Santiago en mí

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Ni tan feo, ni tan equivocado

Ya es cosa común en nuestro país, que los correos electrónicos se conviertan en escenario de encendidas polémicas de todo tipo. De una máquina a otra, a la velocidad de un clic, viajan opiniones, réplicas y contrarréplicas de temas de los que, en muchas ocasiones, apenas si nos hemos enterados, o cuyos orígenes, en el peor de los casos, se pierden en el maremágnum de mensajes hasta ubicarse en límite traicionero del mito.

El caso que provoca estas líneas, afortunadamente, no es de estos últimos.

A mi correo llegó un mensaje con un documento adjunto bajo el nombre de “El santiaguero feo y su respuesta”. Se trata de la transcripción del artículo “El Santiaguero feo”, publicado en el número 51 de la revista Viña Joven, del Centro Cultural y de Animación Misionera San Antonio María Claret, y firmada por el MSc. Rafael Duharte Jiménez; y la réplica que al mismo hace la Casa del Caribe, a modo de Editorial (sic).

El primer artículo tuve la oportunidad de leerlo a pocas semanas de presentado el referido número de Viña Joven, luego de una segunda presentación en la peña “Crónicas de mi ciudad”.La respuesta de la Casa del Caribe, no pude leerla hasta hoy, aun cuando ya me habían comentado de su existencia.

Al MSc. Rafael Duharte lo conozco personalmente, aunque aprendí a admirar su trabajo como historiador y ensayista desde mucho antes, cuando tuve acceso a algunos de sus libros. Sin embargo, al leer “El santiaguero feo” quedé algo decepcionado; no tanto por el contenido, con el cual tengo muchos puntos de coincidencia, sino por la forma y el tono en el que fue escrito, muy lejos (a mi humilde entender) de la sobriedad de sus otros ensayos. En otras palabras, percibí “El santiaguero feo”, como una catarsis del autor, ante la imagen de una ciudad que le duele (como también me duele a mí y a muchos otros que conozco).

Ahora bien, una cosa es la catarsis diaria, el golpe en el pecho que da ver la ciudad convertida, por algunos, en urinario público; la dejadez, la apatía que se nota en algunas instituciones culturales; ante “el pesimismo” y la “baja autoestima”; una cosa es (repito) esa catarsis personal y otra la responsabilidad adquirida al llamar la atención sobre esos males en un medio público. En estos casos queda por sentado el derecho a la réplica.

En esta ocasión (hasta donde sé) viene de la Casa del Caribe, aunque no sé dónde salió publicado, o si se publicó.

Como me sucede con el artículo de Duharte, con la réplica comparto criterios y otros no. Quiero detenerme en un fragmento del texto de la institución santiaguera, donde expresa:

Cuando nos acercamos al concepto de crisis que alude a rupturas radicales de la vida normal de un individuo, grupo o institución, no es aplicable respecto a la cultura santiaguera y mucho menos considerarlo como un panorama en el que predominan las sombras. [la negrita es mía].

Con esta afirmación asume la posición totalmente opuesta a la planteada por Duharte cuando expresó:

¿Existe alguna crisis en la cultura santiaguera? Un somero análisis de la creación local en los últimos años en materias como cine, literatura, música, artes plásticas o danza —salvo las excepciones de rigor— muestra un panorama en el que predominan las sombras.

Luego, en esta confrontación de criterios, ¿quién tiene la razón?, ¿a qué conclusión pueden llegar quienes lean, en sus bandejas de entradas, ambos razonamientos? La respuesta a esta pregunta estará ineludiblemente ligada a la experiencia personal de cada quien; de ahí que, cada bando tendrá sus seguidores acérrimos.

En estas líneas quiero dejar asentada mi perspectiva, al menos, en cuanto al aspecto citado se refiere:

El Editorial de la Casa del Caribe se extiende en ejemplos con los que intenta demostrar que, en efecto, la cultura santiaguera no está en crisis. Hago notar, empero, que si bien es imposible negar la existencia de tales eventos, instituciones, resultados, su mera mención no implica, per se, que sean muestra de la buena salud de la cultura en la provincia.

El espejo de nuestra ciudad nos devuelve también la más fuerte tradición musical no solo en eventos de rigor como los festivales de la trova y el son, además del festival de jazz recientemente instaurado y protagonizado por jóvenes talentos locales que han hecho del [también nuevo] Iris Jazz Club un lugar significativo para la vida nocturna como para dejar de bostezar entre festivales, Ferias del libro y carnavales. Argumenta la institución santiaguera. Pero me permito disentir, si hago notar que, en este mismo blog, he hecho notar que eventos como el Festival del Son y de la Trova, han desaprovechado espacios públicos que, por momentos, parecen desconocer que en la ciudad se desarrollan eventos de esa magnitud.

La mención del Iris Jazz Club como “lugar significativo para la vida nocturna” tampoco me parece la más feliz, cuando el mismo aún no ha demostrado ser capaz de atraer a un público habitual; todo lo contrario, en no pocas ocasiones, los artistas han tenido que cancelar sus actuaciones por falta de público.

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El Iris Jazz Club, todavía dista mucho de ser realmente «significativo para la vida nocturna santiaguera». Foto: www.albertolescay.com

Más adelante el Editorial-respuesta hace referencia a los encuentros con destacados intelectuales cubanos coordinados por la escritora Aida Bahr con masiva participación de estudiantes universitarios. Otra vez me permito disentir pues, por un motivo u otro, esa masividad, no ha sido una regla en cada encuentro, como lo demostró la reciente visita de Zaida Capote y Jorge Fornet.

Por el contrario, si es cierto que en varios eventos de este tipo, se ha notado la ausencia de estudiantes y profesores universitarios, incluso, de carreras afines como Sociología, Historia del Arte, Comunicación Social y Periodismo. La cuenta es rápida, entre todas ellas, con cinco años docentes cada una y una media de 20 estudiantes por grupo, es para que los eventos culturales de esta ciudad, contaran con un público (supuestamente afín) que superara habitualmente el medio centenar.

En cambio, he visto sábados del libro (también mencionado como ejemplo por Casa del Caribe), en lo que a duras penas se sobrepasa la decena en el público y pocos, muy pocos, son estudiantes de la Casa de Altos Estudios.

Razones para explicar estos comportamientos pueden existir muchas, entre ellas la promoción, la ausencia de espacios habituales para la crítica cultural (el espacio del Sierra Maestra, ni alcanza ni siempre se usa para esto), la vocación e interés personal de esos jóvenes estudiantes que debieran convertirse en promotores y críticos de estos y otros sucesos en la ciudad.

De la televisión no hablaré aquí pues los asiduos al blog deben saber de sobra mi opinión al respecto, pues es un tema (de cierta forma) recurrente en el mismo. Tampoco de la Feria del Libro, por las mismas razones.

En tanto, algo llama mi atención tanto en el artículo de Duharte y la réplica de Casa del Caribe, ninguno hace mención de las peñas culturales que de un tiempo acá pululan en la ciudad y que, a mi modo de ver, son una muestra de que hay personas interesadas en “hacer” por la cultura de esta provincia.

El público que asiste (una y otra vez) a espacios como La peña del Menú, Página Abierta, Café Concert, Crónicas de mi ciudad, Atrovamiento, por solo citar unos pocos ejemplos que me son cercanos, dista mucho de ser de los santiagueros que describe Duharte en su texto, distan de ser “feos”, y sienten y se duelen de la ciudad tanto como él, como yo, como muchos.

peña del menu 1

La Peña del Menú, del trovador José Aquiles, es una de las de mayor convocatoria en la ciudad

Nunca me han gustado las generalizaciones, esas que nos tildan de palestinos (sin que aún logre definir cuándo este término perdió la cualidad de calificar a los dignos habitantes de un país, para convertirse en algo peyorativo), o que en La Habana pusieron en duda mi origen por el simple hecho de ser blanco y no decir negüe. Nunca me ha gustado ninguna de las perspectivas excluyentes de blanco o negro; y de esas están llenas ambos artículos.

Me parece válido que se den estos debates, no solo en Viña Joven, u otra publicación periódica, o por los correos; sino también en esos espacios disponibles para el intercambio de ideas, para analizar por qué no asiste público a un teatro, a un cine, a una presentación de un libro; dónde fallan los mecanismos de divulgación, de promoción; de organización.

Algo es cierto, una ciudad (un país) es las personas que la viven. El salvarla depende de muchos. Siempre habrá quien prefiera delinquir, pero también habrá muchos que prefieran seguir apostando por la vida, por el arte, por el bien común. Esos son los imprescindibles y ahí están, basta mirar al lado, incluso, en esos que por una razón u otra, por el trajín diario, no asisten a cuanto de bueno se hace en la ciudad, pero la sienten igual y cuando sea el momento de dar una mano, de seguro se podrá contar con la de ellos.

Sencillamente no somos tan feos, ni el profesor Duharte está tan equivocado.

Noel Pérez García

Una nueva forma de conocer la Historia de Santiago de Cuba

Por estos de octubre y los que vendrán de noviembre, medio centenar de santiagueros representantes de un amplio espectro de razas, edades, formación académica y oficios; hacen caso omiso de sus diferencias (si es que las hay) para compartir un interés común: la historia de su ciudad.

Sigue el Centro Cultural Francisco Prat Puig haciendo gala de su nombre y protagonizando mucho de lo mejor que en materia cultural acontece en Santiago de Cuba. Ahora llega como espacio propicio (amén del ruido de la populosa calle aledaña) para un curso de postgrado de características especiales dedicado enteramente a la historia de la séptima de las Villas fundadas tras la conquista española.

El autor principal de esta idea es el historiador y docente santiaguero MSc Rafael Duharte Jimenez, a quien Santiago en mi se acercó para conocer un poco más sobre la interesante iniciativa.

Rafael Duharte y Reinaldo Cedeño. Foto:La isla y la espina

Rafael Duharte (izquierda) junto al periodista santiaguero Reinaldo Cedeño. Foto:La isla y la espina

Autor de numerosos libros y artículos sobre la historiografía santiaguera, el profesor Duharte nos comenta sobre los orígenes y objetivos de este Curso:

El curso surgió hace más de una década con el objetivo de ampliar los conocimientos sobre la historia de Santiago de los trabajadores de la oficina del Conservador de la Ciudad. Luego se amplió, en coordinación con el centro de Superación de Cultura. Provincial,  a todos aquellos interesados y se le dio rango de curso de post grado.

Pretende ofrecer una visión panorámica desde la prehistoria hasta la modernidad, intentando abordar cuestiones medulares de la historia de Santiago. Se trata de un esfuerzo de síntesis que en nueve o diez encuentros de dos horas, le proporcione al alumno una información básica, algunas ideas importantes sobre las cuales reflexionar e información sobre las fuentes en las que puede completar sus conocimientos de los temas abordados.

Desde una de las primeras clases, donde se abordan aspectos relacionados con la prehistoria de Santiago de Cuba, temática poco tratada hasta años recientes, incluso obviada en textos clásicos de la Historia de esta ciudad; el curso muestra varias características que no solo lo distinguen de otros similares, sino que aporta un gran atractivo para los interesados. El también guionista y conductor del popular espacio “La historia y sus protagonistas” nos comenta al respecto:

Esto es un curso que se aparta de la historia tradicional que pone énfasis en los procesos políticos y económicos; nuestro enfoque es desde la historia de la cultura, es decir, incluimos asuntos que generalmente están fuera de los libros como puede ser la llegada del hielo a Santiago o la evolución del carnaval.

Pero, ¿existe realmente la necesidad de un curso como este? El profesor Duharte nos brindó una valoración sobre el conocimiento de la historia local en nuestra provincia:

Pienso que es muy pobre, incluso entre las personas ilustradas. Este curso es un pequeño esfuerzo por incrementar el conocimiento de nuestra historia. Hace unos años descubrí otro vehículo, la televisión, tengo ya una historia audiovisual de la cultura santiaguera, (el programa “La Historia y sus Protagonistas”) que va por los 160 programas, sale todos los miércoles en Tele turquino (canal provincial) y los viernes  7.30 pm  en el Canal Educativo 2 (uno de los cinco canales nacionales), ahora si tenemos millones de personas asomándose a la historia de nuestra ciudad.

Para los que nos acercamos por primera vez a esta iniciativa, nos queda una curiosidad. ¿Cuánto ha evolucionado el curso luego de diez años, tanto en la recepción de personas interesadas, como en los contenidos impartidos? El MSc. Rafael Duharte responde:

El curso siempre ha logrado una buena matrícula, generalmente superior a la media de los cursos de este tipo. Todos los años introduzco elementos nuevos no solo de contenido, sino metodológicos .En ocasiones invito especialistas para comentar algunos temas o doy la clase en un lugar vinculado con los hecho que abordamos .Todo depende de las características del grupo, siempre son muy heterogéneos y la retroalimentación es distinta .En general trato de mantener un nivel alto de creatividad pedagógica y rompo todos los esquemas de un curso a otro.

Esa ha sido, sinceramente, la impresión dejada por las dos primeras conferencias del curso, en quienes hemos tenido la posibilidad de formar parte de la experiencia. El próximo martes 16, en horas de la mañana, medio centenar de santiagueros estarán atentos a cada nuevo dato aportado por el destacado investigador santiaguero.

Muchos no podrán salir del asombro ante la nueva imagen que este curso aporta de una ciudad que, camino a sus quinientos años, no deja de sorprender.

 

Barrios sin postales

Por estos días disfruto del exquisito barroquismo carpenteriano, que en esta ocasión me llega desde las páginas, ya amarillentas, de “Los pasos perdidos”, perteneciente a la Colección Biblioteca Alejo Carpentier; “la novela de remontarse en el Tiempo”, tal y como la definiera su autor. En este viaje por tierras americanas, acompañado de la prosa culta de Carpentier, tropiezo con el siguiente párrafo, en el cual el narrador brinda las impresiones a su llegada a un pequeño pueblo cerca de la selva americana:

“Nada de lo que se ofrecía a la mirada era monumental ni insigne; nada había pasado aún a la tarjeta postal, ni se alababa en guía de viajeros. Y, sin embargo, en este rincón de provincia, donde cada esquina, cada puerta claveteada, respondía a un modo particular de vivir, yo encontraba un encanto que habían perdido, en las poblaciones-monumentos, las piedras manoseadas y fotografiadas. (Los pasos perdidos,capítulo VII, p62)”

Mientras lo leía, una y otra vez, no podía dejar de pensar en Santiago, o mejor, en esos barrios santiagueros que tampoco han pasado a la tarjeta postal ni se alaban en guías de viajeros, pero en los cuales también se puede encontrar “el encanto” de toda una ciudad, lo “real maravilloso santiaguero”, como bien definiera el historiador Rafael Duharte en su apropiación del término carpenteriano. Barrios como los que abundan en toda Cuba, en todo el mundo (como demuestra Carpentier). Barrios, por qué no, como el mío.

Luego, pues, permítaseme el chovinismo provinciano de dedicarle esta entrada a ese breve espacio de la ciudad donde he vivido gran parte de mis décadas; y sirva a la vez de homenaje, a otros espacios de esta ciudad con semejantes o mayores méritos para dedicarle unas líneas.

Mi barrio se llama Sorribe (ó Sorribes, según como lo decida el habla popular), probablemente debido al apellido de los propietarios de estos terrenos, quizás los mismo Sorribe que vivieron, curiosamente, unas calles más allá de los límites de las poco más de veinte cuadras que conforman el barrio tal y como es hoy.

Estos límites de los cuales hablo están bien definidos: al sureste la Carretera Central o Avenida de los Libertadores, que lo separa del Reparto Sueño; al suroeste el Paseo Martí, que lo pone a las puertas de la ciudad más antigua; al noroeste la llamada Carretera de Cuabitas o sencillamente Cuabitas (Avenida Patricio Lumumba), que apenas lo separa de su semejante de Los Olmos; y al norte noroeste, Calle 10 de Sorribe, última de sus arterias y límite con el Reparto Santa Rosa.

Cuenta Sorribe con unas pocas calles dispuestas en desordenada simetría, con dos largas rúas preponderantes que lo recorren desde su límite sur hasta el norte, éstas son: calle primera y calle tercera, paralelas a otras más cortas, con ínfulas de callejones. De calle tercera ya había comentado antes, en este blog, una curiosidad: los diversos nombres por los cuales ha sido conocida en su historia hasta llegar a quedar con el definitivo apelativo numérico; antes fue Prolongación de Cuartel de Pardos, luego Prolongación de Barnada, más tarde General Chávez, hoy, tercera. En sus coordenadas este-oeste, el barrio asciende (desciende en el plano inclinado de su lomas) de a pares, desde la calle 2 hasta la calle 10, no sin antes encontrarse también con algún que otro resabio de callejón.

El recuerdo que descubro de Sorribe entre los hilos escurridizos de la memoria aun tersos de la memoria de mi abuelo, es el de un barrio de calles sin pavimento, de tierra, con zanjas a ambos lados para el escurrir de las aguas, de lluvia o las vertidas por los propios vecinos. No existía un sistema de alcantarillados y abundaban las letrinas. Las pocas casas de la zona, donde lo que pululaban eran las cuarterías (solares o ciudadelas), se alumbraban, en su mayoría, con velas o keroseno, pues la luz eléctrica no les era accesible a todos. No fue sino hasta después de 1959, que las calles fueron apiladas y se les colocó unas especies de grandes losas de concreto a forma de pavimento, además de construirse su sistema de alcantarillado y aumentar el número de casas, en detrimento de los solares, los cuales, aún, no son pocos.

Por aquellos años de calles terrosas existían en el barrio algunas construcciones de las cuales hoy queda sólo el recuerdo en los más viejos. El final de Cuartel de Pardos (calle tercera) se ubicaba la clínica particular del Dr Suárez, más hacia arriba, en calle 2 y Cuartelillo (hoy General Guerra), una fundición; y justo a mitad de camino entre ambas, en la esquina de calle 6 y primera, ocupaba un amplio espacio una nave-taller que fue propiedad de Ómnibus Oriental, primero, y luego de Ómnibus La Cubana, en el cual se construían ómnibus artesanales (sic). Años más tardes este taller pasó a formar parte de la Empresa de Festejos y en él se fabricaban las Carrozas y Muñecones que desfilaban en cada carnaval santiaguero. Ocupaba casi la mitad de toda el área de la cuadra que limitaban las calles primera, calle 4, tercera y calle 6; y allá por la segunda mitad de los noventa, fue devorado por un inmenso incendio que además destruyó una escuela primaria que compartía paredes con el sitio. Las imágenes del siniestro permanecen perfectamente definidas en mi memoria. No ha sido el único incendio ocurrido en el barrio, justo en la esquina de tercera y calle 8, una casa también fue pasto de las llamas, hace tanto, que la estructura que en la actualidad presenta ha desplazado de mi mente a la edificación anterior. Incluso mi casa tuvo su historia de fuego, que, por suerte, no pasó del prólogo.

Cría fama y …

Por aquellos años de mi infancia, Sorribe era uno de los llamados barrios marginales, con toda la carga despectiva que esa palabra pueda acarrear sobre sus espaldas. Se creo una fama de que ni la policía podía entrar allí. Cierta o no, cuando las riñas tumultuarias ocupaban todo el espacio de una cuadra (y esto ocurría con no poca frecuencia), sólo los carros de la Brigada Especial de la Policía Nacional podía imponer el orden.

En la actualidad, ya no es igual. Tal parece que la generación de los grandes disturbios quedó atrás, y ha surgido una nueva, que, aunque no menos marginal en muchos aspectos, se mueven por intereses que los alejan de la ley selvática de imponerse a los golpes. Aún, muy de vez en cuando, el barrio se anima a la menor discusión. Basta que se sienta el crujir de una botella contra el piso, o el estruendo de una obscenidad en el ruidoso ajetreo de la normalidad, para que las calles se desborden de curiosos (chismosos sería la mejor definición), que en ocasiones llegan (misterio que está por descubrir) desde los barrios vecinos, a la velocidad de la luz, como si cada quien esperara tras la puerta al primer signo de conflicto, para salir “disparado” a convertirse en testigo presencial del hecho, porque no es igual que te lo cuenten. Supongo que son resabios de tiempos pasados. A veces yo mismo me he sorprendido, en medio de una aburrida tarde de domingo, deseando que se arme alguna “bronquita” para que se “entretenga” un poco el día.

De todas formas, todavía dices Sorribe, y te miran con «mala cara».

Ese mismo carácter bullanguero del barrio es, sin embargo, lo que le da su “encanto”. Las calles siempre están concurridas. El mejor lugar para refrescar el calor de estas tierras es la “puerta de la calle”, desde donde, además, se puede saber vida y milagro de los vecinos con tan sólo mirar por el rabillo del ojo, y mantener oídos atentos al menor aumento del tono de una conversación. Vecinos que, sin embargo, son los primeros en acudir en ayuda ante una necesidad, sin importar quemarse un brazo al empujar un refrigerador para salvarlo de las llamas, o saltar por sobre las barandas de un corredor de más de dos metros de altura, cargar en brazos el cuerpo inmóvil de mi abuelo y llevarlo corriendo por más de cuatro cuadras hasta el cuerpo de guardia de urgencias del Hospital Provincial Saturnino Lora. Vecinos que se llaman de una esquina a otra a pleno pulmón, para saludarse o decirse los más íntimos recados. O que permanecen en el portal de la casa ajena hasta cerca de las diez de la noche, sentadas cómodamente, como si de su propio hogar se tratara.

Personajes y situaciones curiosas hay por doquier. Ahí está Cecilia, una negra flaca de edad indefinida, bailarina y cantante aficionada, que lava y plancha para la calle, fanática a cuanta telenovela transmiten a tal extremo que, a sus labios, los vecinos pierden sus nombres por el de los personajes de turno. Por allí desanda Pasitico, un “loco sano” con ínfulas de grandeza, que cada vez que ve algo mal hecho dice que ya se lo tendrá que decir al Comandante. El rasta que durante años durmió sobre un  “colchón desnudo”, a la intemperie, y que hoy se ha construido su propia casita de madera, en uno de los espacios dejado por el desaparecido Taller de Festejos, el cual llena de carteles alegóricos al cuidado del medio ambiente, y a la paz. O la “casa de los muchos”, como dice mi abuelo, en cuya puerta puedes encontrar siempre a alguien sin importar a las horas de la madrugada que llegues, pues según la maliciosa ocurrencia de mi abuelo, son tantos que duermen por turnos.

Otros puntos distintivos

Otras curiosidades guarda Sorribe en sus entrecalles, como dice Carpentier, cada esquina, cada puerta claveteada, guarda sus propias historias.

Casas centenarias que soportan con los más increíbles malabares de sus maderas, el paso de ciclones, torrenciales aguaceros y temblores, sin que cedan un ápice en su inclinación; incluso, cuando apenas se conforman con una fachada y las paredes de las casas vecinas en préstamo como propias.

Dos de las escalinatas que caracterizan a esta ciudad, y que convierten al barrio, en uno de los afortunados poseedores de este tipo de estructura.

La Terminal de Ómnibus intermunicipales, o, sencillamente, la Terminal de calle 4, donde a viva voz se anuncian las salidas de autos y camiones para los diferentes poblados, municipios e incluso provincias de las más cercanas, y que guarda en su trasiego de pasajeros, todo un mercado de revendedores de las más disímiles clases.

Son apenas veinte cuadras de individualidades que, a la vez, componen, este entramado social santiaguero. Particular y al mismo tiempo tan similar a otros muchos barrios “sin postales”; oculto en su propio declive de terreno, coronado por dos escaleras desde apenas muestra sus tejados y sus frondas.

Así vive Sorribe, ni monumental ni insigne, desde su anonimato. Hasta hoy.

El Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba

Cada ciudad tiene el poder de sorprendernos, de conmovernos hasta los huesos; aunque la hayamos habitado durante toda una vida (centenaria en algunos afortunados casos). A veces basta un nuevo impulso, un nuevo objetivo, para mirar con ojos renacidos la añeja ciudad y descubrir (redescubrir) lo que siempre ha estado allí, generosamente esperando por nosotros. Para mí, ese nuevo impulso es este blog; ese nuevo objetivo es esta necesidad de redescubrir (descubrir) con otros ojos mi ciudad, para, a la par que la voy reconociendo, mostrarla a todo aquel que desee compartirla conmigo.

Así, una tarde de esas en que todo lo planificado se derrumba, y el día amenaza con esfumarse en un decepcionante aburrimiento, un cartel de marmórea apariencia, tantas veces visto durante años, se me vuelve certeza por vez primera y me impulsa a subir la breve y amplia escalinata que, desde la calle San Pedro, me lleva hasta el costado izquierdo de la Catedral santiaguera. Vencido los escalones y un corto trayecto entre largos y delgados troncos de madera que descansan acostados, en espera de futuros apuntalamientos; llego a una puerta estrecha, la cual, a pesar de estar abierta, nos enfrenta a una pared y demora el descubrimiento de su verdadero contenido, dejando toda el protagonismo informativo a las letras que sobre arco informan que estoy a unos pasos de visitar, por vez primera, el Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba.

La Catedral santiaguera guarda en uno de sus laterales, parte de la historia de la Iglesia católica en Cuba

Para mi, que no profeso religión alguna, las impresiones despertadas por esta visita serán, necesariamente, diferentes a las de quienes, desde su fe, descubran en cada imagen, en cada mueble, en cada texto u objeto; un mensaje específico, más allá del mero valor histórico o artístico que me atrajeron durante casi una hora y más. Cuanto aquí les comento lo hago con un objetivo específico: despertar la curiosidad por conocer esta otra parte de la historia santiaguera que, en ocasiones, escapa de los libros. Les hablo hoy pues, sobre el Museo que guarda la historia de la Iglesia Católica en Santiago y en Cuba.

Basta atravesar la angosta puerta principal, ya nos rodea un ambiente diferente, matizado por una extraña penumbra que poco después se nos revela causada no tanto por la carencia de luz como por la aglomeración de objetos de enormes dimensiones, colocados en un espacio que se antoja demasiado pequeño y apenas deja estrechos pasillos entre las muestras, en los cuales, difícilmente puedan permanecer paradas dos personas, una al lado de la otra. Para llegar hasta estas muestras expositivas, se debe subir una escalera de pétreos escalones al final de la cual, la imagen de Joaquín de Osés y Alzúa, primer arzobispo de Cuba, nos observa con una religiosa seriedad. El retrato de Osés, es uno de los que cubren toda la extensión de tres de las cuatro paredes del salón principal, mostrando en sus lienzos las figuras de toda la genealogía episcopal de esta Catedral, a excepción del arzobispo actual, Dionisio García y su antecesor, Pedro Claro Meurice Estiu.

Lo segundo que irremediablemente llama la atención, es la presencia del responsable del museo, un señor de mediana edad, bigotes y espejuelos; el cual se sienta tras un grueso escritorio que bien pudiera ser uno de los objetos en exposición, mientras escucha en su una pequeña radio, la música que transmite una emisora local, lo que brinda al ambiente un irreverente anacronismo. Es precisamente este señor el que, con voz monótona, aburrida, y que delata un discurso repetido en infinidad de ocasiones; indica el sentido del recorrido por los improvisados pasillos del museo: desde el primer retrato (justo al lado de una angosta abertura con ínfulas de puerta que interconecta los dos únicos salones del museo), siguiendo el sentido de las manecillas del reloj; luego se pasa al segundo salón (que se visita en el orden que se desee); y por último se regresa al salón inicial para apreciar los objetos que desbordan todo el centro de la sala.

El primer cuadro de la muestra queda, tal y como mencioné, al lado de la apertura que da lugar al salón contiguo; pero es una pequeña pintura ubicada justo sobre la pared que dibuja el arco de esa puerta, lo primero que llama mi atención. Se trata de una copia de la plumilla del pintor Dennis Gallardo, cuyo original se guarda en el Archivo de Indias, en Sevilla, España, y en la cual se representa la Ermita de Santa Catalina, primera iglesia con que contó la séptima villa fundada por los conquistadores en esta isla; y la cual se ubicaba en las antiguas calles Marina y Callejón de San Francisco (hoy Aguilera y Padre Pico). A partir de él, sí asistimos a toda la cronología de obispos que han sido nombrados para esta Catedral, amén que hayan oficiado en ella o no. Además del mencionado Monseñor Osés y Alzúa, destacan los santiagueros Monseñor Santiago José de Hechavarría y Elquezúa, quien fuera obispo de Cuba en 1769, según consta en la Bula del Papa Clemente XIV (escrita en latín con una caligrafía exquisita pero ilegible para ojos inexpertos), convirtiéndose así en el primer obispo residencial nacido en Cuba; y la de Monseñor Francisco de Paula Barnada y Aguilar, nacido en esta ciudad el 24 de abril de 1835, y quien se convirtiera en el primer arzobispo de origen cubano al gobernar la arquidiócesis santiaguera entre los años 1899 y 1913. Resalta también en esta galería episcopal, el retrato de Monseñor Enrique Pérez Serantes, quien bendijera e inaugurara, el 28 de diciembre de 1963, este Museo que hoy ostenta su nombre. Monseñor Pérez Serantes ofició en la arquidiócesis santiaguera entre los años 1949 y 1968. A su muerte, fue sepultado en la Catedral.

El Monseñor Enrique Pérez Serantes, bautizó e inauguró en 1963, este Museo que hoy lleva su nombre

Completan la muestra de esta sala una serie de esculturas, muebles, documentos, objetos de los más diversos orígenes, cada uno más sorprendente que el otro. Así encontramos Bulas papales originales, bajo la firma y sello de Pío XI; mitras y báculos usados por algunos de los obispos que nos observan desde sus lienzos, así como algunos de los objetos personales usados por el Papa Juan Pablo II durante su visita a esta ciudad en enero de 1998. Sin embargo, una de las impresiones más significativas que me deparó este salón, fue lo sentido ante la imagen de Santa María Magdalena penitente, tallada en madera policromada durante el siglo XVIII; copia de la existente en la Sala Capitular del Convento de las Descalzas Reales, en Madrid, obra de Alonso Cano. Está la santa con su mirada alzada hacia el techo, como a la espera de una revelación. Sus ojos, hechos de un material que mimetizan el brillo natural de los ojos humanos, y la exquisitez del tallado de sus facciones, me hicieron permanecer parado durante largo rato ante ella, sin poder apartar mis ojos de los suyos, como si esperara que de un momento a otro, la santa bajara su mirada y la enfrentara con la mía. Fue realmente una experiencia muy extraña, un estado sugestivo que, adivino, sea exactamente el propósito buscado por quienes crean estas figuras.

El segundo salón del museo, ubicado unos centímetros más alto que el principal, está ocupado casi en su totalidad por una enorme mesa rodeada de sus respectivas sillas, todo el conjunto hecho de un maderamen ya centenario. Detrás de este inmobiliario se alza un hermoso librero que guarda tras sus vitrinas, textos decimonónicos y contemporáneos, para su consulta como material bibliográfico. Las paredes de este salón tampoco escapan a los cuadros de temática religiosa: santos, vírgenes, ángeles, abundan en los lienzos. Sobresale también un enorme crucifijo, rescatado del Castillo del Morro, ante el cual se arrodillaban los condenados a muerte que guardaban prisión en aquella fortificación durante la colonia. Guardan las diversas vitrinas de este espacio, notables documentos relacionados con la vida católica de esta región. Allí están las partituras de puño y letra del presbítero Esteban (Estevan) Salas, maestro de capilla de la Catedral de Santiago y uno de los íconos de la música clásica cubana; también las actas que recogen los detalles sobre el traslado de la Vírgen del Cobre desde su sitio de reposo en la Iglesia del poblado El Cobre, con motivo de los combates llevados a cabo en esa zona entre mambises y españoles durante nuestras guerras de independencia; así como las actas de la primera misa celebrada en la manigua redentora, en el siglo XIX cubano.

Pero destacan en esta sala, a mi entender, dos piezas de singular significación. La primera de ellas, la copia de uno de los clavos de la crucifixión de Cristo, la cual está acompañada por un documento fechado en abril de 1832, el cual, en latín, certifica su autenticidad:

“Universis et singulis praesentes litteras inspecturis fidem facimus, atque gillo colligatum, appositum fuiste supra unum ex Sacris Clavis quibus D.N.J.C. crucifixus fuit, et asservatur in nostro sacrarum Reliquirum sacello in Monasterio Sanctae Crucis in Jerusalem de Urbe, tamque affabre elaboratum esse ut similimus videatur.

Datum Romae in nostro Monasterio Sanctae Crucis in Jerusalem”

La otra, y quizás la de mayor valor en toda la colección; es el cuadro del “Santo Ecce Homo”; óleo sobre madera de la autoría del pintor colombiano Francisco Antonio, pintado en Cartagena de Indias a principios del siglo XVII; luego de los cual, fue traído a esta ciudad de Santiago de Cuba en 1610 por Francisco Rodríguez y colocado en la puerta del sagrario del Altar Mayor de la catedral. Esta pintura se considera la más antigua de Santiago, y quizás de Cuba.
En el cuadro se representa la imagen de Cristo atado a una columna después de ser flagelado por los romanos. Pero su trascendencia, más allá de su antigüedad, radica en las leyendas que lo han rodeado desde el siglo XVII santiaguero; aspecto este que resulta ampliamente tratado por el historiado Rafael Duharte Jiménez en su libro “Lo real maravilloso santiaguero”. Una pequeña tarjeta que acompaña al cuadro, resume el origen de la leyenda:

“El Chantre Juan Lizano y Luyando vio en varias ocasiones cómo este cuadro sudaba sangre, otro sacerdote, celebrando una misa por el vecindario, oyó una voz repetida desde lo alto que decía: Ecce Homo, y desde ese entonces comenzó a llamarse por este nombre”.

Según cuenta el profesor Duharte, fue el propio chantre Juan Lizardo quien dio inicio a la fiesta del Santo Ecce Homo en 1648, “con vísperas, procesión y toda solemnidad”. Al Ecce Homo se le adjudicaron, con el tiempo, numerosos milagros, y nuevas leyendas lo fueron rodeando de un aire místico; incluso se asegura que su primer milagro estuvo asociado al episodio histórico que inspiro el primer poema épico de la literatura cubana: Espejo de paciencia.

Durante años, la imagen del Santo Ecce Homo estuvo asociada a los largos períodos de sequía que sufría la ciudad, durante los cuales se le solicitaba ayuda, en reclamo de lluvias. De ahí que, según “Lo real maravilloso santiaguero”, el fin del culto al Santo coincidiera con el nacimiento del primer acueducto de la ciudad; aunque, según la opinión de Antonio López de Queralta Morcillo, director del Museo Arquidiocesano, citado pr Rafael Duharte en el mencionado texto, la extinción del culto se debió a que “no llegó a ser nunca una cosa netamente popular, quedó en el alto clero y las familias del patriciado criollo”.

Muchos más detalles pueden ser encontrados, por ojos más perceptivos que los míos, en cada una de las muestras que guarda la Catedral santiaguera en uno de sus laterales. Es un espacio no sólo para los que profesan una fe, sino para toda aquella persona sensible a la belleza de las artes, de las obras humanas en general. De mi parte, ya está hecha la invitación. El resto queda por ustedes.

Santiago: una tierra que se mueve (II)

Santiago de Cuba se encuentra ubicado en la cercanía de las zonas de fallas sísmicas Bartlett-Caimán, por lo que seguramente, y desde siempre, los primeros habitantes de la zona debieron ser testigos de los temblores de tierra. Sin embargo, como simpáticamente señala el profesor Rafael Duharte Jiménez en su ensayo “Influencias de la geografía y el clima sobre la ciudad de Santiago de Cuba y sus habitantes”, Diego Velásquez murió en 1524 sin percatarse del “error” cometido al asentar la séptima villa en una zona sísmica; para eso “hubiera tenido que conocer la cultura de los indígenas que habían vivido allí durante más de un milenio, y en la cual (…) debió reflejarse el fenómeno; pero los conquistadores, enloquecidos por el afán de lucro, destruyeron la población autóctona antes de conocerla.”. Señala igualmente el profesor que, según Emilio Bacardí, no fue hasta 1580 que se sintieron los primeros terremotos del período histórico (sic).

Según la fuente se revise, se pueden enumerar más de medio millar de sismos en la historiografía santiaguera, aunque, sólo unos cuantos sobresalen por su intensidad o consecuencias. Así, son recurrentes los de los años 1766, 1784, 1852, 1914, 1932, 1947, y por supuesto el del 20 de marzo de 2010. De ellos han quedado grabados en la memoria histórica de Santiago, como los más catastróficos, los ocurridos en 1766, 1852 y 1932.

El terremoto del año 1766 tuvo lugar el 11 de junio y su magnitud estimada, según los daños ocasionados, fue de 7,7. El hecho de que tuviera lugar durante la noche contribuyó la pérdida de alrededor de 120 vidas, razón por la cual se le recuerda como uno de los más dañinos. En esa ocasión gran parte de la ciudad quedó en ruinas, incluidas construcciones de relevancia para el quehacer diario de la urbe: la Casa Consistorial, el Ayuntamiento y la Catedral (la Capilla Mayor y la Auxiliar). Para el culto se habilitó una casa de paja que estaba ubicada en la Plaza de Armas y que fuera cedida por su dueño, Francisco Fuente.

Años más tarde; a las 8 y 30 minutos de la mañana del 20 de agosto de 1852, ocurrió el segundo de estos eventos señalados como los de mayor magnitud en la historia, el cual tuvo la peculiaridad de mantener en jaque a la ciudad con varias réplicas, de intensidades moderadas, durante 11 días. Al igual que el de 1766, el terremoto de 1852, destruyó gran parte de la ciudad, ensañándose nuevamente con la Catedral y otros templos; aunque, el que tuviera lugar en horas de la mañana favoreció el que las víctimas fatales fueran muy pocas. Según recoge el Lic Miguel Estorch en sus “Apuntes para la historia sobre el terremoto que tuvo lugar en Santiago de Cuba y otros puntos el 20 de agosto de 1852 y temblores subsiguientes”, al finalizar el día 31 de agosto, se contabilizaron 34 muertos más que los que se habían reportado hasta el 20 de agosto, de ellos, 12 niños. Esto ha hecho creer a algunas personas que, por tanto, la cifra de fallecidos a causa del terremoto fue 34, sin embargo, el propio Miguel Estorch aclara que, como consecuencia directa del terremoto, sólo murió un niño. Un dato similar ofrece Emilio Bacardí en sus “Crónicas de Santiago” (tomo 3) al referirse a las Víctimas del terremoto:

En sus "Crónicas de Santiago", don Emilio Bacardí Moreau siguió cada uno de los sismos que han tenido lugar en Santiago de Cuba

“Las únicas víctimas de los terremotos [el terremoto y sus réplicas] fueron un niño, sobre el cual cayó una pared, y una anciana, Doña María de los Ángeles, fallecida a consecuencia de una caída”

Como se ve, apenas dos víctimas (si consideramos que Estorch no consideró que la caída de la anciana fuera consecuencia directa del terremoto) se contabilizaron como resultado de un terremoto que, por otra parte, provocó pérdidas económicas por más de 2 millones de pesos de la época.

El último de los terremotos más devastadores que han sacudido a la ciudad de Santiago y del cual, además, contamos con testigos vivos, fue el ocurrido el 3 de febrero de 1932, en horas de la madrugada. En esa ocasión el sismo tuvo una intensidad de 6,75 grados en la escala de Richter (algunos le adjudican 7 grados o incluso 8,8) y afectó de forma total o parcial, al 80% de las edificaciones de la ciudad. Entre sus secuelas más terribles estuvo la pérdida de 14 vidas y más de 200 heridos, de ellos, varias decenas de gravedad.

Imagen de la Catedral de Santiago de Cuba luego del terremoto del año 1932

Estas experiencias, y las de otros temblores que no se han mencionado (don Emilio Bacardí, en sus “Crónicas de Santiago” recoge la incidencia de varios temblores que año tras año, desde el 1580, han sido perceptibles para los habitantes de la ciudad), han influido no sólo en la idiosincrasia del santiaguero, sino además, en la anatomía de la urbe caribeña, donde no abundan los edificios multiplantas. El profesor Rafael Duharte, defensor de esta tesis, cita al naturalista francés M. E. Decourtilz:

“Las ventanas, a causa de los temblores (…), no sirven los vidrios en este país y esas aberturas están cerradas por barrotes de madera toscamente torneados y con postigos por fuera; lo que da a estas ventanas la apariencia de un claustro (…) Los pisos bajos son los únicos usados en este país en que los temblores actúan con frecuencia devastadora (…)”

Claro, eso era en la época colonial, ahora el santiaguero construye como sea y donde sea. Pero eso es tema para otra oportunidad.

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