Santiago en mí

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El 500 vox populi

No puede ser de otra forma; ya sabemos que el cubano es así, cuando la coge con algo Y qué mejor que un quinientos aniversario y todo lo que conlleva y conllevará.

Sí, porque, como dicen los comentaristas deportivos, «esto no se acaba hasta que se acaba», y el año del Quinientos comenzó este 25 de julio y se extiende hasta el 25 de julio de 2016, Expósito dixit.

Nada, que todavía hay tiempo para seguirnos asombrando, para disfrutar de tanta inauguración y reinauguración, para terminar de saber por fin si venderá queso en la esquina de San Félix y Heredia; si montaremos en el tranvía; para revisitar el Museo Bacardí, la Galería Oriente, la Casa de la Cerámica.

Ya vendrán los turistas a hospedarse en el Imperial, cuando las lonas que cubren aún parte de la construcción inconclusa, den paso a oropeles similares a los que ya engalanan el lobby.

Ya habrá tiempo. Todo un año. Y mientras, la vida sigue, y las personas no terminarán de sacar de su mente y de sus labios este aniversario. Y cuando no estén contentos con algo: el helado derretido, las tiendas sin jaba de nailon, el transporte que no llega; las medicinas «en falta»; se les escuchará decir, «y eso que estamos en quinientos»; como si la efeméride, por sí sola, fuera a convocar milagros.

La gente, la misma gente que se conmovió con la voz de Vilma acompañada al piano, en una gala artística (creo) muy digna, aunque otros puedan diferir. que aplaudió, aun desde la distancia, el maravilloso espectáculo de pirotecnia con que se dio la bienvenida al 25 de julio.

Todavía hoy se habla de estas últimas jornadas: del carnaval, de las galas, de por qué Eusebio Leal y no Olga Portuondo, y todo bajo el influjo de los quinientos. Y eso no es malo. A fin de cuentas, no todos los días se cumple esa edad. Malo sería caer, una vez más, en eso de la «furia»: «cogerlo todo con furia». ¿Y después?

Después, la vida. La misma de todos los días, en una ciudad un año más vieja, pero que intenta, a toda costa, rejuvenecer, modernizarse. Acompañémosla en ese intento, pero porque lo merece, y no por una fecha, una meta, un compromiso. Santiago es más que un aniversario. Ninguno de nosotros estará dentro de quinientos años más, entonces, lo que vayamos a hacer, hagámoslo ahora. Y bien.

315 Enramadas St.

Por Reynaldo García Blanco

Muchas veces me gusta detenerme en la parada de la ruta 101 que está en el parque de Ferreiro. Desde allí se puede divisar un cartel que dice: Las verdades elementales caben en el ala de un colibrí. José Martí. Pero luego de esta sabia reflexión se me ocurre bajar por calle Enramadas y la gramática de la ciudad comienza a cambiar. Ahora les cuento:

Pensé que era una alucinación. De repente creí estar frente a una de esas minitiendas que abarrotan los aeropuertos internacionales de Panamá, Medellín, San José de Costa Rica, cualquier sitio del mundo… Pero no. La realidad pura y tajante me daba de lleno en el rostro. Estaba en la populosa calle santiaguera Enramadas, justamente en el número 315 entre Carnicería y Calvario. Unos anuncios en el más puro inglés comercial me ponían en consonancia con la conocida marca Adidas, esa compañía multinacional fabricante de calzado y ropa deportiva, cuya sede central se encuentra en Herzogenaurach, Alemania:

LOVE ME/OR LOSE ME/ALL IN NOTHING/ORIGINALS DENIN/BOOST YOUR RUM

Miré a ambos lados . Solamente me faltaba que apareciera de la nada su fundador Adolf “Adi” Dassler y me extendiera alemanamente su mano derecha.

A mi memoria vino el paradigmático poema “Tengo” de nuestro Poeta nacional Nicolás Guillén, sobre todo aquel fragmento donde dice: Tengo, vamos a ver, /tengo el gusto de ir/yo, campesino, obrero, gente simple,/tengo el gusto de ir/(por ejemplo)/a un banco y hablar con el administrador,/no en inglés,/no en señor,/sino decirle compañero como se dice en español.

Vinieron a mi mente los recientes congresos de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) y de la Unión Nacional de Artistas y Escritores de Cuba donde con suma valentía se discutieron aspectos como la seudocultura deshumanizante y globalizadora que intenta borrar de un plumazo la identidad de millones de individuos. La discusión en torno a los peligros que trae consigo la sociedad de consumo aupada por la frivolidad de los medios masivos. Volví a recordar al novelista Abel Prieto y ex Ministro de Cultura —ahora asesor del Presidente Raúl Castro―, cuando abordaba en una intervención reciente el relativismo que propone la globalización consumista para que ninguna idea tenga valor bajo la premisa de que Si todo vale, todo se anula. Maneras subterráneas para fraccionar y atomizar el mundo en que vivimos.

Me acordé del término “Industria de la mierdita”, acuñado por el teatrólogo Omar Valiño.

Vinieron a mi mente fragmentos de José Martí, canciones de Silvio Rodríguez, retazos de diálogos de Alfredo Guevara con jóvenes creadores y la idea fundante de la Cultura como escudo de la Nación.

Pensé en una ciudad que ya comienza a vestir sus mejores galas para celebrar su medio milenio de nacimiento. Pienso que es un atentado a nuestra identidad como cubano e hispanohablantes. Desde una radio cercana se escuchaba aquello de: “Calle Enramada Mayor, novia de nuestra ciudad”

Pero no. No era alucinación alguna. Allí estaba yo, en plena calle Enramadas No 315 entre Carnicería y Calvario. Me puse a pensar en cuántos santiagueros simples entrarán a esta tienda con anuncios en inglés, con tan rico que es el español.

Creo que a partir de ahora comienzo a cuidarme de las Multinacionales no vaya a ser que me extiendan una tarjeta de presentación con la leyenda: 315 Enramadas St.

Juegos Florales de Santiago de Cuba: reto aceptado.

El buen amigo Reinaldo Cedeño (La isla y la espina) me invita a opinar sobra la XVII edición de Juegos Florales de Santiago de Cuba, clausurada este sábado 25 con la entrega de los premios y menciones, una de estas, valga decirlo, ganada por el multipremiado periodista santiaguero.

El reto es válido, toda vez que fui uno de la treintena de autores que optaron por los 2 000 pesos y la publicación de la obra -que se llevaría el cuaderno ganador-; y una decena de premios colaterales.

Sin embargo, para quien aún trastabilla en este mundo de la lírica, bastante premio fue el haber pasado ese primer filtro que redujo en un tercio el universo de cuadernos presentados a esta edición; lo que, sumado a mi mayor vocación por la narrativa, quizás nuble el juicio sobre lo que aconteció durante tres días en Santiago de Cuba, en materia de poesía.

Como dije anteriormente, la celebración de los Juegos Florales, de por sí, es un mérito, y al ver el numeroso público que concurrió a los mismos, desde el viernes hasta el sábado, no puedo más que sentirme agradecido de un espacio como este.

Más como toda obra humana, perfectible, los Juegos Florales no pudieron escapar al estigma de los concursos. Como Cedeño, también vi rostros hoscos y desencantados, algo que bien pudo alivianarse con el uso de seudónimos para la presentación de los textos a concursos; por aquello de que a veces un nombre pesa más que la propia obra (sin quitar méritos a la claridad e imparcialidad del jurado).

Coincido con Reynaldo en que el mero acto formal de la lectura de un texto (de un conjunto mayor, de diez cuartillas), no debe influir en jurado alguno: no se vería por primera vez autores que no son capaces de expresarse en público, con la fuerza que sus versos puede trasmitir.

No me molesta, en cambio, la presencia de trovadores para amenizar la jornada (también estuvo presente la llamada música culta, con estudiantes del conservatorio); pero tal vez sería oportuno vincular otras manifestaciones, incluida la oralidad, tan afín a estos trajines de poetas y juglares.

En fin, tras mi primera participación en este tipo de evento, si tuviera que dar una evaluación le daría el aprobado, claro que con un asterisco que llame a la atención; porque si bien no se puede complacer a todo el público, siempre hay que hacer el máximo esfuerzo por intentar lograrlo.

Es mi opinión. Ya Cedeño dio la suya.

Mis felicitaciones para todos los que participaron en este evento, para los finalistas, los premiados, para los amantes de la poesía.

Nota: Esta entrada se publicó desde el correo electrónico

Los defectos de “la joya”

Iris Jazz Club. Foto: Miguel Noa Menéndez

Iris Jazz Club. Foto: Miguel Noa Menéndez

Como una “joya en Plaza de Marte” definió el periodista santiaguero Miguel Angel Gainza Chacón al todavía novedoso Iris Jazz Club.

A lo largo de un extenso artículo publicado también el pasado sábado en la edición impresa del semanario Sierra Maestra, Gainza nos adentra en los espacios aun desconocidos de una edificación que desde su propia gestación ha sido y es noticia en Santiago de Cuba.

Enclavado en el céntrico escenario de la Plaza de Marte, escoltado por dos de las arterias más emblemáticas de la ciudad (Enramadas y Aguilera), el ya popular Iris Jazz Club devino una solución extraordinaria a un local que durante años ha sido remodelado una y otra vez, sin escapar de las garras de la desidia y el mal gusto.

Perfectamente acoplado al entorno, el Iris Jazz Club es algo de lo que ciertamente podremos llegar a enorgullecernos los santiagueros; no solo porque la calidad del diseño, de la ornamentación, el buen gusto mostrado en los acabados han revitalizado una de las fachadas más céntricas de la ciudad; sino por lo que para Santiago pudiera significar en materia cultural un espacio como este, donde la “vida bohemia” debe hallar su refugio.

Sin embargo, ni el mejor de los esfuerzos puede escapar a la chapucería que a veces nos aturde en el diario.

El pasado sábado, mientras velaba por un soplo de brisa en la calurosa noche santiaguera, sentado en uno de los bancos de la Plaza de Marte (justo de los que quedan frente al Club), pensaba en cómo el esfuerzo de muchos puede verse empañado por (quizás) un simple descuido.

Esa noche muchos transeúntes detuvieron sus pasos a la entrada del Iris Jazz Club, sorprendidos de verlo en funcionamiento; toda vez que (según entiendo y parece demostrar el texto de Gainza aparecido esa misma tarde en la prensa) aún no ha sido inaugurado “oficialmente”, con todo el “bombo y platillo” que se venía anunciando a vox populi en un rumor que incluía la presencia en su escenario del multipremiado Chucho Valdés.

A pesar de esto, varias parejas, luego de una pausa que a la distancia se me antojó curiosa, decidieron convertirse en los primeros clientes de la instalación, mientras en el bar Emiliano (uno de los espacios de anexos a la sala principal del Club) no pocos ya disfrutaban de sus ofertas.

Pero lo que llamó mi atención y me decepcionó fue la forma tan ridícula y chapucera de dar a conocer a los potenciales clientes del local, la programación dispuesta para la noche.

Todo el esplendor, la sobriedad de los diseños, las luces, las obras escultóricas, todo lo que dota de originalidad y belleza al Iris Jazz Club, se vio opacado por tres burdos trozos de papeles en los cuales se había impreso el nombre del grupo invitado de la noche y el precio de las entradas, y había sido pegados con precinta a uno de los cristales desde el interior del local.

¡No una cartelera diseñada por alguno de los propios artistas plásticos que dejaron su huella en la construcción!; sino tres simples trozos de papel impreso fue la solución encontrada para dar promoción al programa nocturno. ¡Vergonzoso!

Desde la distancia no salía de mi asombro. ¿Cómo pudo escapar ese detalle?, ¿será que sólo se trataba de un “ensayo” pre-inaugural? Y si así fuera, ¿adónde quedó la sensibilidad artística de los creadores de la instalación?

Ojalá esta primera impresión sea rápidamente borrada. Aún no sé cuándo podré percibir por mis propias experiencias, la verdadera connotación de este sitio para el público santiaguero; por ahora, los 60 pesos por pareja que cuesta el acceso al salón principal es un desembolso que no puedo permitirme sin pensarlo dos (y hasta tres) veces; quizás por aquello que representa destinar a pagar solo una entrada (sin consumo mínimo garantizado) alrededor del 12% de mi salario mensual.

Quizás pronto algunos amigos me cuenten de sus visitas al Club, de la profesionalidad de su servicio, de la calidad de su oferta artística…Tal vez entonces otras dudas se aclaren en mi mente, como: si el consumo en el Bar Emiliano y la Cafetería Jazznamá será en moneda nacional (pesos cubanos, pues la otra también es nacional…al menos eso dicen), y hasta cuánto podría ascender el precio de entrada según el talento artístico de turno….

Sí, una joya le ha nacido al panorama cultural santiaguero…pero una joya que todavía tiene sus imperfecciones.

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