Santiago en mí

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El boulevard de la discordia

Cada día el Proyecto Enramadas se acerca más a su destino: la avenida Michaelsen. El nombre proyecto anuncia algo que hasta momento solo se ha manifestado en ese afán (de siempre) de convertir la populosa Enramadas (antes un semi boulevard gracias a sus horarios de 9 am a 9 pm), en un boulevard full time, con adoquines y todo.

Desde hace meses, incluso desde mucho antes de los aparatosos esfuerzos constructivos en saludo a los 500 de la ciudad (de la otrora villa, para mayor verdad histórica), comenzó al proyecto.

Comenzó, por supuesto, por el inicio. En este caso, desde Plaza de Marte. Ese primer trayecto, hasta San Agustín, se logró con bastante premura, hay que reconocerlo. En pocas semanas fue posible llevarse una idea completa de lo que sería. El resto sería como el clásico copiar y pegar. Solo que el proceso, ha demorado más de lo esperado.

Tras de sí, un estela de ruido, polvo, cemento, montañas de escombros, y, en los fragmentos en apariencia ya concluidos, grandes espacios en blanco (entiéndase llenos de tierra o agua cuando llueve) donde aún se ausentan piezas artísticas (losas) que marcan el centro del recorrido.

Y todo esto acompañado, cómo no, por los disímiles comentarios nacidos en la molestia de tener que desviarse por la menos apacible Aguilera, o verse obligados a atravesar sobre gravas, arena, adoquines sueltos, para llegar al destino buscado; o sencillamente, ante la visión de múltiples desniveles, tragantes levantados, el agua que ahora, sin aceras limítrofes, corre a desbordarse por donde los azares del camino la lleven.

Cada día los adoquines y el cemento se acercan a su destino. Enramadas se amplía (en teoría, si descontamos los accidentes que significan las losas resbaladizas, el hierro que sobresale) para los peatones. Entre gestos de aprobación, miradas escépticas, o muecas de rechazo, avanza. Habrá que preguntarse, qué vendrá después.

Memorias de Sandy (II)

De vez en cuando la naturaleza nos recuerda cuán insignificantes somos (a pesar del daño que le hemos causado). Y en esos instantes, en los que la evidencia abruma, y podríamos bajar humildes la cabeza y aceptar su superioridad, el ser humano (o debería decir como aquel que ahora no recuerdo: el hombre, el único animal que se asemeja al ser humano), sin embargo, es capaz de asombrar por sus reacciones ante los desastres.

A veces el asombro parte de las acciones más venerables: del vecino que en medio del primer amaine, entre proyectiles de todo origen, abandona la seguridad de su hogar y acude en busca de quienes quepan entre sus cuatro paredes inamovibles, de aquellos que tiemblan entre las sacudidas de un techo ausente.

O aquellos que sin apenas sacudirse el susto, rearman su modesta casucha y ¡a vivir de nuevo! O los que comparten loo poco que tienen y del primer desayuno sale un vaso de leche tibia para el abuelo ajeno, nonagenario que lloró inconsolable ante la imagen nunc avista de su casa.

La voluntad de ese mismo nonagenario, que es el primero en levantarse, en perderse entre escombros y humedades, entre trozos de zinc, entre cables eléctricos sin vida, en su vivienda; el patriarca que merece otro cuerpo para su voluntad.

Pero, por otro lado (acaso esa tan necesaria como a veces
incomprensible balanza), está el asombro ante las miserias humanas: aquellas que robaron, acapararon, el alza indiscriminada de precios; los que quedaron impasibles ante la necesidad ajena y pasaron (pasan) días entre escombros que no ayudaron a recoger, conversando, jugando al dominó, bebiendo ron; cuando hay tanta casa sin techo, una mujer que carga cubos con agua, tanto por hacer; los que, afortunados de no sufrir daños, viven de puertas cerradas, ajenos a cuanto tenga lugar a su alrededor.

¿Quién escribirá la historia de ellos?

No sé. A veces hasta tienen la suerte de llenar cuartillas honradas.

Publicado desde el correo electrónico.

Santiaguer@s: un sello de distinción

Por Juan Antonio Tejera

El santiaguero siempre tiene la razón. La santiaguera nunca se equivoca. Con estas dos afirmaciones describimos una forma muy especial de ser porque como consecuencia de estas dos actitudes ante la vida, el santiaguero, la santiaguera, discuten. Y no lo hacen de puro gusto: ellos, porque tienen la razón. Ellas, porque los otros no la tienen. Son dos filos de la misma cuchilla. Entonces usted puede tener la certeza de que donde se encuentren dos o más santiagueros, siempre existirá al mismo tiempo una razón para discutir. Incluso cuando las mismas se realicen sonrisa en ristre. Y es que el orgullo de los habitantes de esta ciudad está, incluso, por encima del sol, y por tanto no entendemos de prepotencia ajena ya que al mismo tiempo, siempre tenemos la mano extendida y con la palma vuelta hacia arriba para que tomen de lo que tenemos, en primer lugar el amor, seguido de la fraternidad. No es por gusto el uso del “brother” o del “ambia” que mal que nos suenen son palabras que encierran una gran carga de humanidad y sentimientos. Es el placer del buchito de café entregado o el abanico recibido, la ofrenda del mejor balance, que nunca le hemos llamado sillón a ese que precisamente se “balancea”, que la lógica es otra de las razones santiagueras que no conoce de las sinrazones. Nada que somos santiagueros, con un sello de distinción, propietarios de esta ciudad de maravillas

Santiagueros, pelota, música

Por Juan Antonio Tejera

El santiaguero, la santiaguera, sienten pasión por el deporte y las artes. En estas categorías hay que poner en primeros lugares la pelota y la música.

A la primera es difícil encontrar quien le llame beisbol y sí mucho que la llaman en confianza “la bola”. A la segunda, aunque no le cambian el nombre, sí la organizan en dos categorías: mala y buena. A partir de ahí no hacen muchas distinciones, en realidad sólo una. Cuando escuchan las canciones de antaño, llámese trova, llámese bolero, llámese son, los ojos se encienden, el corazón se apresura, el alma se enardece.

Porque lo santiagueros, ellos y ellas, son muy sensibles a las letras increíbles de nuestras canciones de más años. Y aunque usted los encuentre cimbrando la cintura al ritmo de una modernidad, no es lo mismo cuando les llega el sentimiento en acordes, en letras, en puro estímulo para la sensibilidad.

Los santiagueros saben que la trova les pertenece por Pepe Sánchez y los otros trece a quienes  con respeto llamamos José. Y duele en lo infinito que hace días atrás, tropezaron con un Encuentro de Trovadores donde siempre hubo un Festival Internacional de la Trova. Son de esas sorpresas que enardecen el alma y despiertan un raro sentimiento de no aceptación de lo que se presenta como una injusticia de primer plano.

De todos modos, seguirá siendo “la bola”, el placer infinito cuando ocurre el tiempo de pasar la escoba. Y desde dentro, desde afuera, seguirá siendo la Trova, el reclamo místico para todos aquellos que comparten la certeza de que le pertenece y pertenecerá por siempre, a esta ciudad de maravillas.

Ni a la postalita

Aficionados en el estadio Guillermón Moncada. Foto: Miguel Noa Menéndez

Aficionados en el estadio Guillermón Moncada. Foto: Miguel Noa Menéndez

Por: Juan Antonio Tejera

El santiaguero no sabe, no le gusta perder. Y años atrás, para describir esta situación se complementaba la frase añadiendo que “ni a las postalitas.” Y esta forma de ser abarca un vasto universo de situaciones entre las que se encuentra el deporte. Y si bien ahora el fútbol, por todas esas trasmisiones internacionales, ha ganado adeptos, la verdadera pasión es el beisbol, o mejor, ¡la pelota! Y claro a pesar de todas las situaciones adversas, el santiaguero busca justificaciones para palear el sabor de la derrota. No le gusta perder. Y entonces, usted pasa por la Plaza de Marte con sus árboles podados, que los anteriores se llevaron con ellos las sombras y a pesar del intenso sol, encuentra la peña insigne superpoblada, como si en lugar de una derrota se estuviese analizando la victoria. Y pobre del que trate de inmiscuirse dando un criterio adverso al que sustenta la mayoría, porque si bien se puede perder en pelota, a ningún santiaguero, a ninguna santiaguera, le gusta perder una discusión. Si usted se enfrenta a una situación similar por primera vez, pensará que en breve de las palabras se pasará a los hechos y estará completamente equivocado que discutir es un arte y la victoria en ese terreno es mucho mejor que una obtenía por la violencia física. Insistimos, no le gusta perder ni a las mentiras, a los hijos e hijas de esta ciudad de maravillas.

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