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Desempolvando parques y plazas santiagueras

 

Plaza de la Libertad (Plaza de Marte), Santiago de Cuba 1945

Plaza de la Libertad (Plaza de Marte), Santiago de Cuba 1945

Más de un mes de espera para el reencuentro, y al fin fue. Lástima que no con todos los glamoures esperados. Con ausencias de entrañables y otras de última hora. Con reajuste de programas y sillas vacías. Pero como bien se dijo: “estábamos lo que teníamos que estar”.

Estábamos no pocos fieles a la Peña Cultural “Desempolvando”, que retomó su horario y espacio habitual del tercer viernes de cada mes en el patio interior del Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba (AHPSC); luego de un receso programado en el mes de julio.

El tema de esta nueva edición (ya se pierden en los números en el recuerdo de tantas) se había anunciado desde el pasado mes de junio: los parques y plazas de Santiago de Cuba.

Fue un recorrido extenso, pero ameno; cargado de curiosidades y anécdotas, como las que puede tener cualquier santiaguero que se haya sentado en uno de los tantos parques y plazas que se asientan en la ciudad.

Fue un recorrido que nos llevó (como se hace costumbre en este espacio) desde aquellos orígenes fundacionales, de estricto cumplimiento a las Leyes de Indias, donde la estructura y crecimiento de la villa giraba entorno a la Plaza de Armas; con la iglesia mayor frente a la Casa de Gobierno, y la Casa del Gobernador a un lado de la misma (y de ahí la pregunta; ¿no es acaso Santiago de Cuba, una de las pocas, si no la única ciudad cubana que cumple exactamente con estos dictámenes?); hasta los más recientes parques y plazas de un ciudad que (siempre lo he pensado) pudiera discutirle el apelativo de Ciudad de los Parques a la vecina Holguín.

No es que queramos arrebatarle a los nororientales su epíteto; pero como tal y como ocurre con el trazado urbanístico holguinero, en Santiago de Cuba también es posible encontrar un “eje” de parques y plazas que se extiende en toda la longitud de la urbe.

En alguno de los documentos celosamente protegidos en el AHPSC ya se hacía mención a ese “eje”. Claro que por entonces apenas estaba constituido por el Parque de Céspedes (Plaza de Armas), el Parque José V. Aguilera (Parque Dolores), y la Plaza de la Libertad (Plaza de Marte).

Pero hoy, siguiendo ese recorrido, los transeúntes pueden refrescar del bochorno de una tarde santiaguera, en no pocos parques y plazas que guardan en sí detalles tan curiosos como el del llamado Parque del Amor, en la Avenida Manduley del afamado reparto Vista Alegre, donde se muestra el (quizás) único busto de José María de Heredia Girard, primo del poeta del Niágara, José María Heredia y Heredia; a quien se dedica también un hermoso parque a unos pocos metros de distancia.

También se habló de tradiciones que nacieron asociadas a los parques, como las retretas, esas descargas musicales que amenizan hoy las noches de fines de semana del Parque de Céspedes, y que son motivo de orgullo de la ciudad desde los siglos XVI y XVII.

En efecto, documentos históricos que también conforman los fondos del AHPSC, brindan detalles sobre esta costumbre.

Por ejemplo, en un documento de 1788, se afirma que las retretas, protagonizadas por agrupaciones musicales de pequeño formato, integradas por negros y mulatos, se celebraban los jueves y domingos a las 9 de la noche en verano, y una hora antes en invierno.

Pero, más allá del fin lúdico de esta costumbre, también cumplía por entonces con otra función: al finalizar la última pieza del programa, quedaba señalado el momento justo en que todos debían regresar a sus casas so pena de recibir una multa si permanecían en la calle dos horas después de tocada la ultima nota. ¡Cosas del Santiago colonial!

Parque Zoológico Santiago de Cuba 1950

Vista del primer Parque Zoológico de Santiago de Cuba. 1950

Otros parques y plazas fueron objeto del desempolvar de algunos especialistas invitados, como la MSc Elsa Almaguer, quien brindó algunos detalles sobre la Alameda Michaelsen y el MSc. Alfredo Sánchez, encargado de profundizar en la historia del primer Parque Zoológico de la ciudad (1911), ubicado al inicio de la Avenida Manduley, en la misma entrada del reparto Vista Alegre.

Así, entre historias recontadas, remembranzas y quizás alguna que otra nostalgia de los que lucen canas, transcurrió esta tarde de reencuentro en la que, sin embargo, se extrañaron otras opciones culturales; aunque vale destacar un cierre de lujo con artistas de la Compañía de Teatro Macubá, con la obra “La gran contada”, una de las que tal vez haya sido presentada también, en algún que otro parque de la ciudad.

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La Monumentalidad en Santiago de Cuba (III)

Por Joel Mourlot Mercaderes

Parque Aguilera Santiago de Cuba,

Parque Aguilera Santiago de Cuba, al fondo la iglesia de Dolores

Aunque ha perdido buena parte de sus encantos originales –y ganado otros, ¿por qué no?-, la Plaza de Dolores es, hoy por hoy, uno de los complejos monumentales más impresionantes y emblemáticos de la ciudad de Santiago de Cuba. (Partes I y II)

Hay, en su bello y «retocado» escenario esa combinación –tan común en esta urbe caribeña- de edificios significativos y de esculturas notables, que hacen de este lugar, ciertamente, un punto atractivo y apreciable, para propios y extraños…

Faltan –es preciso advertir- en su remodelado segmento norte, las casonas distintivas que fueron moradas de los marqueses de la Candelaria de Yarayabo y de los condes de Santa Inés, en cuyas estructuras interiores, o en su solar, se erigen actualmente varios de los restaurantes más apreciados de la ciudad, a los que antecede -sobre una de las dos vías en que se divide la calle Aguilera-un amplio bulevar destinado al servicio turístico.

Frente, en la acera sur, conservando aún el viejo timbre de sus pasadas glorias, se alzan las edificaciones antiguas de lo que es ahora La Taberna Dolores («El Bodegón», para todos los santiagueros) y de lo que fue la imponente vivienda del prócer bayamés Francisco Vicente Aguilera, que, con sus recios e invitadores balconajes, se muestran victoriosas sobre algunos edificios de épocas recientes, nunca tan bellos como esas huellas airosas de los siglos XVIII y XIX; émulas, en fin, de la vetusta iglesia de Nuestra Señora de los Dolores (hoy sala de conciertos «Dolores»), que pese a sus casi 300 años de existencia, conserva casi exacta su imagen externa, sobresaliente en extremo cuando los primeros rayos de sol irradian sobre la ciudad, y no obstante la gigante figura del ya centenario Colegio de Dolores (hoy preuniversitario Rafael María de Mendive), que, contiguo al templo, parece su efectivo guardián.

Cubren la línea del ocaso solar en la plaza, la antigua casa de Antonia Santa Cruz Pacheco, la rica abuela de los Portuondo Tamayo (actualmente restaurante Matamoros); un exponente biplanta de los primeras décadas republicanas y lo que fuera la distinguida tienda de ropas exclusivas «Clubman», que se desparrama hacia la calle Enramadas.

Sin embargo de todos estos atractivos, lo verdaderamente culminante en la plaza es el conjunto monumental en homenaje al insigne patriota bayamés Francisco Vicente Aguilera Tamayo, que centraliza el oblongo parque, harto de sombra de los árboles y de bancadas, destinadas al solaz de los transeúntes y visitantes.

Allí, en efecto, se levanta la gran base forrada de mármol e incrustada por leyendas en bronce, que resumen del pensamiento y de los datos de natalidad y muerte del Héroe, a todo lo cual se anticipa una imagen femenina con algunos atributos que invocan la patria. Y sobre aquel alegórico y estirado pilar de unos 7 o más metros de altura, a cuerpo entero, invocando más las ideas que la la acción, la figura egregia de aquel que fuera uno de los pioneros del separatismo cubano, a mediados del siglo XIX; líder principal de la conspiración que desembocó en la primera guerra cubana por la independencia de España en 1868; el virtuoso revolucionario que supo supeditar sus propios y legítimos intereses a los de la patria –incluido el de liderar la revolución-; el jefe militar de los primeros años dela Guerra Grande, el vicepresidente dela primera Repúblicade Cuba en Armas, y el misionero de esta que fue a la emigración como unificador de las corrientes que allá se opugnaban, y como mendicante patriótico, para allegar recursos a la revolución, cuyo fin no vio, al rendirse a la muerte, el 22 de febrero de 1877, víctima de un cáncer en la garganta.

Le lloraron todos los cubanos dignos, los gobernativos de los Estados Unidos que tuvieron tratos diversos con él, los negros norteamericanos y cubanos, que tuvieron siempre en Aguilera un defensor desinteresado, y cuantos le conocieron en Cuba, Norteamérica y Europa, que lo supieron aquilatar siempre como un hombre cabal, producto que Cuba brinda a la ejemplaridad universal.

Tomado de Sierra Maestra

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