Santiago en mí

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Maniseros y maní…otra vez

Por Juan Antonio Tejero

Se dice que no hay nada nuevo bajo el sol. Pero afirmo que hay muchas cosas nuevas bajo el caliente sol santiaguero. Y hoy quiero ponerle un ejemplo a partir de un tema sobre el que ya hemos comentado: los maniseros.

Sí, los vendedores ambulantes de uno de los productos más populares que han cruzado nuestras calles a lo largo de varias generaciones. Entonces, a partir de un momento, se creó un vacío de maniseros. Pero no duró demasiado tiempo. Reaparecieron por todas las esquinas pero habían perdido el sabor, los maniseros, no el maní, que los caracterizaba. Simplemente, vendían maní. Y eso no era suficiente en una ciudad llena de tradiciones y lo que era mejor, de pregones. Entonces se extrañaban por lo que les conocieron o los que escucharon a los que les conocieron, la campanita con un toque característico, la lata de gas con un agujero cerca del fondo por el que se introducía un pequeño fogón con brasas de carbón para mantener el maní calentito, calentico, o el comienzo de la venta en las últimas horas de la tarde, o la presencia segura en los lugares públicos como el Parque de Céspedes, o la Placita o la Plaza de Marte, que no era mañanero el maní. Pero luego de la pausa mencionada, todos esos elementos desaparecieron y simplemente, repetimos, se vendía maní.

Pero vino de nuevo el cambio, tal vez la competencia, el interés y, mire usted, todas las noches escucho la campana de un manisero que no pronuncia una palabra, no lo necesita, pero todos saben de su presencia. Nuevamente se vende el maní, con el mismo sistema de la lata y las brasas, calentito, calentico y otra vez se ve presente en los mismos lugares público y en el atardecer.

Pues, me retraigo y acepto que es una realidad que no hay nada nuevo bajo el sol, en esta ciudad de maravillas.

Ver también: Maní con dictado rítmico

Desempolvando parques y plazas santiagueras

 

Plaza de la Libertad (Plaza de Marte), Santiago de Cuba 1945

Plaza de la Libertad (Plaza de Marte), Santiago de Cuba 1945

Más de un mes de espera para el reencuentro, y al fin fue. Lástima que no con todos los glamoures esperados. Con ausencias de entrañables y otras de última hora. Con reajuste de programas y sillas vacías. Pero como bien se dijo: “estábamos lo que teníamos que estar”.

Estábamos no pocos fieles a la Peña Cultural “Desempolvando”, que retomó su horario y espacio habitual del tercer viernes de cada mes en el patio interior del Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba (AHPSC); luego de un receso programado en el mes de julio.

El tema de esta nueva edición (ya se pierden en los números en el recuerdo de tantas) se había anunciado desde el pasado mes de junio: los parques y plazas de Santiago de Cuba.

Fue un recorrido extenso, pero ameno; cargado de curiosidades y anécdotas, como las que puede tener cualquier santiaguero que se haya sentado en uno de los tantos parques y plazas que se asientan en la ciudad.

Fue un recorrido que nos llevó (como se hace costumbre en este espacio) desde aquellos orígenes fundacionales, de estricto cumplimiento a las Leyes de Indias, donde la estructura y crecimiento de la villa giraba entorno a la Plaza de Armas; con la iglesia mayor frente a la Casa de Gobierno, y la Casa del Gobernador a un lado de la misma (y de ahí la pregunta; ¿no es acaso Santiago de Cuba, una de las pocas, si no la única ciudad cubana que cumple exactamente con estos dictámenes?); hasta los más recientes parques y plazas de un ciudad que (siempre lo he pensado) pudiera discutirle el apelativo de Ciudad de los Parques a la vecina Holguín.

No es que queramos arrebatarle a los nororientales su epíteto; pero como tal y como ocurre con el trazado urbanístico holguinero, en Santiago de Cuba también es posible encontrar un “eje” de parques y plazas que se extiende en toda la longitud de la urbe.

En alguno de los documentos celosamente protegidos en el AHPSC ya se hacía mención a ese “eje”. Claro que por entonces apenas estaba constituido por el Parque de Céspedes (Plaza de Armas), el Parque José V. Aguilera (Parque Dolores), y la Plaza de la Libertad (Plaza de Marte).

Pero hoy, siguiendo ese recorrido, los transeúntes pueden refrescar del bochorno de una tarde santiaguera, en no pocos parques y plazas que guardan en sí detalles tan curiosos como el del llamado Parque del Amor, en la Avenida Manduley del afamado reparto Vista Alegre, donde se muestra el (quizás) único busto de José María de Heredia Girard, primo del poeta del Niágara, José María Heredia y Heredia; a quien se dedica también un hermoso parque a unos pocos metros de distancia.

También se habló de tradiciones que nacieron asociadas a los parques, como las retretas, esas descargas musicales que amenizan hoy las noches de fines de semana del Parque de Céspedes, y que son motivo de orgullo de la ciudad desde los siglos XVI y XVII.

En efecto, documentos históricos que también conforman los fondos del AHPSC, brindan detalles sobre esta costumbre.

Por ejemplo, en un documento de 1788, se afirma que las retretas, protagonizadas por agrupaciones musicales de pequeño formato, integradas por negros y mulatos, se celebraban los jueves y domingos a las 9 de la noche en verano, y una hora antes en invierno.

Pero, más allá del fin lúdico de esta costumbre, también cumplía por entonces con otra función: al finalizar la última pieza del programa, quedaba señalado el momento justo en que todos debían regresar a sus casas so pena de recibir una multa si permanecían en la calle dos horas después de tocada la ultima nota. ¡Cosas del Santiago colonial!

Parque Zoológico Santiago de Cuba 1950

Vista del primer Parque Zoológico de Santiago de Cuba. 1950

Otros parques y plazas fueron objeto del desempolvar de algunos especialistas invitados, como la MSc Elsa Almaguer, quien brindó algunos detalles sobre la Alameda Michaelsen y el MSc. Alfredo Sánchez, encargado de profundizar en la historia del primer Parque Zoológico de la ciudad (1911), ubicado al inicio de la Avenida Manduley, en la misma entrada del reparto Vista Alegre.

Así, entre historias recontadas, remembranzas y quizás alguna que otra nostalgia de los que lucen canas, transcurrió esta tarde de reencuentro en la que, sin embargo, se extrañaron otras opciones culturales; aunque vale destacar un cierre de lujo con artistas de la Compañía de Teatro Macubá, con la obra “La gran contada”, una de las que tal vez haya sido presentada también, en algún que otro parque de la ciudad.

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Santiago de Cuba y su monumentalidad (IV)

Palacio Municipal de Santiago de Cuba 1955Quizás los santiagueros no lo hayamos descubierto aún, pero este lugar es, realmente, el recinto más espectacular de nuestra añeja ciudad: una revelación de grandes y significativas obras, por valor propio, integradas, a la vez, a los sentimientos y quehaceres de un mundo de gente, que se muestra a cuantos vienen y van por las cuatro vías por las que se pueden acceder a ella. (I, II y III)

Vieja, querida y coqueta –cuya faz ha renovado muchas veces-, y a la que todavía cortejan esbeltos, vetustos y eternos pretendientes, la Plaza de Arma de Santiago de Cuba, o el parque Céspedes, como todos acá le llamamos, constituye, sin lugar a duda, uno de los conjuntos monumentales más atractivos y, absolutamente, en el que más interactúan propios y foráneos; sede de incontables citas de múltiples amores, de peñas fervorosas sobre los temas más polémicos, en la que, las más de las ocasiones, el amor propio lleva ventaja a la razón; bancadas de relatos hiperbólicos y de glorias ficticias, que ganan verosimilitud con la fuerza con que son contadas; áreas de recreos infantiles, añorado escenario, en fin, de varias generaciones, en cuya parte central, un original monumento, erigido en 1953, rinde tributo de recordación perenne a la gesta del 10 de octubre de 1868, al máximo héroe de aquella gesta y Padre de la Patria cubana, a Carlos Manuel de Céspedes.

Mirando al sur, sobre el escaque que marcan las calles Heredia, al frente; Lacret (San Pedro) y Félix Pena (Santo Tomás), por los laterales, y Bartolomé Masó (San Basilio), al fondo, se alza predominante, sobre un promontorio aplanado,la Santa Basílica Metropolitana, cercana ya a los 350 años en este propio sitio (anteriormente, desde 1522, en otros puntos de la ciudad), en la que resaltan no sólo sus altas torre-campanarios y su gran cúpula central, sus puertas enormes, el amplio y acogedor atrio, en forma de U, con su balaustrada de madera torneada, y sus bajos –también en U, en toda la extensión de la lonja, con sus activas entidades culturales y comerciales.

Su aspecto actual, de sobria expresión neoclásica, es obra del eminente arquitecto y urbanista santiaguero Carlos Segrera Fernández, a quien también debe el populoso centro de solaz, los dos edificios que copan todo el lado oriental del recinto citadino: el hotel Casa Granda -activo y con elevada demanda, por supuesto, a solo meses de su centenaria existencia- y la versión moderna del otrora Club San Carlos, hoy sala de conciertos Esteban Salas (altos) y galería de artes Oriente (bajos); obras de las que, por sus estilos y funciones, la ciudad siente especial orgullo; cual lo sintió por otra creación de Segrera: el anterior hotel Venus, abatido por el terremoto de 1932, en cuya área hoy se levanta el moderno edificio del BANDEC, antiguo Banco Nacional de Cuba.

Si de orgullo hablamos, contiguo a esa entidad financiera, abarcando entre ambos todo el segmento dela calle Félix Pena, desde Heredia a Aguilera, se muestra la edificación más antigua de América, con casi 500 años de existencia, lo que fuera la Casa delAdelantado Diego Velázquez, ahora Museo de Ambiente Colonial, rescate glorioso del profesor catalán –santiaguero por amor y condición- Francisco Prat Puig; autor principal –es oportuno decir- del proyecto que hace unos 60 años se materializó en el nuevo Ayuntamiento de Santiago de Cuba, único en su expresión, como síntesis evocadora de la modesta pero valiosa arquitectura colonial santiaguera, rival fraterno, en majestuosidad, de la catedral, a la que mira de frente.

Tomado de Sierra Maestra

Maní con dictado rítmico

Desde una esquina del parque un rítmico golpear metálico se anuncia. Algunas personas insisten con la vista en tratar de hallar la fuente del repiquetear, mientras sus manos hurgan en los bolsillos. De pronto, desde el otro extremo del parque llega un sonido similar, como eco que naciera desde lo más profundo de  una cueva. En un instante, un concierto metálico se apropia de bancos y arboledas, una controversia entre hierros que en su conversación recorren múltiples sonoridades en las que se adivinan los remiendos de una cultura sonera, la clave cubana.

Ambos sonidos se acercan desde sus orígenes, el oleaje sonoro se va confundiendo en un único tableteo de metales hasta convertirse en uno solo cuando se cruzan en el camino. Pudiera pensar el público que asiste fortuitamente a este duelo, que la escena que le sigue emulará con los mejores filmes del oeste; y ya hay quien escucha en sordina la filarmónica, y hace un close up de los ojos de los duelistas. Pero la sangre no llega al río, los revólveres no abandonan las cartucheras, y el único gesto que se inicia por parte de ambos contendientes es un alzar de barbillas a modo de saludo, mientras alzan sus finas varillas metálicas y las descargan, casi al azar, sobre el pequeño trozo de metal que descansa contra la también metálica superficie de la lata.

Cada hombre sigue por su lado y unen al coro de metales la voz que convida: Maní, maní, maní.

Escenas como esta se viven a diario en calles y parques de Santiago de Cuba. La ciudad se ha visto inundada de maniseros que se acompañan de latas medianas, a las que hacen una abertura en su costado inferior para colocar brazas de carbón, y así mantener bien calentitos los cientos de cucuruchos de maní que llenan el interior del envase.

Como ha sucedido con otras inventivas populares (los bicitaxi, los dispensadores de “coppelitas”, etc) los vendedores de maní se han reapropiado de esta tecnología tradicional y ya son pocos los que no anuncian su producto con el golpeteo metálico.

A veces se congregan en un mismo sitio varios de estos maniseros y se puede entonces disfrutar de un simpar concierto en el cual, oídos dotados de musicalidad, serían capaces de identificar las preferencias rítmicas o las aptitudes musicales de cada expendedor.

Quizás se extrañe ese ingenio popular del pregón, inmortalizado en la voz de dos grandes de la cultura cubana como Rita Montaner y Bola de Nieve, pero no se puede negar el espacio que ha ido tomando este repiquetear de metales en la ciudad; a fin de cuentas, pudiera ser este rítmico aullar metálico una nueva forma de canto, reconocida ya por el pueblo, como el preludio de un calientito y rico cucurucho de maní.

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