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La historia bajo el asfalto

raíles de tranvías en Santiago de Cuba

Hay ciudades donde la historia no se cuenta en pasado; donde calles, casas y personajes conviven con el presente, ese que se vive día a día (la historia en formación), aún cuando en los pasos apurados se confunden con la cotidianidad.

No es secreto develado decir que Santiago de Cuba es una de esas ciudades, quizás la primera de todas las de este archipiélago.

Santiago es historia. Basta mirar hacia un lado para descubrir un acontecimiento que nos grita desde las carcomidas superficies del tiempo; o una tarja que narra muda su crónica, ante la ajena prisa del transeúnte.

Basta a veces con un traspié para hacer conciencia de la vorágine centenaria de una urbe que se ha empeñado en sostener recuerdos contra las desidias del tiempo. Y ese traspié pudo ser provocado al cruzar una calle santiaguera -tal vez San Félix, quizás Santo Tomás, quién sabe si Calvario, mientras un anciano de caballeresco gesto descubre su cabeza ante el desfile mortuorio-; contra la metálica persistencia de unos raíles que rompen el pavimento desde hace un siglo. Son los vestigios de los tranvías que recorrieron el lomerío urbano de esta ciudad.

Empero, hoy en día este pedazo de la historia santiaguera se está perdiendo. Un afán renovador se ciñe sobre algunas de las principales arterias del Santiago antiguo.

Calles que hasta hace muy poco (es cierto) eran un tormento de baches, vaivenes y peligros para los que transitaban incluso por sus aceras; son pavimentadas, bruñidas en toda su extensión, pintadas de un negro relumbrante y pegajoso que mucho agradecen autos, motores y peatones.

Pero, ¿por qué el sabor amargo?, ¿por qué la inconformidad ante unas obras que las calles, los vecinos, la ciudad pedía (exigía) a gritos?

La gruesa capa de pavimento sirve de sepulcro a los raíles centenarios; a esas rutas fantasmas que me acompañan desde siempre. Se pierden bajo el asfalto las huellas de aquellos tranvías que circularon por la ciudad entre el 8 de febrero de 1908 y el 26 de enero de 1952. Lo que pensé indeleble, cede ante la vulgaridad de la necesidad.

Entonces me pregunto, ¿qué será de nuestros nietos?, ¿se privarán del roce gozoso de las suelas de los zapatos contra la desgastada superficie del hierro? ¿Recordarán que alguna vez la ciudad estuvo marcada por las largas cicatrices del sistema de tranvías?, o se asombrarán cuando en otro futuro, emerja desde algún bache o en medio de una reparación rutinaria, la poderosa perseverancia del raíl.

Ahora San Félix y Santo Tomás se unen a otras arterias de la ciudad que llorarán ausencias. En mis pasos por esas calles extrañaré la compañía de esas largas serpientes metálicas, el eco sordo de las ruedas centenarias que ya no correrán más por sobre sus derroteros.

En cambio, quizás sí ocurra la pesimista predicción de un vecino, cuando aseguraba a los cuatro vientos que la obra de pavimentación permanecerá incólume apenas unos tres meses. De ser así, tal vez cuando en diciembre descubra la eclosión de ¿nuevos? baches en estas remozadas calles, sonría pícaramente y dedique un brindis de nuevo año, a la reemergencia de los imbatibles raíles de Santiago.

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