sobre el funcionamiento de la necrópolis santiaguera

Según detalla la historiadora María Elena Orozco Melgar, el cementerio de Santa Ana era muy similar al del plano de 1790. En su interior se dispusieron tres tramos de preferencia para los enterramientos, atendiendo a las jerarquías de la sociedad santiaguera de la época, dando preferencias a gobernadores, prelados, dignidades eclesiásticas y civiles, cleros, nobles, etc.

Estas diferencias sepulcrales también se observaban en los precios de las sepulturas, los cuales variaban desde 100 pesos y ocho por enterramientos, hasta los más baratos de un peso, cobrado a los adultos y párvulos esclavos.

Sin embargo, muy pronto la necrópolis santiaguera se vio en una situación similar a la enfrentada por los cementerios parroquiales; el intenso crecimiento poblacional y su expansión hacia zonas aledañas al cementerio, incrementaron las sucesivas epidemias de cólera morbo, haciendo evidente la necesidad de una nueva ubicación para la necrópolis.

En 1834, se comenzó a valorar la construcción de otro cementerio cerca del Camino Real de la Isla. Para el año 1858, se compraron los terrenos de Don Buenaventura, para la construcción del nuevo cementerio Santa Ifigenia, los mismos donde permanece en la actualidad. En 1867, la Junta Provincial de sanidad, solicitó al gobernador oriental, la clausura del Cementerio de Santa Ana.

Fuentes
1. El nacimiento de la higiene urbana en Santiago de Cuba y “el exilio de los muertos. María Elena Orozco Melgar. Del Caribe, nro 23/94. pp:19-29
2. Crónicas de Santiago.Tomo II. Emilio Bacardí Moreau

Santiago desde los censos de población (III)

Hoy nos adentramos en la evolución de la ciudad de Santiago de Cuba visto a través de diferentes Censos de Población efectuados en la historia de la isla y, específicamente, en la historia santiaguera. Si bien asegura la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) que el primer censo realizado en la isla fue el de 1774-75, es lógico pensar que, siendo Santiago una de las primeras siete villas fundadas en Cuba, fuera de interés de las autoridades locales, e incluso nacionales, de conocer el crecimiento demográfico de la villa y por tanto se realizaran algunos padrones con este objetivo. En efecto se conocen datos de la población santiaguera en los primeros años de la villa, e incluso, de otros censos no mencionados en la investigación de la ONE, pero que si han sido recogidos por la historiadora santiaguera María Elena Orozco en su libro “Génesis de una ciudad del Caribe: Santiago de Cuba en el umbral de la modernidad” (Ediciones Alqueza, Santiago de Cuba, 2008), donde cita documentos obtenidos en su investigación en diferentes archivos cubanos y españoles; y los cuales comparto con uds en esta oportunidad. Igualmente me apoyo en los artículos que bajo el nombre de “Historia de santiago de Cuba” publicó en la web, el licenciado en historia Luis Acosta Brehal.

Para realizar un seguimiento exhaustivo de Santiago según cada censo habría que llevar a cabo una profunda investigación y búsqueda de datos que escapa a mis posibilidades. Por tanto, sólo les muestro un esbozo de la evolución demográfica de Santiago de Cuba, a partir de los datos obtenidos de las fuentes mencionadas y otras. Siempre que sea posible se darán los datos referidos a la ciudad de Santiago, en otras oportunidades, los datos englobarán al municipio completo (en la época colonial, Jurisdicción Cuba); o en su defecto, sólo se hará mención de la provincia de Oriente a la cual perteneció Santiago hasta la división política-administrativa de 1976.

El Santiago colonial

Los primeros datos poblacionales que se recogen de Santiago de Cuba se remiten a una fecha tan temprana como 1520, apenas cinco años después de asentada la villa, y cuando aún no contaba con el título de ciudad. Para esa fecha, Santiago contaba con 2000 vecinos; pero ya para el año 1605, esta cifra disminuyó drásticamente hasta sólo contabilizarse 626 habitantes, de ellos “220 familias y huéspedes, 23 habitantes de los hatos, y 221 esclavos; el número de casas ascendía a 73”. Esta disminución se debió fundamentalmente a los ataques piratas a la ciudad, por lo cual, la mayoría de sus pobladores se residenciaron en Bayamo.

En 1774, año en que oficialmente se realiza el primer censo de la historia de Cuba, y uno de los primeros en Iberoamérica, Santiago tiene 11 793 habitantes, cifra que asciende a 13 476 al contabilizar los asentamientos poblacionales de El Cobre y El Caney.

Entre los años 1791-92 se efectuó un nuevo censo de población o padrón según el cual la en Santiago de Cuba -sin los entonces sublevados esclavos del Cobre- se habitaban un total de 20 761 personas, distribuidos en: 8 212 blancos, 4 288 mulatos libres, 2 224 negros libres, 922 mulatos esclavos, y 5 115 negros esclavos. La ciudad además contaba con 4 500 viviendas.

En su “Génesis…”La doctora María Elena Orozco cita un padrón realizado en 1803, que no era conocido y según el cual, en Santiago de Cuba existían para la fecha, 29 753 habitantes, de ellos 14 020 blancos y 15 733 negros y mulatos.

A partir de ese año la ciudad y sus barrios exhibió un acelerado crecimiento como consecuencia de la Revolución Haitiana, lo que trajo a la ciudad una ola de inmigrantes haitiano-franceses, que influyeron notablemente en la vida socio-cultural de Santiago, incluso hasta nuestros días. Como consecuencia directa de esta situación, para 1808, sólo la ciudad de Santiago de Cuba, exhibía un total de 33 893 habitantes. Como dato curioso quiero resaltar un censo realizado en el año 1800 sólo para contabilizar la cantidad de franceses (y haitianos-franceses) instalados en Santiago.

En 1817 se lleva a cabo un nuevo censo, esta vez dispuesto por el Capitán General José de Cienfuegos. Según expone la doctora María Elena Orozco, éste censo arrojó una cifra de 553 033 habitantes, sin embargo, el Lic. Luis Acosta Brehal, menciona una cifra menor de sólo 64 009 individuos que, no obstante, representó un incremento de 43 248 personas respecto al censo de 1791-92 (En el mismo escrito, al citar estas cifras, Acosta refiere que: “Sobre este censo, distintos estudiosos dan cifras diversas lo que dificulta la precisión informativa, no obstante, siempre propicia una visión panorámica suficiente para conocer las tendencias generales de la evolución demográfica y económica”). Según cita Luis Acosta, este censo se caracterizó por dos deficiencias fundamentales, la primera de ellas que fue deficientemente orientado, y en segundo lugar, que los habitantes ocultaron o falsearon resultados por miedos a nuevos impuestos: “Los dueños de esclavos, sobre todo en las plantaciones, ocultaban el número real de éstos no sólo para pagar menos impuestos, sino también para no descartar su participación en la trata ilegal”.

En 1827 el Capitán General Francisco Dionisio Vives ordenó la realización de un nuevo censo, según el cual la Jurisdicción de Cuba (Santiago), tenía en esa fecha 70 522 habitantes, distribuidos en: 9 302 blancos, 10 032 libres de color, y 7 404 esclavos. En la ciudad se encuentran, además de los edificios públicos, templos y cuarteles, más de 1000 casas de mampostería y alrededor de 3000 de mezcla (sic) y tejas.

En 1841 se realizó un nuevo censo. En esa oportunidad se cuantificó un total de “28 859 habitantes para la ciudad de Santiago de Cuba y los seis pueblos de sus alrededores; en tanto su entorno rural estaba integrado por (…) 62 653 habitantes, para un total de 91 512 individuos

Bajo el gobierno del Capitán General Francisco Dionisio Vives, se llevó a cabo el censo de 1827

La doctora María Elena Orozco hace referencia a un censo ordenado por el Capitán General Leopoldo O´Donell en 1946, que sin embargo no está recogido entre los censos que menciona la Oficina Nacional de Estadística, pero que en efecto tuvo lugar. Quizás la omisión del mismo en los documentos de la ONE, se deba a que éste se llevó a cabo debido a que la credibilidad del censo de 1841 fue puesta en duda hasta por las propias autoridades coloniales y se creyó necesario un nuevo conteo.

Ya para el año 1860, los habitantes de la ciudad alcanzaban la cifra de 31 800, de ellos 11 620 eran blancos, 12 038 libres (negros y mulatos) y 7422 esclavos.

En 1868, para el inicio de la guerra, la población de la ciudad de Santiago de Cuba contaba con 36 752 habitantes, según cita la licenciada Danays Ramos Riverí, en un artículo titulado “Apuntes sobre la postura de los sectores sociales santiagueros durante la Guerra de los Diez Años

En el artículo titulado “La historia regional en Cuba: principales fuentes para su estudio”, en el número 43 de la revista Santiago del año 98, Rolando García Blanco asegura que “tanto el censo de 1877 como el de 1887, fueron realizados dentro del Censo General de España, de ahí que la información de la que se dispone es muy resumida, lo que dificulta un análisis más detallado.”

En 1898, los Estados Unidos intervinieron en la guerra que libraban los cubanos contra España, que culminó, con la usurpación de la victoria a los mambises y la instauración de un República de carácter neocolonial, donde la intervención militar norteamericana siempre constituyó una amenaza.

También en esa etapa se llevaron a cabo varios Censos de Población con sus propias características. En próximas entradas seguiremos el curso del desarrollo de Santiago de Cuba en esa nueva etapa histórica de la isla.

Fuentes utilizadas

  1. Génesis de una ciudad del Caribe: Santiago de Cuba en el umbral de la modernidad (Ediciones Alqueza, Santiago de Cuba, 2008) María Elena Orozco Melgar
  2. Artículos “Historia de Santiago de Cuba” del Lic Luis Acosta Brehal aparecidos en: http://vetasdigital.blogspot.com/2007/01/historia-de-santiago-de-cuba-iii-lic.html, http://historiadesantiagocuba.blogspot.com/)
  3. Apuntes sobre la postura de los sectores sociales santiagueros durante la Guerra de los Diez Años por Danays Ramos Riverí, aparecido en http://169.158.189.18/cienciapc/index.php/cienciapc/article/view/29/96
  4. La historia regional en Cuba: principales fuentes para su estudio. Rolando García Blanco. Santiago (43) 1998. Universidad de Oriente.

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