Santiago en mí

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De Santiago los personajes…

Les llaman «personajes populares». Algunos realmente lo son. Otros se acogen al eufemismo que los equipara con los primeros, aunque no salgan en las revistas y ni en las promociones que venden esta ciudad folclórica.

Todos tienen su minuto de gloria: el de lograr atrapar la atención de muchos, detener momentáneamente el tránsito feroz de personas por la populosa Enramadas y salir, en el mejor de los casos, con unos pesos de más.

Para ello se valen de las armas que tienen. Unos, la propia personalidad, esa que sin emitir palabra alguna los identifica, los define para el resto de sus congéneres, los exalta a símbolo de una ciudad que desde El diablo rojo y El caballero Roberto, quizás, había quedado huérfana de similares. Otros, son menos sutiles. Arman su tinglado en medio de la calle y comienza el espectáculo.

Cantos y bailes suelen ser los ingredientes más comunes: el que imita a grandes músicos; el que revienta el cuero de placas radiográficas y cubos plásticos, para que su «partenaire», con su vejez semidesnuda, ejecute sin igual danza.

Otros, sin embargo, acuden a destrezas dignas del Discovery Channel o cualquiera de los otros programas transmitidos por Multivisión. Para demostrarlo anda por ahí, convertido en píxeles, de memoria en memoria, a la velocidad del paquete, ese que introduce por su nariz cuando objeto alargado encuentre: lapiceros, trozos de metal, hasta la punta de un fino taladro; siempre ante la mirada atónita, estupefacta, incluso asqueada, de numerosos transeúntes.

No le hacen daño a nadie, podría decir alguien. Y no le faltará razón. Más allá de la estética de cada uno de estos personajes, o de la aceptación o no que tengan en determinado sector poblacional, lo cierto es que están ahí, formando parte de este Santiago de hoy. Si prevalecerán o no, solo el tiempo lo dirá. Por lo pronto, algunos de ellos serán protagonistas el Segundo Festival de Personajes Populares, en el céntrico parque Serrano, que es como decir, en casa.

Unos metros más lejos, mientras tanto, otros personajes seguirán mostrando a la ciudad, una imagen menos folclórica y mucho más discutible.

Bertha La pregonera será una de las protagonistas del Festival de Personajes Populares

«De Labra», o «Parquecito Serrano»: recodo palpitante de mi ciudad

Por: Joel Mourlot Mercaderes

Sobre una superficie de unos 300 metros cuadrados, poco más o menos; justo en un recodo de la antigua y siempre populosa Calle de las Enramadas (que aún nadie nombra por su designacin oficial: José A. Saco), entre las señaladas otrora como Calle de la Carnicera (hoy Pío Rosado) y la de San Bartolomé (Quintín Banderas), con el segmento de fondo del Callejón del Carmen; en fin, en uno de los puntos más céntricos que pudieran señalarse en la ciudad, se halla este animado y sombreado recinto de Santiago de Cuba

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Ver: Artculos relacionados

Otra vez el Parque Serrano

Recientemente logré sentarme a una de las mesas en que, día a día, decenas de santiagueros, de diferentes edades, exponen sus estrategias al mando de los trebejos blancos y negros del ajedrez, bajo las sombras escurridizas de los árboles que adornan el Parque Serrano de esta ciudad, en la céntrica calle Enramadas.

Por unos minutos fui protagonista de una de las escenas ya cotidianas de este parque santiaguero; el combate de tradición silenciosa y meditabunda que aquí transmuta sus silencios protocolares el ambiente bullicioso del nuevo escenario, donde las únicas batallas no son la de los ejércitos de reyes y damas, sino que desde muy cerca, se libran otros combates, de mayor arraigo popular, entre las rectangulares anatomías de las fichas del dominó. Entonces, parece que los trebejistas se contagian de los exaltados comentarios que sellan cada mano del dominó, altisonante disertación sobre los principios del juego, y análisis milimétrico de las jugadas que, por hechas, ya no serán repetidas; y ellos mismos, los ajedrecistas, hablan sus pensamientos, a veces con ribetes de burla o reto, o simplemente en monótono murmullo de frases cuyo sentido depende de la batalla que se libra en el terreno de las 64 casillas. Puede suceder, incluso, que sin previo aviso, y ante la sorpresa de las mesas de combate y los pasos de los transeúntes, tres actores se adentren en los vericuetos dramáticos de una obra teatral, logrando, poco a poco, detener, primero incrédulos, luego curiosos, y finalmente expectantes, a los santiagueros que esas horas rebosan la arteria antes Ancha; quienes quedan a la espera ansiosa del fin de la historia de la mulata y los dos negritos.

El Parque Serrano exuda vida por todo su perímetro. Centro improvisado para el esparcimiento de sus ciudadanos, quienes doman sus duros granitos mientras degustan una merienda, juegan sus partidas de ajedrez o dominó, hurgan entre las ventas de bisutería, dejan correr el tiempo a la espera del curso de turno en las modernas aulas del Palacio de Computación, o simplemente disfrutan de la actuación del Órgano Oriental (instrumento del cual, necesariamente, tendremos que hablar en alguna oportunidad en este blog).

 

Vista de la antigua Oficina de Obras Públicas (1950) justo donde hoy se alza el Palacio de Computación en la calle Enramadas, frente al Parue Serrano

Cuando recorro la vista por este parque palpitante, me gusta adivinar cómo eran sus esquinas en aquellos años del Parque de la Carnicería, o en cual de sus extremos se habrá alzado la ignominiosa figura de la picota. Pero a veces resulta difícil sobreponer esas imágenes centenarias a la estampa mucho más reluciente de estos días.

Sin embargo, se descubre indignado la huella indolente de un cesto ausente, y se disparan las señales de alarma ante un posible futuro de desidia. Vienen a mi mente entonces, las quejas vertidas, allá por la década del cuarenta del pasado siglo, por los editores del Boletín ACCIÓN CIUDADANA en un artículo que, bajo el imperativo título de “Lea usted esto alcalde”, se lamentaban del estado deplorable en que permanecía por aquellos años el parque Serrano. En el número 4 del mencionado Boletín, se lee la protesta:

“(…) Todos conocemos el proceso condenable mediante el cual el parque Serrano se ha metamorfoseado en una cocina pública donde se cuela café, se fríen buñuelos, se lavan cacharros; y donde, desde luego, ya nadie puede sentarse a descansar o tomar el aire polvoriento de la ciudad, ni llevar sus niños a que tengan lo que la frase tan conocida califica de “un poquito de expansión”…

Un buen día (…) llegó un señor con su tablero de dulces baratos en torno al cual las negras moscas hacían rondas reverentes; luego, al del tablero le siguió un colega (…) y después fueron billeteros, expendedores de café, prú y heladillos. (…) Hoy las aguas de fregados corren por el piso, se elevan puestecitos por doquier, (…) y del parque Serrano no queda en realidad más que el nombre”

En ese mismo artículo se advertía sobre el mismo derrotero por el cual se encaminaba el cercano Parque del Carmen. Expresaban su alerta, los Editores del Boletín, en los siguientes términos:

“Hay que evitar ahora que la plaza del Carmen se convierta con el andar de los días en el mercado del Carmen.

Va camino de ello. Ya hay en el frente de esa plaza una fila de expendedores ambulantes súbitamente sedentarizados. Todavía no se cuela allí café ni se fríen buñuelos, peor ya las personas que quieren entrar al parque tienen que hacerlo por sus costados, no invadidos aún.”

Y sentenciaba el Boletín a modo de conclusión:

“ACCIÓN CIUDADANA da a tiempo el aviso para que no se empeores el desdichado aspecto de nuestra ciudad. Ud. tiene ahora la palabra, señor Alcalde Municipal.”

En estos recuerdos andaba cuando una pequeña niña llegó corriendo desde la cercana Enramadas, con un papel entre sus manitas y, en un inmenso gesto, casi con cariño, lo deposita en uno de los cestos sobrevivientes, que se mantienen incólumes con sus bocas insaciables abiertas. La pequeña, sin percatarse de su maravillosa acción, se aleja sonriente al encuentro con su madre, padre, o ambos, más allá de mi vista. La escena me roba una sonrisa de satisfacción mientras pienso que no todo está perdido. El parque no está amenazado por los vendedores ambulantes que acá, no lo son tanto, y mantienen alejado su “sedentarismo”; no hay más mercado que el de las bisuterías, y ese, no desangra sus restos hacia el pavimento.

Quizás muchos de los concurrentes al parque perdieron la oportunidad de ser testigos activos de esta escena, inmersos entre escaques, puntos y discusiones; en fin, en la costumbre de su día a día como parte viviente del parque. Poco a poco voy uniéndome al concierto rostros concentrados sobre el tablero. Los recuerdos quedan pospuestos hasta hoy. El parque de los mil nombres permanece como acogedor escenario para el esparcimiento de los santiagueros. En uno costados, el Callejón de Carmen exhibe sus renovados adoquines, en coqueto gesto que hace un guiño de vanidad a su vecino. El bullicio de la calle y los jugadores de dominó, van apoderándose del ambiente; mientras yo analizo la próxima jugada de mi torre, con la cual quedará definida de una vez y por todas, el destino de mi partida.

 

Paseando por Enramadas (II)

Enramadas desde sus curiosidades

¿Dónde dice Enramadas?

Cuando descienden el zigzagueante recorrido de Enramadas, los ojos habituados a sus contornos, de tanto desandarla, parecen no advertir que en ninguna de las fachadas de sus edificaciones queda registrado el nombre dado por la población a esta arteria; en su lugar aparece, guardado entre las sucias aristas de los identificadores rectangulares, el nombre de José A. Saco; última de las denominaciones impuestas a la rúa que, sin embargo, hoy se utiliza solamente en documentos oficiales, cartas u otros menesteres que impliquen cumplir con lo establecido, más allá de la tradición popular.

El primer museo-biblioteca de Cuba

primer museo y biblioteca de cuba

Esta edificación fue una por las cuales desandó el primer museo municipal de Santiago

El 12 de febrero de 1899, en la casa marcada con el número 25 de la calle Santo Tomás baja, entre San Germán y Trinidad, el ilustre D. Emilio Bacardí fundó el primer museo municipal y biblioteca de Cuba.

Esta institución peregrinó por otros sitios de la ciudad antes de ocupar de forma definitiva la edificación actual de la calle Aguilera, bajo el nombre de su fundador. En diciembre de 1904, el museo se trasladó hacia un local, que perteneciera al cuartel de la policía, en la calle Enramadas número 125, al lado del Teatro de la Reina. En ese sitio una pequeña tarja colocada en el 2005, recuerda la presencia de la importante institución cultural.

Antes, había permanecido unos años, en una casa de la calle San Francisco, número 13 altos, también señalada por una breve tarja.

El Parque del Ajedrez

Así se denominó al parque creado en la década del 60 del pasado siglo, como parte de una iniciativa por fundar nuevos espacios para el esparcimiento de la población santiaguera.

Ubicado en Enramadas esquina a San Félix, frente al antiguo Hotel Imperial (hoy en ruinas), justo en el espacio que ocupara la residencia del patriota, periodista y escritor Diego Vicente Tejeda; se caracteriza por una curiosa estructura en forma de terrazas, la cual le permite adaptarse a los cambios altimétricos del lugar.

Vista aérea del Parque del Ajedrez

En el segundo piso de su construcción, se ubican unas mesas hexagonales en cuyas superficies se reproducen tableros de ajedrez. Sin embargo, en mis años de vida, no recuerdo haber visto jugar una partida de este deporte-arte-ciencia sobre sus tableros de cemento, tal vez porque, apenas a unas dos cuadras, se localiza la Academia Provincial de Ajedrez José R. Capablanca; aunque no dudo que otros sí hayan sido testigos del atrayente espectáculo de ver a dos personas enfrentadas ante un tablero poblado de trebejos.

El parque de los “mil nombres”

Quizás no tanto como mil, pero el conocido por todos los santiagueros como Parque Serrano, ha sido rebautizado varias veces desde que se construyera en la década del 70 del siglo XVII; aunque, como ocurre con frecuencia, finalmente sea llamado con el nombre escogido por la tradición popular.

Nació bajo la denominación de Plaza de la Carnicería, en referencia al sitio donde se ubicaba, precisamente frente al Mercado-Carnicería de Enramadas, al cual hicimos mención en la primera parte de esta entrada. Cargó con este nombre hasta principios del siglo XVIII, cuando en su extremo más oriental, se colocó el tronco de la picota en el cual se castigaba con azotes a los esclavos, fugitivos y delincuentes de diversas naturalezas. Entonces, comenzó a ser llamado Plaza de la Picota.

Pocos años antes del inicio de las guerras por la independencia, el parque recibió un nuevo nombre, esta vez el de Parque General Serrano, abreviado por la población a Parque Serrano, nombre con el cual llega a nuestros días, a pesar de que en 1927, aun recibiría una nueva denominación que es, en realidad, su nombre actual: Parque de Labra, en honor al antiesclavista habanero Rafael María de Labra Cadrana. En su centro se observa un hermoso conjunto escultórico erigido, precisamente, en honor a Rafael M Labra, y donde aparecen también Juan Gualberto Gómez y Manuel Figueroa.

Parque Serrano

Vistas del Parque Serrano

Para los ojos curiosos, una tarja devela estas historias con las siguientes palabras:

Este parque fue construido en 1670 con el nombre de Plaza de la Carnicería y en 1700 se le conoció por Plaza de la Picota. Reformado en 1861 se le impuso el nombre de Plaza General Serrano, y en 1927 el Ayuntamiento lo rebautizó con el nombre de Rafael M. Labra.Totalmente reconstruido por iniciativa del Alcalde Municipal Maximiliano Torres Sánchez. 1958”

Una última curiosidad: en este parque hoy sí es normal ver a decenas de santiagueros disfrutando de una partida de ajedrez.

Hoy Enramadas guarda en su trayecto muchas de las bellezas de antaño, sobrevivientes de un afán modernizador que lamentablemente barrió con hermosas columnas, balcones, balaustradas y otros adornos de singular hermosura, para dar lugar a frías vidrieras, columnas de corte recto y otras construcciones de dudoso gusto; amén de otras formidables construcciones que permanecen en el limbo de la desidia y las ruinas. Pero esto no amilana a santiagueros y visitantes de esta urbe que, tal y como lo han hecho durante 495 años, acarician con sus pasos, el sinuoso pavimento de la Calle de las Enramadas.

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