Santiago en mi

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Paseando por Enramadas (I)

Quizás se trate de la calle más popular y concurrida de Santiago. Lo prueba el mar de gente que desanda su empinada anatomía a toda hora del día y la noche, estrechando con sus inquietas humanidades, la anchura de la que presumió en sus años primeros, al extremo que llevó a bautizarla como Calle Ancha, para diferenciarlas del resto de las calles que fundaron la ciudad.

Vista de la Calle Enramadas

Cómo tantas otras de las rúas que delimitan el Santiago añejo, Enramadas dibuja con su cauce, la anatomía montañosa de esta ciudad, descendiendo, desde las enormes puertas de hierro forjado que abren su trayecto en lo alto de la Plaza de Marte (aún cuando se extiende más allá, hasta el Reparto Santa Bárbara), hasta alcanzar el Paseo de la Alameda, luego de un zigzagueante recorrido cargado de historia y curiosidades, el cual les invito a seguir conmigo en esta breve aproximación

De Calle Ancha a Enramadas

Desde los primeros pasos de ciudad de la séptima villa fundada en Cuba, la calle Enramadas, entonces Calle Ancha, demostró ser un escenario propicio para el establecimiento de comercios de toda índole y menesteres: barberías, peluquería, sastrerías, almacenes, carnicerías y un largo etcétera.

Su entonces modesta estampa de calle de tierra endurecida por el continuo trajín ciudadano, que se volvía lodazal con las primeras lluvias; recibió con beneplácito la idea de los comerciantes que la poblaban, de guarecer sus negocios bajo el frescor de verdosas pencas de guano para atenuar el agobiante calor que, también en aquellos tempranos tiempos, regala el sol por estos lares.

De inmediato, la agilidad mental de los pobladores comenzó a identificar a la vía por sus vistosas enramadas; y como siempre ocurre cuando el bautizo tiene lugar por vox populi, la anterior definición de Calle Ancha fue quedando relegada al olvido de los archivos históricos.

Pero las frescas enramadas que perpetuaron la imagen de una calle, también fueron protagonistas de sus desgracias. Cierto día de carnaval, la malacrianza de un niño de la aristocracia criolla, volcaron un caldero de chicharrones, provocando quemaduras a varias personas, incluida la dueña del puesto de ventas. Durante el barullo por el incidente, carbones encendidos saltaron y prendieron rápidamente las pencas, propagándose el incendio hacia otros negocios cercanos, hasta ser extinguido a tiempo de evitar males mayores. No fue este el primero ni el último de los incendios acontecidos en Enramadas. Éstos siniestros eran bastante frecuentes a lo largo de toda la calle, tal y como queda registrado en las Crónicas de Santiago de Emilio Bacardí. Ante estas funestas perspectivas, las autoridades de la ciudad decidieron eliminar, de forma definitiva, las cubiertas de enramadas, acción esta que, sin embargo, no logró borrar el portentoso nombre de Calle de las Enramadas con el cual comenzó a aparecer en los diferentes planos de la ciudad realizados por el francés (radicado en Santiago de Cuba) Louis François Delmés.

Siempre fue Enramadas, junto con la zona limítrofe del puerto, de los puntos más concurridos de la ciudad, sobre todo en el área que ocupaba el Mercado en la calle Carnicería, donde precisamente existía un cobertizo dedicado a estos fines, y en el cual la actividad comercial comenzaba desde muy temprano en la madrugada y se extendía hasta las diez de la mañana. Allí se vendían todo tipo de productos (carne de res, tasajo, diferentes tubérculos y frutas), aunque no siempre de la mejor calidad, tal y como refiere el viajero francés Decourtilz citado por la historiadora María Elena Orozco Melgar en su Génesis de una ciudad del Caribe …:

“Me decidí con mucha repugnancia, a comprar esa carne mal cuidada, cubierta de fango y polvo, en fin más despedazada que cortada (…) el fétido olor de las negras vendedoras, de la cuales, me irritó cada vez más y me restringió a comer sólo frutas”

Esta descripción del francés también podía haberse extendido al resto de la calle, dado las malas condiciones higiénico-sanitarias que mostraba, al igual que el resto de la ciudad, pero incrementada por su constante actividad comercial.

Alrededor del año 1822, las ventas del Mercado se trasladaron para la Plaza de Dolores, dejando en su cobertizo de Enramadas, sólo las carnes y sus derivados.

“Reverdecen” las Enramadas

El interés mostrado por los principales notables santiagueros, agrupados alrededor de la Real Sociedad Económica de los Amigos del País, por cumplir con las Instrucciones de Sabatini para dotar a la ciudad de un prestigio basado en el mejoramiento de su salubridad; así como la importante contribución que este aspecto aportó la creciente presencia francesa de inicios del siglo XIX, favoreció especialmente a Enramadas como arteria comercial de la urbe, la cual vio cómo poco a poco su cauce fue empedrado y sus fachadas se transformaban con la construcción de nuevas edificaciones de exquisitas arquitecturas.

Cine Teatro Oriente

Cine-Teatro Oriente, hoy en reparación. En este sitio radicó el "Teatro de la Reina" en el siglo XIX

En 1848 se colocó la primera piedra del llamado Teatro de la Reina (hoy Cine-Teatro Oriente; en reparación). La construcción de dicha obra se le encargó a una Sociedad Anónima representada por el Licenciado Miguel Estorch, la cual compró para este fin, en 15 mil pesos, un amplio solar en la parte baja de la calle Enramadas. El acto lo presidió el gobernador Mac Crohon y en el mismo, Estorch resumió las labores hechas a tal efecto y las causas que promovieron su construcción:

“Careciendo esta ciudad de una escuela de costumbres, se formó una Sociedad Anónima con el objeto de cubrir una necesidad que nos ponía en ridículo a los ojos del mundo civilizado. Buscóse el lugar más apropósito, encargándose de los planos a un hábil ingeniero y después de haberse solicitado licitadores para la obra, celebróse el remate a favor de una persona que la llevará a cabo, más por espíritu de patriotismo que por especulación. Hoy es el día de colocar la primera piedra del edificio destinado a instruir recreando (…)”

El teatro estuvo terminado en julio de 1850, con una capacidad para 1300 a 1400 personas, en forma de “364 lunetas, 41 palcos en el primero y segundo piso, y en el tercero 3 palcos tertulia y cazuela”. La primera función fue a beneficio de la Casa de Beneficiencia de la ciudad, y estuvo a cargo de la compañía Robreño con la obra “Cada cual con su razón”, de José Zorilla.

Con el tiempo nuevos teatros fueron poblando la ciudad, como una alternativa de los jóvenes santiagueros que pretendían expresar su cubanía, dado que el tablado del Teatro de la Reina, se mantuvo durante mucho tiempo como espacio privilegiado de la élite local. Años después, Enramadas vio nacer otro teatro al cual se le denominó Heredia (donde hoy radica la Sala-Teatro Van Troi). Este nuevo espacio promovió una especie de emulación cultural entre ambas sedes, interesadas en proponer el mejor espectáculo, que a la larga benefició a los amantes de las artes escénicas en la ciudad.

Luego del triunfo de la Revolución, específicamente en el año 1967, toda la calle Enramadas fue sometida a una minuciosa restauración que permitió recuperar obras arquitectónicas de incalculable valor, las cuales se encontraban en lamentable estado debido al daño acumulado en sus centenarias construcciones. Pero transcurrió otro largo período de “olvido”, acrecentado por las carencias que impuso el llamado Período Especial, en el se resintieron los añejos esqueletos de la urbe. Enramadas parecía apenas una mala fotografía de lo que fue.

Por suerte, en el año 2006 se promovió el llamado Proyecto Centro como un “plan inmediato de reanimación urbanística, basado en la Conservación de la Ciudad Histórica dentro de la urbe santiaguera” que prometía mejorar “la imagen del entorno, la imagen del espacio público” y rescatar “valores patrimoniales”. Y así ha sido. En poco menos de cuatro años, la imagen de Santiago, y de Enramadas como parte inseparable de su Centro Histórico, ha cambiado para bien. Cada día nuevos ejemplos de esta reanimación sorprenden a los santiagueros. Aunque queda mucho por hacer. Ahí aguardan entre sus ruinas, edificaciones como el propio Teatro Oriente y el Hotel Imperial, en espera de que el impulso conservador llegue hasta ellos.

Hotel Imperial

El Hotel Imperial aún espera por su restauración

Santiago: una tierra que se mueve (III)

Crónicas de terremotos

El terremoto de 1852

En el tercer tomo de sus Crónicas de Santiago, don Emilio Bacardí Moreau recoge la siguiente crónica sobre el terremoto y réplicas del 20 de agosto de 1852:

“TERREMOTO          (20 de agosto) A las 8 y media de la mañana un fuerte terremoto atemoriza a la población; las gentes se echan a la calle; y solo se oye el grito ¡¡Misericordia!! Desde esa hora hasta las dos de la madrugada nueve sacudimientos se suceden después de los tres primeros fortísimos, en junto doce temblores. Hasta el día 25 se van sucediendo temblores de menor intensidad hasta el día 31 que se hizo sentir uno tan fuerte como el primero, siguiéndolo fuertes aguaceros y vientos huracanados. Los habitantes de la ciudad huyen a los campos o los buques anclados en la bahía.

“El Hospital Militar se establece en el Tinglado.”

En cuanto al número de víctimas, Bacardí escribe:

“VÍCTIMAS               Las únicas víctimas de los terremotos fueron un niño, sobre el cual cayó una pared, y una anciana, Doña María de los Ángeles Reyes, fallecida a consecuencia de una caída”

Quizás bastara la breve descripción del Hijo Predilecto de Santiago de Cuba para tener una idea de la tragedia sufrida por los habitantes de la ciudad en aquel agosto de 1852; sin embargo, la historia cuenta con la extensa crónica del suceso, escrita por el licenciado don Miguel Estorch, socio de Mérito de la Real Sociedad Patriótica de la Habana, bajo el título Apuntes para la historia sobre el terremoto que tuvo lugar en Santiago de Cuba y otros puntos el 20 de agosto de 1852 y temblores subsiguientes, e impresa por D. Loreto Espinal, en su imprenta de la calle S. Pedro No 54.

Nos narra don Miguel Estorch cómo percibió, personalmente, el terremoto del 20 de agosto de 1852:

“A la vez que mis oídos percibían el cercano bramido de los desencadenados elementos subterráneos, mis pies sintieron un fuerte movimiento de trepidación, que levantaba y dejaba caer la ciudad entera, como pudiera un niño hacerlo con un ligero juguete. La sensación que me causó es la más profunda de mi vida, sin embargo de haber presenciado grandes conmociones populares, y corrido grandes borrascas. No encuentro palabra a propósito para trasmitir lo que sentí, y solo los que se hallaban en Santiago de Cuba podrán comprenderme. Gemía la tierra hondamente debajo de mis pies que bamboleaban al par de edificios; e todos los rostros se veía el terror de un modo que pintor alguno nunca podrá imitar.

“Apenas nos habíamos convencido de que había usado (sic) el primer sacudimiento, y apenas repuestos un tanto los ánimos, se dejó sentir otro, pero no tan fuerte como el primero. De las 8 y 36 minutos a las 10 se contaron tres muy marcados. En este intervalo la inmensa mayoría del vecindario se había trasladado a las plazas, a los solares espaciosos y a las orillas, dejando las casas abiertas y abandonadas.”

Resalta también Estorch los gritos de ¡Misericordia! que se dejaron escuchar por toda la ciudad; algunos vecinos se arrodillaban, rezando ante la inmensidad de la catástrofe. Da fe de las réplicas sentidas luego de la sacudida inicial:

“…de la una a las tres se sintieron dos sacudimientos, que si bien de corta duración, bastaron para que continuase la ansiedad y la zozobra que se habían apoderado del vecindario y para que nadie quisiese dormir, o sea velar en su morada.

“…poco después de la las tres y media de la madrugada se sintió un acudimiento tan fuerte o más que el primero, si bien de menos duración. Este movimiento fue de ondulación, y a esto se debe quizás el que no hayan sido destruidos mucho más edificios.”

Es lapidario don Miguel cuando dice:

“(…) creí no ver más la ciudad de Velásquez; creí que había llegado el último día de Santiago de Cuba”

El terremoto parece haber movido de su sitio también el quehacer diario de los habitantes de la ciudad de Santiago de Cuba. Narra Estorch:

“De día eran poquísimos los que transitaban, y no sin cuidado, por las calles: de noche solo se veían procesiones de penitentes, los más con los pies descalzos, y de todos edificantes (sic), que solo recorrían las calles que habían experimentado menos desastres, no atreviéndose a internarse hasta la Plaza de la Catedral, en otro tiempo el foco de las principales plegarias, y hoy desiertas hasta sus alrededores, a causa del mal estado de aquel hermoso y moderno edificio que recuenta el terremoto del año 1766.”

Insiste en su crónica, Estorch, sobre las consecuencias del terremoto en las construcciones de la ciudad; y la resume en el siguiente párrafo donde describe el Aspecto físico de la ciudad:

“…es rara la casa que ha dejado de sufrir algún desplome, y son varias las que tendrán que reedificarse; lo menos en gran parte (…) Los grandes edificios como templos, cuarteles, palacios, cárceles, (…) han sufrido más, como es natural, que los pequeños.”

A dos millones de pesos de la época ascienden los daños materiales calculados por Estorch, a partir de los cálculos realizados por autoridades locales a las cuales él tiene acceso. El desglose de los perjuicios materiales directos, según Miguel Estorch, es el siguiente:

“Hospitales, Templos, Cuarteles, Palacio de Gobierno, Cárcel y demás edificios públicos 300,000 $

“Cien casas arruinadas del todo o en gran parte, una con otras a cuatro mil pesos 400,000$

“Quinientas casas cuyo deterioro no baja de mil quinientos 750,000$

“Las reparaciones de las restantes 550,000$”

La intensidad del terremoto de 1852 ha sido apreciada alrededor de 7 grados en la escala de Richter, pero, más allá de la posible intensidad del sismo, la crónica de sus víctimas habla del verdadero terror sufrido por la población santiaguera de la época. Mucho más se puede saber de la vida del Santiago de esos días y de sus poblados colindantes (donde también se sufrió el terremoto y sus réplicas) en los Apuntes… de Estorch. Conocerá entonces de las muestras de solidaridad entre los vecinos, de cuál fue la respuesta inmediata del gobierno de la época, de cómo trascurrieron los días entre el 20 y el 31 de agosto.

Santiago siguió su vida. La tierra no dejó de temblar, ni ese año, ni otros; todos registrados en mayor o menor extensión, por la pluma certera de Bacardí en sus Crónicas…Para muchos, el terremoto de 1852 quedó en anécdota, en historia a contar tras el susto efímero que le sigue a un ligero sismo. Otros eventos de variada trascendencia colmaron los días de Santiago y sus habitantes. En 1868 dio inicio la Guerra de los Diez Años que abrió, para los cubanos todos, un largo período de lucha por la independencia. Seguramente en el Santiago de mediados y finales del siglo XIX, la guerra y sus secuelas colmaron los comentarios de barrios y tertulias, desplazando, como impone el correr de los días, la constante amenaza de los sismos. Así sería hasta ya avanzado el siglo XX cubano, con su nueva carga de saberse neocolonia yanqui; cuando, apenas pasado dos años de la tercera década, Santiago de Cuba volvía a sacudirse por un terremoto.

http://books.google.com/books?pg=PA5&dq=Estorch&id=BSfnYwo4fZ0C&hl=es#v=onepage&q&f=false (Apuntes para la historia sobre el terremoto que tuvo lugar en Santiago de Cuba y otros puntos el 20 de agosto de 1852 y temblores subsiguientes.)

Santiago: una tierra que se mueve (II)

Santiago de Cuba se encuentra ubicado en la cercanía de las zonas de fallas sísmicas Bartlett-Caimán, por lo que seguramente, y desde siempre, los primeros habitantes de la zona debieron ser testigos de los temblores de tierra. Sin embargo, como simpáticamente señala el profesor Rafael Duharte Jiménez en su ensayo “Influencias de la geografía y el clima sobre la ciudad de Santiago de Cuba y sus habitantes”, Diego Velásquez murió en 1524 sin percatarse del “error” cometido al asentar la séptima villa en una zona sísmica; para eso “hubiera tenido que conocer la cultura de los indígenas que habían vivido allí durante más de un milenio, y en la cual (…) debió reflejarse el fenómeno; pero los conquistadores, enloquecidos por el afán de lucro, destruyeron la población autóctona antes de conocerla.”. Señala igualmente el profesor que, según Emilio Bacardí, no fue hasta 1580 que se sintieron los primeros terremotos del período histórico (sic).

Según la fuente se revise, se pueden enumerar más de medio millar de sismos en la historiografía santiaguera, aunque, sólo unos cuantos sobresalen por su intensidad o consecuencias. Así, son recurrentes los de los años 1766, 1784, 1852, 1914, 1932, 1947, y por supuesto el del 20 de marzo de 2010. De ellos han quedado grabados en la memoria histórica de Santiago, como los más catastróficos, los ocurridos en 1766, 1852 y 1932.

El terremoto del año 1766 tuvo lugar el 11 de junio y su magnitud estimada, según los daños ocasionados, fue de 7,7. El hecho de que tuviera lugar durante la noche contribuyó la pérdida de alrededor de 120 vidas, razón por la cual se le recuerda como uno de los más dañinos. En esa ocasión gran parte de la ciudad quedó en ruinas, incluidas construcciones de relevancia para el quehacer diario de la urbe: la Casa Consistorial, el Ayuntamiento y la Catedral (la Capilla Mayor y la Auxiliar). Para el culto se habilitó una casa de paja que estaba ubicada en la Plaza de Armas y que fuera cedida por su dueño, Francisco Fuente.

Años más tarde; a las 8 y 30 minutos de la mañana del 20 de agosto de 1852, ocurrió el segundo de estos eventos señalados como los de mayor magnitud en la historia, el cual tuvo la peculiaridad de mantener en jaque a la ciudad con varias réplicas, de intensidades moderadas, durante 11 días. Al igual que el de 1766, el terremoto de 1852, destruyó gran parte de la ciudad, ensañándose nuevamente con la Catedral y otros templos; aunque, el que tuviera lugar en horas de la mañana favoreció el que las víctimas fatales fueran muy pocas. Según recoge el Lic Miguel Estorch en sus “Apuntes para la historia sobre el terremoto que tuvo lugar en Santiago de Cuba y otros puntos el 20 de agosto de 1852 y temblores subsiguientes”, al finalizar el día 31 de agosto, se contabilizaron 34 muertos más que los que se habían reportado hasta el 20 de agosto, de ellos, 12 niños. Esto ha hecho creer a algunas personas que, por tanto, la cifra de fallecidos a causa del terremoto fue 34, sin embargo, el propio Miguel Estorch aclara que, como consecuencia directa del terremoto, sólo murió un niño. Un dato similar ofrece Emilio Bacardí en sus “Crónicas de Santiago” (tomo 3) al referirse a las Víctimas del terremoto:

En sus "Crónicas de Santiago", don Emilio Bacardí Moreau siguió cada uno de los sismos que han tenido lugar en Santiago de Cuba

“Las únicas víctimas de los terremotos [el terremoto y sus réplicas] fueron un niño, sobre el cual cayó una pared, y una anciana, Doña María de los Ángeles, fallecida a consecuencia de una caída”

Como se ve, apenas dos víctimas (si consideramos que Estorch no consideró que la caída de la anciana fuera consecuencia directa del terremoto) se contabilizaron como resultado de un terremoto que, por otra parte, provocó pérdidas económicas por más de 2 millones de pesos de la época.

El último de los terremotos más devastadores que han sacudido a la ciudad de Santiago y del cual, además, contamos con testigos vivos, fue el ocurrido el 3 de febrero de 1932, en horas de la madrugada. En esa ocasión el sismo tuvo una intensidad de 6,75 grados en la escala de Richter (algunos le adjudican 7 grados o incluso 8,8) y afectó de forma total o parcial, al 80% de las edificaciones de la ciudad. Entre sus secuelas más terribles estuvo la pérdida de 14 vidas y más de 200 heridos, de ellos, varias decenas de gravedad.

Imagen de la Catedral de Santiago de Cuba luego del terremoto del año 1932

Estas experiencias, y las de otros temblores que no se han mencionado (don Emilio Bacardí, en sus “Crónicas de Santiago” recoge la incidencia de varios temblores que año tras año, desde el 1580, han sido perceptibles para los habitantes de la ciudad), han influido no sólo en la idiosincrasia del santiaguero, sino además, en la anatomía de la urbe caribeña, donde no abundan los edificios multiplantas. El profesor Rafael Duharte, defensor de esta tesis, cita al naturalista francés M. E. Decourtilz:

“Las ventanas, a causa de los temblores (…), no sirven los vidrios en este país y esas aberturas están cerradas por barrotes de madera toscamente torneados y con postigos por fuera; lo que da a estas ventanas la apariencia de un claustro (…) Los pisos bajos son los únicos usados en este país en que los temblores actúan con frecuencia devastadora (…)”

Claro, eso era en la época colonial, ahora el santiaguero construye como sea y donde sea. Pero eso es tema para otra oportunidad.

El ave fénix de Santiago

Según la mitología, el Ave Fénix es un ave del tamaño de un águila, de plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente, de fuerte pico y garras, que cada 500 años se consumía por acción del fuego para luego resurgir de sus cenizas. Aunque su lugar de origen está establecido bien lejos de esta isla de las Antillas, los santiagueros podemos presumir de contar con una, no de carne, hueso y plumas, sino de piedras y cemento: la Catedral de Santiago de Cuba.

Ubicada al sur del Parque de Céspedes (antigua Plaza de Armas), en la actualidad cuenta con una superficie total de 4 mil 260 metros cuadrados. Fue declarada Monumento Nacional en 1958 por el Decreto Presidencial No. 93 del 16 de enero y ostenta el raro privilegio de ser la edificación de su tipo que más veces ha sido reconstruida y remodelada en nuestra ciudad. De hecho, la Catedral tal y como la conocemos hoy, es la cuarta construida en Santiago de Cuba.

Vista actual de la Catedral de Santiago de Cuba

Para el año 1522 existían en Santiago de Cuba dos pequeñas iglesias: la parroquial y una ermita nombrada Santa Catalina. En ese propio año se decide el traslado de la catedral, entonces ubicada en la villa de Baracoa, para la séptima de las villas fundadas. Contrario a la creencia de muchos, la ubicación de la catedral en su traslado a la villa de Santiago de Cuba no fue en la ermita Santa Catalina, sino en la iglesia parroquial tal y como lo demuestras documentos revisados por el historiador santiaguero Leo Miranda (“Santiago primitivo” en Sierra Maestra, mayo 3 de 1974). Esta primera catedral de Santiago era, como muchas de las viviendas de la época, de madera y guano, y su fachada estaba orientada de este a oeste, orientación que sería cambiada en el sentido norte-sur luego de construida la cuarta de las catedrales santiagueras. Durante el tiempo en que estuvo prestando servicios fue afectada por un incendio (en 1526) teniendo que se remodelada.

En 1528 comenzó la construcción de la primera catedral de piedras  a un costo de 50 000 ducados. La obra culminó en el año 1555 no sin atrasos y reclamos de dinero a la corona española para su terminación.

En 1562 sufrió el primer ataque de corsarios franceses que dejaron en ruinas el templo lo que imposibilitó la celebración de los cultos. En otras tres oportunidades fue víctima de nuevos actos de piratería que, en algunos casos como en el 1603, la dejó totalmente arruinada, lo que  impidió la celebración de cultos durante 25 años.

La construcción de la segunda Catedral de piedra se inició en 1671 y fue inaugurada 3 años después por el Presbítero Francisco Ramos. Sin embargo, ese mismo año sufrió severos daños a causa de un terremoto y fue cerrada. En 1678 otro terremoto destruyó su Capilla Mayor (construida en 1653). Un año después otro terremoto y un huracán arrasaron con lo que quedaba de esta catedral.

Cuatro años demoró la construcción de la tercera catedral de piedra, la cual se inició en 1686. Durante el siglo XVIII se le hicieron algunas reparaciones que incluyeron la instalación de las cuatro pilas de agua bendita que aún se conservan en la iglesia. Esta nueva catedral corrió con mayor suerte que sus antecesoras…por un tiempo. El 11 de febrero de 1766, en horas de la noche, tuvo lugar en Santiago de Cuba uno de los terremotos más fuerte de la historia. Además de las múltiples víctimas dejadas por el sismo, la ciudad sufrió grandes daños en su infraestructura. La Catedral (fundamentalmente su Capilla Mayor y la Auxiliar), la Casa Consistorial y el Ayuntamiento, quedaron en ruinas.

Durante el año 1875 se autorizó la construcción de la nueva catedral pero no sería hasta el 1810 que se colocaría la primera piedra de la moderna construcción. Ocho años duró en esta ocasión la culminación de la obra, la cual ocupó en ese entonces 2 115 metros cuadrados. Sin embargo esta edificación no quedaría inmune. El 20 de agosto de 1852, se dejó sentir en Santiago de Cuba otro gran terremoto, cuyas réplicas se percibieron, con mayor o menor intensidad, durante varios días. Don Miguel Estorch, cronista del suceso describe las huellas dejadas por el terremoto en la Catedral:

“Las naves externas se hallan en completa ruina, así como los cuatro arcos que sostienen la media naranja (sic), la pared maestra de O. (oeste) está rajada en toda su longitud como a seis pies del suelo; la torre del reloj tiene cuarteado y desplomado su 3º y 4º cuerpo; y la de las campanas el 4º, haciéndose temer el derrumbe de aquella”

Dos años después del suceso (enero de 1854) se realiza “solemne reapertura de la catedral una vez restaurados los defectos sufridos por el terremoto de 1852” (Emilio Bacardí, Crónicas de Satiago, t-3)

Con los años se le fueron haciendo ampliaciones a la construcción. Se le añadió un nuevo cuerpo a cada torre, se ubicó el ángel sobre su parte central así como dos estatuas, una de Cristóbal Colón y la otra del Padre Las Casas. De esta forma, la cuarta de las catedrales de piedra construidas en Santiago alcanzaría la una imagen muy similar a la actual.

Pero faltaría aún un nuevo reto. El 3 de febrero de 1932, en Santiago se percibió un fuerte terremoto de 7 grados de magnitud que causó daños a la edificación: las torres se agrietaron y la construcción se hundió ligeramente.

Imagen de la Catedral de Santiago de Cuba luego del terremoto del año 1932

Luego de reparada, la catedral ha llegado hasta nuestros días, como Ave Fénix, resurgiendo un y otra vez de entre las cenizas de sus ruinas, para mostrarse hoy, como un paradigma de la arquitectura ecléctica de Santiago de Cuba.

Escultura de Cristobal Colón en la Catedral

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